www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

El antiguo régimen y la revolución

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 29 de diciembre de 2023, 18:04h

Hace justamente cuarenta años que leí El antiguo régimen y la revolución, de Alexis de Tocqueville, en versión de Dolores Sánchez de Aleu publicada en Alianza Editorial, acompañada de una pequeña introducción del profesor Ángel Rivero. Si me había fascinado La democracia en América de aquel ilustre miembro de la noble familia Tocqueville, dos miembros de los cuales acompañaron en la guillotina a otro de la también noble familia de Chateaubriand – lo cuenta el propio Chateaubriand en sus Memorias de Ultratumba - , El Antiguo Régimen y la revolución, me fascinó en cuanto que en sus páginas el presunto progreso que trajo la Revolución Francesa quedaba muy cuestionado, en cuanto que el poder de la Administración o Gobierno comenzaría a afectar muchísimo más en la vida de los ciudadanos, desarrollándose exponencialmente el absolutismo que comenzase con Luis XIV. Del “rex absolutus legibus”, se pasaba a un “gubermentum absolutissimum legibus”. Ya no es que el rey fuera el soberano; ahora el Gobierno sería incluso nuestro tutor o preceptor. La antigua nobleza se reconvertía en altos funcionarios de un estado centralizado que acabaría laminando por completo la democracia tradicional de las grandes ciudades, que nombraban a sus alcaldes en grandes asambleas de ciudadanos, y las pequeñas reuniones asamblearias del mundo rural. Los nuevos gobiernos tras la Revolución potenciarán el individualismo y la reclusión del ciudadano en la vida privada, de suerte que sofocada cualquier virtud cívica administrarán con mayor libertad e impunidad las cosas que son de todos. Tocqueville escribía esta obra magnífica, insoslayable para todo amigo de la libertad política, bajo la farsa del Imperio populista de Napoleón III, sobre el que tenía la misma mala opinión que Marx. Ya Mirabeau se había dado cuenta de que la aniquilación de la sociedad estamental y la construcción de una única clase de ciudadanos hubiera complacido a Richelieu: esa lisura facilitaría el ejercicio del poder absoluto. “Varios reinados con gobierno absoluto no hubieran hecho tanto a favor de la autoridad real como este año de Revolución” – escribe Mirabeau al rey. La Revolución Francesa, lo mismo que el cristianismo, consideró al ciudadano de manera abstracta, al margen de cualquier sociedad particular o nación, igual que las religiones consideran a la persona en general, con independencia del país y de la época. Por eso fue una Revolución proselitista, porque no se conformó con convencer a los ciudadanos hasta las fronteras del reino, sino que las traspasó. Su absolutismo es universalista, como el que hoy late en la cabeza de los grandes comisarios europeos. Y no deja de ser curioso que la sociedad política cayeses en esta barbarie en la misma época en la que la sociedad civil acababa de ilustrarse. Desde la Revolución no han hecho más que acrecer las prerrogativas de la autoridad pública. Afirma Tocqueville en esta obra, quizás pensando en Napoleón I ( el grande ) y Napoleón III ( el farsante ) que “casi todos los príncipes que destruyeron la libertad, trataron al principio de mantener las formas: esto se ha visto desde Augusto hasta nuestros días; se vanagloriaban por ello de aunar la fuerza moral que siempre otorga el asentimiento público a las ventajas que únicamente puede ofrecer el poder absoluto. Casi todos han fracasado en esta tarea, y pronto descubrieron que era imposible hacer durar mucho tiempo estas apariencias engañosas allí donde la realidad estaba ausente”. Es menos dañina la intervención del poder judicial en los poderes legislativo y ejecutivo que al revés, porque la intervención de la justicia en la Administración sólo perjudica los asuntos, mientras que la intervención de la Administración en la justicia deprava a los jueces, y tiende a volverlos revolucionarios y serviles a la vez. Diríase que Tocqueville escribía para el hoy de España: antes de la Revolución el gobierno no podía proteger a sus agentes salvo si recurría a medidas ilegales y arbitrarias, mientras que a partir de entonces, de manera legal, se les permite que violen las leyes. Se forman tribunales de excepción que juzgan los casos que afectan a la Administración y que amparan a todos sus agentes. La hiperbolización de los usos iniciados ya en el Antiguo Régimen hace decir a Tocqueville “vemos que la historia es una pinacoteca que contiene pocos originales y muchas copias”. Ya Mirabeau, padre, proclamaba que si se confiara exclusivamente al gobierno la elección de los jueces, muy pronto los tribunales no serían otra cosas que “bandas de comisarios”. El absolutismo también va concentrando el poder geográficamente. Así, el Estado francés, tal como decía Eugenio D´Ors con mucho gracejo, se circunscribe a cuatro manzanas de París. En los días de La Fronda , París es sólo la mayor ciudad de Francia. En 1789 ya es Francia en sí. El único motor de la Historia de Francia se aloja en París. El Estado se concentra en París y desde allí devora todos los recursos. Ciudades, comunidades, hospitales se ven obligados a incumplir sus compromisos propios, de modo que estén en disposición de ser prestamistas del rey, y luego de Napoleón. Se impide a las parroquias acometer tareas útiles, no fuera que, al dividir así sus recursos, no pagasen la “talla” y demás impuestos de manera estricta. Curiosamente, en el Antiguo Régimen el rey hablaba a la nación más como guía que como amo. “Nos jactamos – dijo Luis XVI en el preámbulo de un edicto al comienzo de su reinado – de gobernar una nación libre y generosa”. Un antepasado suyo había expresado ya la misma idea en una lengua más antigua, cuando dijo, al agradecer a los Estados generales la audacia de sus recriminaciones, “Preferimos hablar con francos que con siervos”. Es por ello que Tocqueville se atreve a afirmar en su obra: “No despreciemos a nuestros padres, no tenemos derecho. ¡Quiera Dios que podamos recobrar, con sus prejuicios y defectos, algo de su grandeza! Estaríamos muy equivocados de creer que el Antiguo Régimen fue una época de servilismo y subordinación. Reinaba mucho más la libertad que en la actualidad, y la libertad aún resultaba fecunda.”

Pues bien, ha llegado a mis manos una nueva versión de esta obra de Tocqueville, cuya traducción y Notas son de mi admirado amigo Fernando Caro, que en su día también estuvo cerca del círculo de amigos de Antonio García-Trevijano, la posibilidad que tuvo España de instaurar una verdadera Democracia de corte clásico, sin las imposiciones e intromisiones extranjeras que nos dieron gato por liebre, oligarquía política por democracia. Los amigos, ya lo decía Cicerón, suelen gustar leer los mismos libros. La obra está publicada por Ediciones Anteo, buen nombre para una editorial que publique pensamientos que no dejen de pisar la realidad y la verdad. Aparte del magnífico español con que se traduce el texto original, son muy interesantes las Notas, sobre todo aquellas en que se explica el significado político de términos del francés ya anticuados o completamente extintos, y para los que nuestro traductor nos elabora toda una semántica diacrónica de este vocabulario político. En resumen, Tocqueville nos demuestra aquí que a menudo el cambio de régimen no afecta a las relaciones políticas entre el pueblo y la autoridad (“los mismos perros con distintos collares”), y que la cabeza de la libertad puede ponerse sobre un cuerpo servil. Libro insoslayable, preparado con celo y pasión por este erudito divulgador de la obra tocquevilliana, que es Fernando Caro.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (19)    No(0)

+
2 comentarios