España lidera la clasificación mundial de las empresas de construcción, en la que hay dos entre las diez primeras.
Este sorprendente milagro tiene su origen en aquellas obras faraónicas que se hicieron, en los tiempos de Franco, para que este, según las izquierdas, apareciera en el NODO inaugurando pantanos.
Aquellos pantanos aliviaron “la pertinaz sequía” y proporcionaron energía para el incipiente desarrollo industrial.
Después, el desarrollo incipiente adquirió un alegre trote y se recurrió a la quema de combustibles fósiles, petróleo y carbón, en numerosas centrales térmicas, de nueva construcción. También se empezó a asimilar la incipiente energía nuclear con la construcción de tres pequeñas centrales.
Y cuando el trote se convirtió en incontenible galope, que hacía crecer a España a ritmos únicamente igualados por Japón y China, en su momento de más fuerte desarrollo, convirtiéndola, en 2004, en la octava potencia del mundo, se recurrió, acuciada por la famosa “crisis del petróleo”, a la construcción, apresurada, de nuevas y más potentes plantas nucleares. La segunda generación.
Y aún se construyó una tercera, ya en contra de la creciente opinión de la izquierda, cada vez más renuente, influenciada por Hiroshima, Nagasaki y todo lo que sonase a atómico y nuclear.
Y además Chernobyl. La explosión del núcleo de su central causó un escape similar al de la explosión de doscientas cincuenta bombas de Hiroshima y esto hundió, definitivamente, el prestigio de las centrales nucleares en la opinión de la izquierda española.
Pasaban por alto que ese “accidente”, imposible de ocurrir en Occidente, fue un crimen contra la humanidad. La Unión Soviética, en su ciega carrera con Occidente, construía sus centrales sin el Edificio del Contenedor, un cilindro de hormigón armado, de cuarenta metros de altura y otros tantos de diámetro, que cubría el núcleo del reactor y estaba diseñado para evitar que, en caso de explosión de este, los venenosos gases nucleares salieran a la atmósfera.
El núcleo de la central de Chernobyl explotó y ha estado emitiendo radiactividad desde 1986, hasta 2016, en que fue recubierto por el segundo “Sarcófago”, elemento protector que fue diseñado, fabricado y financiado por Occidente, ante la incapacidad técnica y financiera de Rusia y que servirá de contención de la reacción, que sigue en su interior, solo durante cien años.
Este accidente hundió definitivamente el prestigio de la energía nuclear en los partidos de izquierda de España. Sentir que transmitieron, en gran parte, a la opinión publica, con su clamorosa llamada al “Parón Nuclear”.
ETA se sumó a este ánimo de rechazo, provocando atentados en la central de Lemóniz, uno de ellos con víctimas mortales.
Este estado de ánimo se ha decantado, a lo largo del tiempo, en tres importantísimas decisiones:
1ª- Cancelar el programa nuclear y detener la puesta en servicio de cinco centrales ya construidas y a falta de inaugurar cuyo coste hemos estado pagando, a las empresas eléctricas, en el recibo de la luz.
2ª- Programar el paro de las plantas en funcionamiento.
3ª- Prescindir, para el futuro, de la energía nuclear y basarlo en energías alternativas, hidráulica, solar, eólica, etc...
4ª- Desoír el sentir mayoritario, en el mundo, favorable a la energía nuclear, siquiera como alternativa.
A pesar de las siguientes consideraciones:
La Unión Europea admite a la nuclear, como energía “verde”. En el mundo hay 411 plantas nucleares en funcionamiento. En Francia 59.