La monarquía invisible
martes 04 de noviembre de 2008, 20:55h
La Republica, ese modo de gobierno que tantos parabienes otorga al Estado de Derecho. Institución que es summum de la libertad y de la modernidad, a la que aspira todo ciudadano que, libre de atavismos, supera estructuras arcaicas que atan la libre actividad de desarrollo político del país. La libertad guía al pueblo hacia la abolición de la opresión.
El dilema ante el que se encuentra el republicano en la España moderna, es que ya no existe ninguna de las características de la monarquía actual que sea diferenciadora, en cuanto a su concepción, de la Republica. Los ideales de Rousseau, Montesquieu, Voltaire o Diderot, semillas de las ideas que tuvieron como consecuencia la Revolución Francesa, en nada chocan con el actual sistema monárquico español, de un Rey que reina pero que no gobierna, garante del sistema parlamentario, que ofrece todas las garantías jurídicas en las que se asientan los pilares para la pacífica y libre convivencia de todos los ciudadanos en nuestro país. Por lo expuesto, no hay atisbo de anacronismo, arma que suele utilizar el republicano displicente.
La monarquía, según mi criterio, no es una entidad personalista, por la que el Rey o cualquiera de los integrantes de la Familia Real, mediante su comportamiento, deban refrendar constantemente la supervivencia de la Corona. La monarquía es, de este modo, un símbolo. Símbolo de la unidad de España, símbolo de nuestra joven democracia, símbolo de la unión de todos los españoles en pos de un bien común. La corona no es el emblema de la realeza del monarca, sino de la soberanía popular. La corona es propiedad del pueblo, que portamos todos como integrantes de la nación. Ese es el verdadero significado de la monarquía en España. No debemos caer en puntillosos criterios sobre la legitimidad del régimen que impera. Los españoles compartimos la corona que ondea en nuestra bandera como algo propio, no impuesto desde una oscura parte de nuestro pasado. El Rey se ha ganado la corona de la que participamos todos nosotros.
Observamos estos días como se ha dado la oportunidad a todo buen republicano, que espera a cada momento, para sacar cuchillos contra la monarquía. La Reina ha opinado. No es que yo esté a favor de que los miembros de la casa real se explayen en sus más íntimos sentimientos, que no por dejar de ser naturales en cada persona, hacerlos públicos por sus majestades o altezas, supone un dislate que en nada favorece a una institución que debe ser aglutinadora del sentir de los ciudadanos españoles en su conjunto. Pero culpar a la Reina de hacer declaraciones que se verían publicadas, no tiene sentido. Alguien en la Casa Real metió la pata.
Son la izquierda y la derecha mas retrogradas las que siguen alentado la instauración de la Republica. Los primeros porque desean una revancha de la Guerra Civil y los segundos porque el Rey traicionó los principios del movimiento nacional. El Régimen Franquista no instauró una monarquía mientras el dictador estuvo con vida, más bien utilizo sus símbolos y emblemas para justificar la permanencia en el poder de un estado policía. Una vez instaurada la monarquía, todos los resortes del Estado se pusieron en marcha para dar paso a una democracia, en la que todos los partidos políticos estuvieron representados y la actuación personal del Rey el día del intento de golpe de estado, da cuenta de cómo estaba de comprometido el monarca con los derechos y libertades recién adquiridos por los españoles.
La quema de fotos de los Reyes no debe de extrañar, en cuanto que quienes realizan tales actividades no buscan más que quebrar la unidad del Estado, minar las bases de la convivencia y provocar a los ciudadanos de bien. Quizás esos elementos buscan en ese tipo de actuaciones la realización de hechos que, según su criterio, son revolucionarios y salvadores. Nada más alejado de la realidad, el fascismo abomina de la monarquía parlamentaria.
El republicanismo como capricho, desaire o rencor se me ofrece como un afán tétrico, que no genera ilusión y que pone en peligro todo lo conseguido hasta ahora. Si bien es cierto que la Jefatura del Estado debería limitarse a leer discursos escritos y fiscalizados por otros. Mucho está en juego para que la monarquía sea objeto de crítica constante por el mal que pudieran hacer o decir los miembros de la Familia Real. A estos sólo se les pide que se comporten en público, e incluso en privado, a la altura de la tarea que desempeñan, sin caer en la tentación de pensar que son ciudadanos ordinarios. Es por tanto necesario, que los miembros de la Casa Real sean imperceptibles en cuanto a la exteriorización de sus inquietudes políticas, desapercibidos ante el murmullo de los irresponsables. No obstante, y por poner un ejemplo, ¿Sería necesaria la abolición del Tribunal Supremo, del Tribunal Constitucional o del Congreso de los Diputados por la mala actuación de los que desempeñan su labor en estas instituciones?, la respuesta es obvia. Aunque, si se diera el caso de que ningún miembro de la alta Familia quisiera hacerse cargo de la responsabilidad del peso de su tarea, quedamos el resto de españoles portando la corona que nos pertenece por derecho propio.
|
Abogado
CARLOS LORING es licenciado en Derecho, diplomado en Gestión Empresarial, y MBA en e-Business por la Universidad Pontificia de Comillas (ICADE)
|
|