Los observadores antisanchistas se han lanzado como lobos a morder sobre las heridas abiertas por el...
Los observadores antisanchistas se han lanzado como lobos a morder sobre las heridas abiertas por el golpista prófugo Carlos Puigdemont en el cuerpo de Pedro Sánchez. Los columnistas del sanchismo apenas se muestran capaces de lamerse las costuras secesionistas que han fragilizado hasta la náusea al Gobierno.
Como en tantas ocasiones, un articulista sagaz, Ignacio Camacho, ha sabido resumir la situación: “La debilidad del sanchismo -escribe en ABC- abre a los profesionales del caos la oportunidad de desguazar las estructuras del Estado”. Parece claro que, para permanecer en el poder, Pedro Sánchez sólo dispone de una política viable: hacer concesiones poco a poco hasta que llegue al límite: el referéndum de autodeterminación. Y en eso estamos. Los separatistas catalanes chuparán del limón sanchista hasta exprimir la última gota del zumo. Y entonces lanzarán el órdago final del referéndum. Colaboradores de Pedro Sánchez estudian fórmulas que puedan sortear la Constitución. Y se habla ya de un referéndum “no vinculante” que la práctica demostrará, de resultar favorable al secesionismo, que se convertiría en vinculante. Cinco siglos de Historia unida están en el aire porque un político parece dispuesto a todo a cambio de permanecer unos meses más en su poltrona monclovita.
Sólo existe una fórmula para contener el tsunami de las concesiones que destrozan la estructura constitucional del Estado español: moción de censura e inmediatamente elecciones generales. Y que decida el pueblo, que decida la voluntad general libremente expresada. El envite de los tres decretos ha demostrado la inviabilidad de la legislatura. La opinión pública, el pueblo español, ha presenciado un espectáculo vergonzoso y vergonzante en una nación seria que ha construido una de las tres grandes historias del Occidente europeo y también, ahora, una de las mejores democracias del mundo: un político golpista y prófugo maneja desde el extranjero al Gobierno de nuestro país como si fuera una marioneta, mientras el titiritero suspira de satisfacción.