El calendario de 2023 yace en la papelera. El lugar en el que estaba ha sido ocupado por el calendario de 2024. Esta pequeña sustitución trae consigo esperanzas de cambio, propósitos de enmendarse a uno mismo. Muchos aspiran a mejorar su condición física comenzando una dieta, apuntándose al gimnasio o aprendiendo un nuevo deporte. Otros, los menos, prefieren vigorizar algo que también se marchitará, aunque tarde más en hacerlo: su alma. Entre los amigos del espíritu encontramos propósitos tan variopintos como practicar la meditación, a fin de alcanzar una paz mental que resulta ser el acallamiento de nuestra conciencia, o expandir nuestra cultura y afinar nuestras facultades emocionales consumiendo más productos de las editoriales de moda. Estos libros, por lo general y para desgracia de todos, no son más que hojas de papel manchadas de tinta, envueltas por unas cubiertas que, prometiendo paroxismos estéticos, sólo endurecen las molleras de sus desgraciados lectores.
Sin embargo, tanto los amigos del cuerpo como los del espíritu se enfrentan por estos días al peligro más temido: el fracaso de sus propósitos. ¿Por qué son tantos los que desfallecen, en las primeras semanas, en el esfuerzo por alcanzar sus metas? La respuesta no se debe buscar en gurús, que se presentan a sí mismos bajo el eufemismo de ‘coach’, ni mucho menos en cursos impartidos por vigoréxicos ex politoxicómanos. Los más jóvenes saben a qué me refiero.
Basta con acudir a los clásicos para averiguar por qué fracasamos en nuestros propósitos. Aristóteles, el maestro de la elucidación conceptual, nos explicó en qué consiste aquello que perseguimos por medio de los propósitos. El libro II de su Ética a Nicómaco llama virtud a la mejor disposición, a la excelencia, que buscamos de nosotros mismos. Esta excelsitud es definida como la elección racional y habitual del término medio entre dos extremos, uno por defecto y otro por exceso, relativo a cada uno de nosotros, de nuestras acciones y pasiones.
En esta definición están contenidas las dos causas principales del abandono de nuestros propósitos, a saber: la falta de constancia y la desmesura en las acciones con las que buscamos ser virtuosos. Nuestros proyectos no llegan a buen término por la falta de hábito, de constancia, y por el desacierto en el que incurrimos al escoger el justo medio de nuestras acciones. La excesiva ambición que acompaña al furor de las fiestas navideñas anula nuestra prudencia hasta el punto de exceder nuestras capacidades en la búsqueda de la virtud.
El Estagirita nos enseña, primero, que a la hora de hacernos propósitos debemos procurar que éstos sean objetivos realistas, verdaderamente alcanzables; segundo, que el efervescente entusiasmo con el que iniciamos la andadura hacia una mejor versión de nosotros mismos debe estar acompañado del hábito incondicional.
Lean a los clásicos, es el mejor favor que se pueden hacer a ustedes mismos por el nuevo año.