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TRIBUNA

Marx ante la Inquisición comunista

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 12 de enero de 2024, 18:58h

Cuando el famoso Fiscal General del Estado de la época stalinista, Andrei Vyshinski, siempre obediente al mando, como otrora nuestro Cándido no-voltairiano, procesó bajo tortura a grandes comunistas, padres de la Unión Soviética, como Zinoviev, Kamenev y Bujarin, algunos intelectuales amigos de la familia Sajárov recordaron la segunda sentencia de muerte contra Jesús en el relato del Gran Inquisidor, de Dostoyevski, inserto en su gran novela Los hermanos Karamazov. La recordaron porque del mismo modo que la vuelta de Jesucristo sería incómoda y peligrosa para los intereses de la Iglesia, probablemente la vuelta de Marx al mundo también sería incómoda para los intereses de la URSS, y no en vano ésta había ejecutado con saña a aquellos tres grandes comunistas, verdaderos padres fundadores de la Unión Soviética. Como todos los grandes Fiscales Generales del Estado socialistas su informe estaba plagado de repugnante babosería criminal: “Las tumbas de los malvados traidores se cubrirán con malas hierbas y con cardos, pero sobre nosotros, sobre nuestro feliz país, el sol brillará con sus luminosos rayos, tan brillante y resplandeciente como antes”. Para mí no cabe la menor duda de que el marxismo vulgarizado e interpretado por el PCUS, y desde ese ente pontificio convertido en dogma inerrante para todos los partidos comunistas del mundo, hubiera declarado hereje al gran Carlos Marx, y quizás también ejecutado. No quisiéramos que el estro indesmayable de Dostoyevski acertara, pero con un Francisco I, por un lado, y un Nicolás Maduro y Miguel Díaz-Canel, por otro, los grandes referentes de unos y otros se han quedado tan altos, tan altos en el empíreo, que los ojos cegatos de la vulgata de unos y otros ya no alcanzan, haciéndose inaccesibles la razones y los fundamentos. Tengo que decir que siempre me cayó simpático Marx en su papel de erudito y estudioso casi benedictino. Ya son pocos los ensayistas, si queda alguno, que traducen ellos mismos a los autores clásicos, y Marx traducía los textos de los autores que necesitaba para sus tesis con verdadera pasión filológica, con vocación de sabio anheloso, algunas veces los traduce etimológicamente, y otras los reinterpreta para ser mejor entendidos. Fragmentos de Amiano Marcelino, de Jenofonte, de Estrabón, de Platón, de Apiano, de Aristófanes, de Aristóteles, de César, de Demócrito, de Diodoro de Sicilia, de Tucídides, de Heródoto, de Esquilo, de Sófocles, de Eurípides, de Menandro, de Euclides, de Gregorio de Tours, de Heráclito, de Homero, de Tito Livio, de Longo, de Demóstenes, de Tácito, de todo, en fin, el mundo grecorromano, que lo hacen una cumbre de pasión por el saber clásico y la traducción “total” del griego y el latín, y un dechado de sensibilidad cultural para con los grandes autores posteriores, como Voltaire, Shakespeare, Cervantes, Kant, Goethe, Dante, Benjamin Constant, Balzac, Darwin, Benjamin Franklin, Guizot, Hegel, Víctor Hugo, Lamartine, Lessing, Espinoza, Montesquieu, Rousseau, Tocqueville, Adam Smith, Eugenio Sue, y tantos otros. Su pasión por los textos originales lo llevó a estudiar ruso a los sesenta años para poder leer a Dostoyevski y a los populistas rusos más importantes. Su prosa se monta sobre una lógica concienzuda, impecable, escrupulosa, pulcra, tachonada con frecuencia por bellísimas imágenes poéticas que le dan a menudo una belleza radiosa y calor. Estoy absolutamente seguro de que hoy Carlos Marx es prácticamente ininteligible para la mayor parte de la actual bancada izquierdista en el Congreso – si lo leen o silabean, que va a ser que no -, del mismo modo que para la derecha vergonzante – que no lo leen, porque para qué leer -. Hoy ya sólo es un bocatto di cardinale de la alta cultura, cuyas vulgatas ramplonas y epítomes chabacanos de quiosco no tienen nada que ver con la razón marxista, y mucho menos con su empeño por descubrir las claves de lo que somos, con independencia de los extravíos que tengamos en el camino. Marx ya no tiene hijos políticos, y sus mejores y más nobles estudiosos han escapado de la política como de una gusanera hedionda, gozándolo en pequeños grupos exclusivos y especiales. La Universidad y alrededores. La palabra monologadora de los sanguinarios tiranos comunistas se convirtió en la ley suprema, y el desacuerdo fue suprimido siempre brutalmente, ya que según el papa rojo de turno “contravenía los intereses del proletariado”. El comunismo ha sido hasta hora un terror institucionalizado. Las purgas genocidas de Stalin, la acción contra el socialismo yugoslavo, los destierros de Kandinsky y Chagall, las invasiones de Hungría y Checoslovaquia, la persecución de los judíos, los problemas de Pasternak y Solzhenitsyn, la deposición de Dubcek, la expulsión de Garaudy y Kolakovski, y tantas otras barbaries, convirtieron el sincero humanismo de Marx en una parodia y una farsa. Porque aquel humanismo tenía un fondo liberal: “Nuestro punto de partida es el individuo particular y real, verdaderamente singular”, que era la única meta y razón de la Revolución. No obstante, siempre podemos decir que el hacer responsable a Marx de los horrores múltiples que ha traído al mundo el comunismo equivaldría a hacer responsable a Cristo de las peores acciones de la Iglesia constantiniana. Sin embargo, ha habido y hay pequeñas islas en esa Iglesia en donde los sucesores de Jesús – santos, comunidades, asociaciones, distintos carismas, etc. – han llevado el bien a otros en nombre de Jesús, a pesar de la intrínseca maldad vaticana. En el mundo comunista apenas ha existido una isla de esas. Además Marx, a pesar de haber hecho la descripción más fidedigna y justa de los terribles pecados perpetrados por el capitalismo del siglo XIX, y haber erigido una metafísica del dinero que jamás será superada, concibió una antropología no realista, que nos parece estar de espaldas a la verdadera naturaleza de hombre, forjada por los últimos seis mil años de cultura, por lo menos desde los inicios del comercio. Y es el caso que en el capitalismo, el vendedor va en pos del comprador y esto hace que los dos trabajen mejor; pero en el socialismo, el comprador anda detrás del vendedor, y ninguno de los dos tienen tiempo para trabajar. Ahora bien, el vitalicio estudioso Marx, aquel investigador infatigable de curiosidad insaciable e infinita, vivió y murió pobre. No es el caso de ninguno de sus bastardos.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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