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Habemus Obama(m)

martes 04 de noviembre de 2008, 20:13h
El senador demócrata por el Estado de Illinois Barack Obama, el más que probable ganador de las elecciones a la presidencia de los Estados de Unidos de América en 2008, tiene por delante una gigantesca tarea: estar a la altura de las ilusiones que su candidatura ha generado dentro y fuera de su país. Corre tambien un riesgo paralelo: el de no ser capaz de cumplir con las expectativas generadas. En los tiempos de incertidumbre económica y política por la que el mundo atraviesa la exigencia de realizaciones va a ser tan intensa como impaciente y el momento para exhibirlas tan corto como ancho es el crédito extendido. Tratándose de un hombre del que apenas se conoce otra cosa que su capacidad para ganar elecciones los criterios para el juicio debieran ser coherentes con las aspiraciones de su campaña –el cambio- y en sintonía con las esperanzas de sus apologistas -el comienzo de una nueva historia en la política doméstica americana y en las relaciones internacionales-.

A lo largo de los dos años de campaña presidencial Obama ha sorteado con inteligente habilidad los obstáculos que se levantaban en su carrera hacia la Casa Blanca. Supo deshacerse sin hacer excesiva sangre de la que parecía candidata inevitable del Partido Demócrata, Hillary Clinton, mientras limaba las asperezas de su propia y escasa biografía personal -las relaciones con el exaltado reverendo Wright, los contactos con el ex terrorista Ayers- y exhibía en su corto historial legislativo todos los votos presenciales necesarios para no dejar demasiado rastro de sus autenticas inclinaciones. Su capacidad retórica, su habilidad argumentativa, su indudable encanto personal han facilitado el dato histórico de su candidatura, el primer ciudadano negro que llega a las máximas responsabilidades ejecutivas de la nación. En el camino, Barack Obama ha ido convirtiendo sus asperezas radicales en posiciones centristas, cada vez mas numerosamente corroboradas por la calidad y a cantidad de sus seguidores. Aunque en realidad sigamos sabiendo poco de él y algunos se sigan preguntando por su programa oculto. ¿Existe tal cosa?

Barack Obama se enfrentará a la brutal crisis económica que aqueja al país, y al mundo, con recetas keynesianas clásicas -más regulación más política social, mayor presencia estatal- en el contexto del mercado y de la aplicación de las decisiones ya adoptadas por la Casa Blanca de Bush y el Congreso demócrata para atajar la crisis. En realidad el senador por Illinois llega a la presidencia cabalgando sobre ella y empujado por las politicas que a ella llevaron. El margen de maniobra es estrecho- lo hubiera sido tambien para McCain- pero más allá de la disputa ideológica en torno a los impuestos, no cabe duda sobre el mandato que recibe: estabilizar la economía en el marco de las leyes del capitalismo.

Y en la política exterior, olvidando sus primeras y rotundas afirmaciones –nos retiraremos de Irak al día siguiente de llegar a la Casa Blanca, cerraré inmediatamente Guantánamo, me reuniré con todos los enemigos sin precondiciones- el programa en la recta final de la campaña entronca sin dificultad con la visión tradicional de la institucionalidad imperial: debemos estabilizar Irak, no cabe descartar la opción militar en el caso de un Irán nuclearizado, hay que acabar con Osama Bin Laden, necesitamos en Afganistán la presencia de tropas de combate europeas. Seguramente Barack practicará una diplomacia más conversacional y menos abrupta que la de su antecesor, pero manteniendo una marcada continuidad en la sustancia. No en vano los apoyos de gente como Colin Powell son tanto motivo de empuje como de garantía contra las aventuras. Obama llega a la Casa Blanca con la fortaleza de ser el primero de su raza en conseguirlo y ello traerá consigo un impulso indudable y positivo en la todavia fracturada psique social de los Estados Unidos. Pero los que le apoyan no conciben su gestión como la del primer presidente post imperial. Mas bien al contrario: esperarán que redore los hoy un tanto marchitos blasones.

A medida que Obama centraba sus propuestas McCain endurecía las suyas. El ilustre senador por Arizona ha caído en una campaña confusa y errática, donde abundaban los palos de ciego. Y con ello mas fácil resultaba para los adversarios colocarle en la estela de la para tantos fallida presidencia de Bush. Sarcasmos de la historia: el senador republicano más independiente acaba colocado en la letal sombra de su némesis.

El éxito del presidente Obama bien podria estar en navegar las aguas centristas que le han llevado a la victoria. Los radicales pertenecen al margen de la Historia. ¿Lo recordará?
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