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DESDE ULTRAMAR

Novedades del Diccionario de la Lengua Española

Marcos Marín Amezcua
jueves 21 de diciembre de 2023, 18:21h

Como viene acaeciendo cada fin de año, la Real Academia nos comparte sus enmiendas y añadidos al Diccionario de la Lengua Española (DLE, otrora el DRAE) y en esta oportunidad, como ya es habitual, va cargado de novedad sin reprensiones –pues, hace lustros que se admite que la lengua la hacen los hablantes– ni remosqueos de nuestra parte por sospecharnos fuera de lugar. Eso sí, como se apunta más adelante, el reputado ejemplar si que podría mostrarnos un pelín más de esfuerzo por castellanizar vocablos, me parece. ¡Que sí! lo que digan los hablantes…, pero también los académicos, digo, y no se trata de prosternarnos ante el DLE y tampoco de cuestionar todo cuánto se consigna, que tal denota disquisición palabraria, se agradece, y negarla sería incurrir en impudor y liviandad lingüísticas y no nos queda eso de soliviantar la nesciencia de nadie.

Así, no podemos desconocer ni demeritar que la sumatoria de palabras ha ido creciendo y acelerando el paso a su inclusión, año con año. Era menester hacerlo y el reciente anuncio sigue siendo incompleto al tenor de dos aspectos: a) la velocidad a la que va y tira el mundo y, a su vez, con ello, el idioma que crea, adopta, acoge, recompone vocablos provenientes de tantas circunstancias, ámbitos e idiomas, inclusive, y porque, finalmente, b) el DLE merece ser un compendio exhaustivo de aquellos. Por eso, no deben ser eliminadas voces “arcaicas”. Crepitarían reclamando su retorno a las páginas del DLE. Alguien las usará, requerirá o relanzará cotidianamente y eso merece y justifica no dar de baja a ninguna. Prefiero que sume y no que reste, aunque alguna suene a antigualla.

Usted puede consultar el conjunto asaz interesante y ameno de expresiones agregadas o enmendadas, aquí. En lo tocante a los añadidos correspondientes a 2023, tal y como lo expuse en esta columna el año pasado respecto a las de 2022, reproduzco aquel comentario que externé echando en falta expresiones todavía no incorporadas, que utilizo hace lustros:

“Si bien hay avances, es verdad que sigo echando de menos algunas palabras ausentes, poniendo por ejemplo a «despachador» –el cacharrito que dispensa turnos o papeletas numeradas ordenando la fila–, «parteaguas» –ruptura en el tiempo, «pareidolia» –la consabida visualización de figuras en un objeto, donde no las hay y proviene del inglés, derivada del griego que soporta nuestra lengua– y «cibergrafía» –el listado de fuentes consultadas obtenidas de Internet–, además de no recuperar la bonita palabra «citramar».”

Déjeme añadir «sotafronda». ¿A que es preciosa? Ahora bien, haciendo súpito una incisión, una sajadura en el listado ofrecido por la RAE en consonancia con el resto de las Academias de la Lengua y analizando esta primicia o suerte de rudimento correspondiente a 2023, algunas voces incorporadas me agradan, pues no sobran. Otras, oportunas, me resultan familiares por cotidianas en mi habla mexicana sin ser, necesariamente, mexicanismos; empero sí que entran tarde al Diccionario, pese a que las empleo hace décadas o, desde entonces, las oigo en mi entorno. Verbigracia, «huella» como la cobertura geográfica de la señal satelital –llevo 30 años oyéndola, desde que existía el sistema informativo ECO, pionero como canal de 24 horas de noticias en español a 3 continentes– y como identificadora del ADN. «Tríptico» (ya había díptico) o «tren» como ritmo de vida o «acalambrar». Sí, algunas germinaron no exentas de polémica o descalificación, pero han perdurado en los medios. Es el caso de «oscarizar». Podemos ya incluir «cardiocirculatorio» y «capulina», sinónimo de la araña viuda negra, etiquetada como mexicanismo o «encantado» con el sentido de estar a gusto. Sí, todo esto no deja de ser un encomiástico y coruscante rimero de quisicosas del idioma. Recalcaría que se han admitido muchos vocablos ligados al cine y a los medios.

El inventario es versicolor y de entre sus merecimientos, enlisto: «actualizador», «abismo » como distancia o en sentido figurado respecto a la dimensión de algo, «acoger» por dar albergue; está «balance» como ecualizador del sonido y «avance» como un adelanto del siguiente episodio, eso, de toda la vida. «Binario», «cirugía» –aludiendo a toda operación quirúrgica–, «cortometrajista», «¡criptonita!» «descarbonizar», «dinosario» por anticuado –como llamamos a los priistas en México– o «-eca» que es propio de gentilicios de pueblos mesoamericanos (como “azt-eca”) y suena rico «cochifrito» y muy tardío «comunitario» aludiendo a la UE. «Enchufable», «escriturista» (ligado a las Sagradas Escrituras), «evangélico», el profesante de una rama cristiana cualquiera ligada al evangelismo, «excarcelar», «familia» (ser como de sin serlo, por cercanía), «ficcionar», «fúrico» por furioso, que experimenta furia, «georradar» o la (tienda) «gourmet» para sofisticados paladares. «Hormonar», «indígena» como lo originario del país o territorio de que se trata, «implantología», «inflamatorio», «laudatio», «lema» como eslogan, «línea» como límite que no ha de sobrepasarse, «machirulo», «marca» como récord. Es de esas palabras que fueron desplazas por el inglés y hoy retómanse como sinónimo de las otrora castellanizadas. Una cosa extraña, sin duda alguna.

Suma y sigue. «Meditar» como reflexión, «menú» (del día) «microfonista», «mordida» como acto de corrupción o «motonieve» y la política nos aporta «neoconservadurismo» y «paisaje» como características de un determinado ámbito. «Papeleo» como tramitología farragosa, y «paraíso» con esa idea de lo “fiscal” donde se lava dinero y otras cositas. Sume usted «patriarcado» y «matriarcado» como esa idea de dominación, «perreo» y «pixelar», «pixelado» y «pixelación». Genial resulta incluir «porsiacaso» y el «posturear». El «pregonero» de toda la vida como anunciador de una festividad, apenas ingresa. La criminalística nos deja (a) bocajarro y (a) quemarropa, de viejo cuño, dígase. «Reintroducir», «risoterapia», «sinhogarismo», palabra más fea, independientemente de lo que describe. Admite «sonidista», «subespecialidad», «tecnociencia» y el uso de «término» como vocablo especializado de cierta disciplina o actividad. Muy adecuado y oportuno lo de «tóxico» alusivo a una relación nociva. Desde los cómics llega «supervillano» y «villano». Aunemos «universalismo», «utilidad» como reparto de beneficios anuales de la empresa y «videoarbitraje». Mi angurria ya sin gorgoteamiento por nuevas palabras, se sació.

Y si nos detenemos en los extranjerismos aprobados, la pléyade no mengua: de a crátera extraemos algunos usos que pasan de su idioma original al nuestro sin modificarse un ápice en su ortografía. ¿Sucederá con el tiempo, cómo ocurrió a otros? de momento, no es el caso de «aquaplanning», que me desagrada añadida sin cambio alguno, como sucede con «banner» –si prestamos mejor oído a su pronunciación en español, me suena a /báner/– o «bobsleigh»o «sexting»; «big data», «bracket» –me habría gustado algo más castizo, ¿sabe? ¿no se podía mejor “bráquet”? que ya el plural “brakets” advierte y considero que podría ahorrarse un par de caracteres– «bulldog», la informática y odiada «cookie», «feng shui», «macguffin» y «VAR». Yo no habría admitido «au pair» como se ha hecho ni «alien», que una cosa es llamarlo así y otra es la pereza de referirlo como alienígena. Sí me place que desde hace tiempo digamos «alienado», mejor que “autista”, refiriéndonos a políticos ajenos a su realidad, atrincherados en su campana de cristal. Vamos, que no se enteran de nada. ¿Le suena? haberlos…

Considero que sí es un gran acierto incorporar sinónimos y antónimos al pie de cada definición, por tres razones: 1) visibiliza al consultante una expresión que puede ser mejor que la invocada. 2) nos recuerda esas palabras que tantas veces omitimos, y 3) es un ejercicio importante frente a los diccionarios de sinónimos y antónimos de ediciones recientes, muchos de ellos, incluso, de renombre y editoriales destacadísimas y muy consagradas, que rasuran vocablos y ya no son tan bastos de vocabulario como los de antaño. Así que ¡enhorabuena! por esa incorporación que acrecienta, antes que disminuir utilidad y pertinencia y matiza.

Todo enunciado en el contexto de jactarnos de ser ya 590 millones de hablantes. Pues qué bien, ya que corrobora certeza de la fuerza y la pujanza de nuestro idioma y su incremento en su número de estudiantes que lo prefieren como segunda lengua y en ella deseo a usted de corazón y a todo el equipo de EL Imparcial, unas ¡felices Pascuas, reflexivas y entrañables.

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