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AL PASO

Página donostiarra

Juan José Solozábal
martes 26 de diciembre de 2023, 19:25h

No ha sido fácil para mí prescindir de las escapadas de fin de año a San Sebastián, que he venido haciendo sin interrupción durante tanto tiempo. Cuando viajaba en tren, desde Valladolid, o Madrid, en los años universitarios y mientras hacía la tesis doctoral, llegaba a la ciudad querida ya entrada la noche. El reencuentro con la familia lo había anticipado la bienvenida en la Estación del Norte del hermano mayor al que no veía desde nuestra despedida de hacía unos meses, tras tomar un trago- seguro que un Armagnac- precisamente en la acogedora cantina de las banderolas, que se daba un aire como de albergue suizo de esquí. Después, la llegada a casa: el largo pasillo hasta el comedor, con nuestra pisadas resonando en el suelo entarimado. Y la cena donde comentábamos benévolamente las novedades, todavía sin amarguras ni tragedias acechando el horizonte.

En las vacaciones donostiarras no podía faltar la tertulia en el Guría a la que concurríamos un grupo de amigos, dispersos por diversas universidades, y con orientaciones profesionales también distintas. Había sin duda una preocupación política en nuestras perspectivas, predominase en ellas el enfoque jurídico, económico o periodístico; y un esmero en compaginar en los análisis la atención a la dimensión vasca y general española de las asuntos que abordábamos. Me parece que entonces ya apreciábamos dos cosas con bastante claridad: la necesidad de que el futuro democrático español encontrase un tratamiento adecuado a la cuestión vasca en la línea de la solución estatutaria de la Segunda República. Y, en segundo lugar, constatábamos el gran error de carecer de una Universidad Pública vasca, cuyas exactas dimensiones de cara a calibrar su contribución a la radicalidad y tosquedad de la élite política del País, no podíamos apreciar en su medida correcta. Los estudios universitarios vascos, en efecto, se encontraban acantonados en las universidades privadas de Deusto y Navarra, u orientados en un sentido prevalentemente técnico.

Pero el eje de las vacaciones navideñas era la biblioteca de la Diputación en la Plaza de Guipúzcoa. A ella se accedía en el tercer piso del Palacio de la Diputación en un viejo ascensor enrejado, de empuje vacilante. Tras atravesar un amplio vestíbulo entrabas en una gran sala en la que destacaban dos elementos: un reloj de esquina y una tribuna ocupada por un bedel euskaldún, seguro combatiente requeté de la guerra. Yo me sentaba, sacaba mi manual de Derecho Civil, siempre prefería el Espín sobre el Castán, o pedía alguna publicación de la Sociedad de Estudios Vascos, o la vieja Euskalerría o la republicana Yakintza. A eso de las doce la tertulia que tenía lugar en la Secretaría de la Biblioteca se empezaba a animar, dominada por don José de Artetxe, cuya voz estruendosa no sabías si llamaba a la calma o se dedicaba a provocar. Los convocados, entre los que no faltaban las sotanas, eran la inteligentsia de la provincia, un colegio de hombres ilustrados, una especie de prolongación de los Caballeritos o Amigos del País. Fausto Arocena, titular de la Biblioteca, Carlos Santamaría, Manuel Agud, Luis Mitxelena, José Miguel de Azaola, Juan Ignacio Tellechea Ydígoras y supongo que también alguna vez, Julio Caro. Eran hombres marcados por la guerra civil cuyo cainismo lamentaban profundamente y cultivadores de un patriotismo vasquista, que siempre me pareció admirable por su equilibrio y hondura. Tal como lo veo, estos vascos razonantes, constituyeron una generación alrededor de los años sesenta del pasado siglo, que trabajando en buena medida a la intemperie, esto es, sin apoyo institucional alguno, han dejado un legado reflexivo sobre la identidad del País Vasco y su inserción en España, de la mayor importancia.

Claro, durante estas vacaciones era imprescindible visitar especialmente dos librerías. Primero, el establecimiento de viejo de las hermanas Manterola, justo al lado del Palacio de la Audiencia, donde yo trataba de aprovisionarme de la literatura fuerista pertinente para mi tesis doctoral, en especial los libros de la colección de Minotauro, donde estaban editados la obra prodigiosa de Caro Baroja, Los vascos, o la historia de la literatura vasca de Mitxelena, además de las primeras ediciones de José de Artetxe, en especial sus diarios. Y la librería Lagun en la Plaza, como la llamábamos siempre, de la Constitución, donde encontrábamos amigos como nosotros de Madrid y otras universidades también pasando unos días en casa. Soñábamos con el día en que nuestros libros se añadiesen a los preciados volúmenes que obraban en los anaqueles de la librería de María Teresa Castells que regentaba con Ignacio Latierro y, supongo, bajo la atenta mirada de José Ramón Recalde.

Después vinieron años muy duros, especialmente para el País Vasco, que tuvimos la suerte de eludir instalados en ambientes más cómodos, aunque el eco de los problemas de Euskadi nos afectase profundamente. Los hemos visto reflejados en la literatura y el cine , si pensamos en Ardor Guerrero de Muñoz Molina o el libro que prefiero de Fernando Aramburu, Años lentos, de un lado; y en la cinta 27 horas de Montxo Armendariz, que traslada en paralelo la sordidez de los años de plomo bajo una historia de drogadictos. Cuadernos de Alzate fue un intento de sugerir argumentos de razón constitucionalista frente al despropósito del independentismo, inspirada por Txiki Benegas y sostenida por gente como Andrés de Blas, Sebas Ubiría, Patxo Unzueta o Juan José Laborda.

No he faltado en los últimos años a mi cita navideña. Ya no había tertulia, ni casi paseos por la Concha o excursiones a los alrededores. Pasaba las tardes charlando con mi madre, en la galería de casa. Echaré siempre de menos sus conversaciones y lamentaré que para cubrir los huecos de los recuerdos no exista entre nosotros la práctica de las familias alemanas de la que nos hablaba Marianne Weber en su admirable biografía, benévolamente trucada, de su marido. Era la mujer la que relataba en un diario los avatares, esto es, las celebraciones y las derrotas, de la familia. ¡Qué no habrían dado de sí las impresiones de una lúcida testigo de 107 años!…

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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