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TRIBUNA

La frustración en la política española (2)

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 13 de enero de 2024, 20:06h

Respecto al segundo personaje de la triada mencionada en el artículo precedente, el general jerezano Miguel Primo de Rivera y Orbaneja (1870), su óbito parisino se insertó en las mismas coordenadas que el de la reina Isabel II. Durante algunos años su fama en el conjunto del pueblo español fue grande, casi generalizada, sobre todo, en los estamentos populares y mesocráticos, con especial relieve en la población agraria y campesina del Mediodía peninsular. Muy probablemente no haya en el calendario español del siglo XX año de caracteres más radiantes que el de 1926, cuando la Dictadura, después de dar por conclusa su primera etapa gobernante con el llamado “Directorio militar”, dio paso a una segunda y última, la del “Directorio civil”. Aunque no por entero terminada, la excruciante etapa de la guerra del Riff pudo darse ya por finalizada, al tiempo que la frenética fase de modernización económico-social en que se enrolara el régimen del militar gaditano alcanzaba cotas en ocasiones sin parangón en una Europa envuelta ya plenamente en la trepidante atmósfera desarrollista de los “Felices veinte”. Los hispanistas británicos -los más inclinados, desde luego, a detenerse, en sus incursiones por la vieja piel de toro, en tal suerte de testimonios para refrendar el valor historiográfico de sus impresiones y acotaciones- se complacen grandemente en traer a colación el juicio de algunos viejos campesinos andaluces que vieron en el septenado un periodo de bienandanza universal, en particular, en el seno de los sectores más humildes del país.

Conforme es bien sabido, los círculos más extensos y reconocidos de los contemporaneístas nacionales se muestran también contestes en la aceptación de tal cuadro general, pese a las sombras y manquedad y hasta gruesos chafarrinones que es obligado introducir en dicha rosácea pintura, que encuentra en ensayistas del más alto coturno y obra casi ciclópea -a la manera, v. gr., del insomne catedrático de Economía D. Ramón Tamames- sus más fervientes seguidores actuales.

También D. Miguel murió, como queda dicho, en el destierro parisino, con un inmediato traslado de su cadáver a Madrid, a la veces, en circunstancias semi-novelescas, en medio de la hosquedad y el silencio más impenetrables de las esferas oficiales, al comenzar por el propio rey Alfonso XIII y con la única excepción del director de la Guardia Civil, el general Sanjurjo, admirador incondicional del soldado que concluyera la ominosa guerra del Riff.

Objeto ocasionalmente de comedidos elogios durante la dictadura franquista como precedente de parte de sus políticas sociales y africanista, pero sin un diapasón en exceso entusiasta o grande debido al temor pánico sentido por la segunda dictadura española del novecientos de encuadrarse en términos castrenses, los grandes valores desarrollistas del septenado serían subrayados con fuerza e insistencia al término de aquella por hispanistas del mayor relieve, a la manera, v. gr., de R. Carr, o por comprometidos y sobresalientes ensayistas españoles. Revisión positiva que se extendió, con cortapisas y restricciones, al mismo ámbito de la cultura, al identificarse, en efecto, la etapa primorriverista con la época áurea de la Generación del 27.

Pero pese a ello, ni siquiera el costismo más rancio ni el populismo más extravagantes asumen hodierno la reivindicación cara al presente e inmediato porvenir de un régimen sin bandera algún en la España de un siglo ulterior a su vigencia.

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