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PÁLIDA CONDENA

Más Elías Moro

Miguel Ángel Gómez
lunes 25 de diciembre de 2023, 20:16h

La literatura es un gran parque en el que nos sentimos cada vez más incapaces de tomar decisiones. Sobre él se cierne una especie de crepúsculo. “¿Quién lo cuida?”, se preguntaba responsable Martin Amis. Quizá los viejos guías turísticos −continuaba−, los silvicultores, los empleados de la administración y los irascibles guardas de informes manchados de sudor ya han desaparecido. Seguro que solo queda ya alguien, algún funcionario de gesto adusto dispuesto a talar un bosque o desmochar alguna cumbre.

Mirar atrás (Newcastle) de Elías Moro −continuación de un libro aparecido el año 2009− reúne textos aforísticos que nos hacen querer entrar en el campo tras seguir el sendero en fila india. El sendero aforístico no corre recto, ni es como tirado a cordel. Y, sin embargo, aquí está el mejor Elías Moro con “sentimientos” que no se nos presentan de forma adulterada. “Me acuerdo”, nos comenta al principio, “del enloquecido ballet de las sábanas húmedas secándose al viento y al sol en balcones y terrazas”. La musa se consolida y se detiene, aparece por el camino adquiriendo una forma y un cuerpo, se convierte en una imagen, una imagen que todavía nos embriaga con su olor perfumado. Luego explica: “Me acuerdo de que una vez conocí a un sepulturero; hablaba de los cadáveres que enterraba con una indiferencia tal que me escandalizó”. Y lo explica sin pretender ser sublime sin interrupción.

Esta entrega, un no tan breve volumen rumiado como más allá del tiempo, contiene apuntes, un puñado de ensayos, escritos todos sobre el pasado −el Citröen 2CV, Vittorio de Sica, Nietzsche, James Cagney, Robert Mitchum, Olivetti Dora− en un ejercicio literario que no está muerto ni acabado −Me acuerdo… Me acuerdo… Me acuerdo… Me acuerdo… Me acuerdo−. Aunque aquella época nos parece ahora tan remota, no la encontramos irreconocible. Era Georges Perec quien escribía que nada nos llamaba la atención. Tenemos que saber ver con más sencillez. Obligarnos a escribir “sobre lo que no tiene interés, lo que es más evidente, lo más común, lo más apagado”. Elías Moro, por suerte, sabe poner de moda lo que encontramos al ir más despacio. Unos árboles, un parque minúsculo, un trozo de calle.

Una vez que comienza Mirar atrás, no queremos huir del torreón donde fuimos felices, es preciso retroceder en el tiempo. Las cosas se describen, pero no simplemente, sino que se registran, se miden y se evalúan como en dirección a una hilera de escaparates iluminados que nos causan una impresión honda en nuestra alma. Coches pasando como relámpagos. Carreteras que se siguen para luego, más allá de una cantera abandonada, adentrarse en el bosque. Balas brumosas los aforismos, un vigor sencillo que se han envuelto en elocuencia y añoranza.

Sabemos que Mirar atrás es para leer espaciadamente, en él abundan las anécdotas, respira hondo y recupera todas sus fuerzas inclusive cuando ninguna luz ilumina, y algunos carbones que perecen en el horno proyectan tan solo una cierta claridad en el techo. Exploración del espacio interior como un astronauta que flota, perdido en un espacio empírico.

La tarea del reseñador consiste, más allá de lo que él cree que consiste, en informar al lector de todo aquello que pueda interesarle. En los aforismos reunidos aquí se tratan temas como la minería (“Me acuerdo de que los mineros del carbón llevaban con ellos una jaula con un canario como método de alarma cuando bajaban a la galería por si se acumulaba peligrosamente el dióxido de carbono”), la amistad (“Me acuerdo de un bumerán que me trajo un amigo desde Australia”), lectura (“Me acuerdo de Robert Louis Stevenson tocando la flauta en el lecho de su casa en Samoa poco antes de morir de una hemorragia cerebral”), televisión (“Me acuerdo de Maxwell Smart, el delirante y torpísimo Superagente 86. Y de su pareja de aventuras en la serie, la sensual y bárbara Agente 99”), familia (“Me acuerdo de mi padre colocando azulejos en la pared de un baño con la minuciosidad de un orfebre”).

¿Y quién más podría querer mirar atrás, aparte de Elías Moro? Él escribe como quien escribe a pesar de que parezca un ejercicio sin sentido y sin valor; lo hace como un jardinero sensible y observador que atribuye la suficiente importancia a la presencia de gran cantidad de malezas. Entro al parque con mi vestimenta contemporánea. Sigo la dirección que señala Elías. En consecuencia, estoy demasiado predispuesto a entregarme a este juego.

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