Decidido a escribir una página de actualidad, recurro al surtidor de ideas, al hontanar del pensamiento: he puesto el televisor. Como era de esperar la escritura ha fluido inmediatamente, grávida de comprensión y cargada de matices.
Se presenta el escándalo de un cartel en el que se anuncia la próxima cabalgata de reyes en una ciudad española. En el cartel ha desaparecido el rey negro. Ya pueden imaginar la naturaleza del debate que acaba haciendo de Baltasar un rey de cuota. Agradezco que pronto se pase a hablar de un regalo de reyes fracasado: el libro del presidente, que no alcanza las ventas que prometía su prestigio literario. A continuación, se habla de las ventas de un jersey de colores poco discretos y motivos que se dicen navideños. El uso por parte de la presidenta de la comunidad de Madrid habría desencadenado la venta masiva del dichoso jersey. Se recorre luego todo un merchandising de productos asociados al mercadeo político: tazas, pulseras, sudaderas, sombreros... Una experta en marketing nos enseña que hoy es preciso viralizar esos productos y señala a los políticos como los mejores vendedores de sí mismos. Todo es cuestión de visibilización, a la experta los electos se le antojan stands en movimiento. Reconozco que la experta ha sabido dar una adecuada definición del político de nuestro tiempo.
Esta tarde se habla mucho del revuelo en torno al machismo de Gerard Depardieu, que ha recibido varias acusaciones de agresión sexual. Salen en su defensa una serie de firmantes que no aceptan su cancelación. Entre los firmantes está Victoria Abril, acusada a su vez de agresión hacia algunos de sus compañeros. Sale hablando Obelix del placer femenino al montar a caballo, en términos que no se compadecen con su propia presentación como “caballero y amante del cortejo”. Hace años aludió en su defensa a esa caballerosidad, supongo que ignoraría que la misma caballerosidad está hoy en el Índice de las actitudes prohibidas: signo de patriarcalismo. Como entre las amazonas las hay de corta edad, sus comentarios soeces parecen todavía menos adecuados. Por otra parte, la falta de delicadeza y la expresión procaz no constituyen delito por el momento. Iría a la trena el mundo moderno en su conjunto, que – aunque es un mundillo – no cabe en las cárceles.
Al parecer los contertulios biempensantes nada saben del ambiente sexualizado hasta la náusea en que viven. Los escandalizados ignoran la edad infantil de acceso a la pornografía, no quieren ver la sexualización publicitaria y propagandística que convive con el rubor impostado de ese puritanismo progresista. La conversación me informa del enorme adelanto de España - ¡quién iba a decirlo! – que por fin parece haber dado alcance a la “altura de los tiempos”. Hoy es Francia el país atrasado, lástima que el viejo chauvinismo francés se haya hecho español.
La indignación moral es hoy de buen tono y la grosería del actor francés, que ha de poner enferma toda conciencia sublime, exige su cancelación. Un término que esconde un acto de aniquilación o muerte civil. La conclusión de los tribunales ya no merece atención. La culpabilidad está dictada mucho antes del juicio. Los absueltos, hay casos notables como el de Kevin Spacey o Johnny Depp, no recuperan su inocencia.
Luego se remata con el recuerdo de Tino Casal, del que se dice que fue el cantante más transgresor de nuestro país. Sale entonces una Carmen Maura de hace treinta años, diciendo que a su programa no le dejan llevar a Fraga, pero sí al por entonces joven Casal. De aquellos polvos… ¡perdón! Por desgracia, Casal falleció muy joven, con 41 años a causa de un accidente de tráfico y tras superar una difícil enfermedad.
Encuentro en esta sección, pese a todo, un aire de esperanza. Han llevado a Paco Clavel para charlar con la presentadora Premio-Planeta-nada-menos. Como siempre, este hombre viene aderezado para la ocasión, pero hay algo en la edad que nos dignifica, aunque vayamos cubiertos de plástico al estilo de Jeff Koons. Clavel y la hermana de José Celestino Casal, ya entrados en edad, rememoran a una persona querida y señalan su bondad y generosidad. La estridencia del programa se atenúa e irrumpe una peligrosa atmósfera de respetabilidad. Como por descuido, por una brecha entre la plástica policromía, se abre paso un elemento de verdad: entonces éramos más libres. Me pregunto si podríamos cancelar a los canceladores y recuperar aquella libertad.
Siguen las noticias de la aldea global: cae un árbol de Navidad en Bélgica, hay un accidente de un camión inflamable en Colombia, donde un sicario ha matado a un hombre; en un incendio en Sevilla muere (la redactora dice “fallece”) un perro, también en Sevilla roban luces de Navidad y en Madrid se roba en un locutorio. La presencia ubicua de cámaras en las calles y en todos los locales ofrece imágenes del menor acontecimiento. El mundo se hace pequeño como una aldea y crecen los rumores: todos los informativos son El Caso.
Va a hacer frío mañana, pero las máximas serán más altas. Antes el tiempo evocaba nuestro pasado campesino, pero ahora también el tiempo se dramatiza: alarmas diarias, giros bruscos en las temperaturas, alarmantes virajes de los vientos. Hasta el frío ha dejado de ser lo que era. Siento el viento en mi rostro, como saliendo de una enorme pantalla.