La editorial Ladera Norte publica un libro, El dios que fracasó. Reúne los testimonios de media docena de excomunistas, miembros activos del Partido o allegados: Arthur Koestler, Ignazio Silone, Richard Wright, André Gide, Louis Fisher, Stephen Spender. Es útil para imaginar en qué creyeron quienes abrazaron aquel sueño que enmascaraba una pesadilla y por qué decidieron abandonarlo; apela a la conciencia de todo aquel que aún guarde un resto de conciencia. El título nos sugiere otro libro, El dios salvaje, debido a Al Álvarez; comenta las reacciones que los suicidas despertaron a lo largo de la historia entre quienes seguían vivos. El comunismo ha sido le penúltima superstición del siglo XX y ha incorporado un buen número de suicidas entre sus decepcionados: Cabrera Infante, en Mea Cuba, cita a unos cuantos, guevaristas en su mayoría, no duda en colocar a Ernesto Guevara a la cabeza de la lista, embozada su determinación en la absurda peripecia boliviana. Este dios fracasado ha sido una adicción: a mí me llevó veinte años desengancharme del comunismo; diga lo que diga Carlo Gardel veinte años conforman un buen rato en la vida de cualquier hombre. Es una de las razones por las que este libro me incumbe. Hay otras: coincido con Koestler y con Silone en su afirmación de que la batalla final se dará entre excomunistas y comunistas; unos y otros sabemos lo que está en juego. Dos excomunistas certificaron el fracaso de este dios menor: Lenin y Deng Tsiaoping. El primero se apropió de un poder sin dueño, inició el comunismo, entendió su imposibilidad, ideó la N.E.P (nueva política económica), pretendió restaurar la propiedad privada y el capitalismo, murió sin desmontar el artificio que había creado. Setenta años después Deng Tsiaping, guionista de la China de autor actual, pronunció palabras esclarecedoras: “Buscaremos la verdad a partir de los hechos”. Es la estocada final.
En el texto que nos ocupa, las opiniones de Wright y de Fisher, un negro y un judío, nos permiten indagar en el Partido Comunista de Los Estados Unidos de América, un lugar pequeño y suspicaz, una de las parroquias peor ventiladas de la nueva Iglesia. El editor, el británico Richard Crossman, fue amigo de comunistas, no por ello abrazó la causa, le gustaban los pecadores pero no investigó personalmente el pecado; expone que muchos intelectuales se adhirieron al comunismo luego de perder la fe en la democracia. Todo tiene sus momentos, y en la Europa de entre guerras la democracia no vivió sus días mejores.
Mención aparte merece una reflexión de André Gide, según la cual la felicidad en el paraíso socialista se alcanza sacrificando la individualidad, pero no se puede llamar progreso a esa pérdida de la individualidad, a esa uniformidad a lo que todo tendía en Rusia. Digamos que no se debería llamar progreso, ni entonces ni ahora, ni en Rusia ni en ningún otro lado. Si prescindimos de la perspectiva, comprobaremos que el marxismo -leninismo de antaño es el wokismo -progresismo de hogaño. Un dios menor ha fracasado, pero ha dejado su herencia y su caricatura: un dios deforme que encarna una nueva faceta de ese afán totalitario que se antoja arraigado en lo peor de nosotros. Aporta elementos identitarios propios de la “herencia ancestral” (Ahnenerbe) armada por los nazis, que convienen a la fragmentación localista y al diseño de entidades supranacionales como imperio y raza. Añade dos derivados de la diosa Razón, mal traída por Robespierre junto con la guillotina; merced a “la ciencia” y al “progreso”, de pronto vocablos convenientemente castrados de contenido, se cancela toda discrepancia. Mezclemos con los llamados del libro Rojo de Mao a impugnar la jerarquía en la docencia y la familia, y finalicemos con unas gotitas de marxismo revenido destiladas por Foucault. Con el apoyo ideológico de lo mejor de cada casa, el dios que no fue puede que vuelva a intentarlo; otra vez contra la libertad, contra la inteligencia y contra el individuo. A la usanza de los viejos partidos comunistas en Occidente, no aspiran tanto a gobernar como a influir en quienes gobiernan, en los medios de comunicación y en los claustros de las universidades. Una pequeña ermita en Davos no es comparable con la solemnidad del Kremlin, mucho menos con la mineralización del Vaticano; por algo se empieza, pensarán los fieles de esta última superchería. El wokismo-progresismo no es un proyecto político sino una corriente de pensamiento y una moda. No es menos cierto que el invento nace ajado: en su Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte escribe Carlos Marx que cuando la Historia se repite lo hace en forma de comedia; “farsa miserable”, dice con crudeza, aludiendo a un revivir de situaciones que anteriormente tuvieron empaque de tragedia. Es probable que así sea. Es seguro que esta mascarada tendrá enfrente a los excomunistas, esos malditos bastardos curados de espanto que no se fían ni de su sombra. Saben que, por mucha seda que los revistan, los hechos son los hechos y una mona siempre será una mona.