Si no recuerdo mal, el director de cine Max Ophüls era conocido por la manera de regañar a sus trabajadores y poner orden en los sets de rodaje. No hacía uso de broncas para que la gente se escondiera atemorizada tras los decorados hasta que pasara el barrunto, pero sí de un tono temible que consistía en, según el nivel del enfado, bajar la voz gradualmente, haciéndola más tranquila según la exigencia que debiera corregirse. Dejaba una sensación heladora en quienes tocaba recibir esos rapapolvos.
Si nos hablan en voz baja, es posible que la intención llegue con más fuerza que mediante el natural grito pelado que asusta pero no dura. Un hablar quedo dignifica un mensaje llegado de lo profundo, porque algo consciente tiene de que no alcanzará rebote como sí puede un eco, pero habrá sido dicho con precisión, en el momento adecuado. Saldrá a la luz con el riesgo de perderse por el camino.
Candela de las Heras opta por esa mesura en su libro Tierra bajo las uñas, pero sus poemas no renuncian a la tensión en la gravedad de lo que está poniendo sobre la mesa. Este libro, su segundo, se articula completa y equilibradamente en torno a una serie de hitos que señalan las preocupaciones que la han llevado a reflexionar, por comentar lo que integra la primera parte, sobre la constatación —actual, o al menos permite ese acercamiento gracias a su tono atemporal— de la individualidad en esta sociedad y cómo afecta el averiguar nuestro trato con los demás.
‘El único misterio es lo mundano/ poseyendo cada centímetro’, dice en La búsqueda, cuyo primer verso —no el arriba citado— incide en esa separación entre nuestro ser dividido por su proyección y vivencia en el mundo y el mundo en sí. La vida va a ser un camino de descubrimientos y duelos, lleno de incertezas, pero si meditamos lo que ha sido la infancia quizá hallemos felicidad, en cada vida nueva que sea traída. Acercarnos a su ternura y oír ‘una música extraña/ la corriente de un río’ en todo recién nacido. Y una vez estamos experimentando la vida, darnos cuenta de la fragilidad. Irremediablemente, como toda criatura según va creciendo, empezamos a hacer preguntas. La existencia humana es por las dudas, no por vivir y con eso el trabajo queda hecho, no. Tales abismos hacen que sea natural que uno marche mirando al suelo, a las piedras, por temor al rostro de los otros, a las respuestas de nuestra vida, si las hay, y conseguir una aceptación de todos los choques, las heridas, la agonía, para transformarlos y vivir relativizándolos. ¿Una condena, entonces?
La fe, la religión. Para la poeta son importantes entendidos desde la espiritualidad, no desde los dogmas, para que ese extremo se llegue a tocar con la sensación de pies en la tierra, firmes en el ahora. Ha sido siempre la religión, cualquiera, un criadero de aislamientos e incomunicaciones, por mucho que sus sagradas intenciones quisieran lo contrario. Pero en la aspiración de asumir los ideales que proponen puede haber un destello de luz, una cierta libertad, una independencia… ¿Pero de quién, de qué? ¿De nuestras vidas? ¿De Dios? Aun así, se intenta practicar la bondad: el dulce milagro de dar lo que no se tiene, como en los poemas Journal d’un curé de campagne o La juventud, donde ‘el pan desde el egoísmo,/ la palabra desde la juventud,/ el amor desde el desarraigo.’
Hay referencias a Robert Bresson, Carl Theodor Dreyer, Pier Paolo Pasolini, Andréi Tarkovski, Bruno Dumont, Ingmar Bergman. Con la excepción de Pasolini, aunque en cierto modo también, están todos los denominados místicos europeos. Para De las Heras son muy importantes porque aglutinan unas obsesiones en común: los poemas que parten de sus películas vienen a cuestionarse que si somos aquí por nuestra propia cuenta, si nadie nos puso, por qué el porqué de tantas dudas y miedos. En uno de mis preferidos, Offret: ‘Estás seco y vacío como un jarrón sin flores;/ no has podido ser abierto y tampoco/ profanado; no tienes rostro.’ El paisaje, mezclado con el suyo natal asturiano y el escandinavo del que emana tanta febrilidad existencialista —léase el poema St. Andrews—, puede ser un llamamiento a lo sagrado o una justificación de que Dios no existe: ‘No sé si soy yo misma/ o si el paisaje puede traer tanta tristeza.’
La violencia recorre el último tramo del libro. Es una violencia abnegada, porque la creencia de que algo nos mueve empuja al ser humano al reverso oscuro del ideal retirado y espiritual; lo empuja al sacrificio en pos de un Bien que desconoce si llegará a agradecérselo. Esa autoridad moral otorgada por la Gracia incógnita facilitó las superioridades del hombre sobre la mujer desde tiempos remotos, como en el poema Caníbales y reyes, o en El pan y La promesa, donde la resignación ante quienes someten y ante el tiempo, que actúa con igual o mayor impunidad, puede ser castigada con severidad si no se acata debidamente. La figura de Juana de Arco, emblema clásico de la mujer que logró equipararse a sus semejantes masculinos pero no consiguió desbancar a la mayor leyenda creada por los hombres: Dios. La pena impuesta fue su sacrificio como enseñanza para los herejes. ‘En la hoguera tu cuerpo/ recobra forma de mujer.’
En uno de los mejores y más bellos poemas del libro, La manzana, hace una aproximación a esa eterna fruta del Bien y del Mal. Una reivindicación del deseo, de atreverse a elegir. No fue Eva una pecadora que condenó a la humanidad, sino alguien realmente inteligente. Eligió pensar, y eso siempre ha sido un peligro.
Hablé de mesura, pero Tierra bajo las uñas tiene mucho de honestidad crítica. ¿Cuál debe ser nuestro designio? ¿Nuestro paso y acciones han de suponer un acuerdo que nos conduzca hacia mejores puertos? La religión es un pasatiempo al que nos entregamos sin percatarnos de que la vida y nosotros en ella es lo que más importancia tiene, aunque sepamos que algo siempre escapará de nuestro control, y estará bien así, pues la espiritualidad no está reñida con el temblor terrenal, no mientras sepamos ver la esquiva belleza, especulando y queriéndola llamar poesía.