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TRIBUNA

En la cancha se ven los pingos o un final cabeza a cabeza

sábado 20 de enero de 2024, 18:33h

“En la cancha se ven los pingos”, es un dicho que expresa en la Argentina que los caballos (pingos en la jerga regional) realmente buenos, demuestran su rendimiento o performance en el momento mismo de cursar una carrera. Esta palabra burrera, para usar otro término afín, podría tener su equivalente en “el movimiento se demuestra andando”, que encaja en una situación política atravesada por situaciones más que difíciles de manejar. Como se ve siempre la realidad es más compleja que la mera idea que tenemos de la propia realidad; y si no, que lo digan mis compatriotas.

En un sentido menos figurado que concreto el vivir cotidiano hace que las cosas se demuestren andando o, como dicen algunos, si la cosa resiste. Las negociaciones, por lo tanto, en el Gobierno de Javier Milei como en el mismo peronismo opositor, hace que surjan internas de todo tipo que impiden visualizar un camino recto y frontal y, lo más difícil aún, es encontrar consenso para seguir en carrera. Por otro lado, los enfrentamientos se dan en el intento de una busca de razones valederas en medio de demasiadas marchas y contramarchas dentro de la abundancia de leyes y decretos de necesidad y urgencia; los menos convencidos -tal vez porque se la ven venir-, amenazan con abandonar la carrera antes de la llegada.

En otra curva, no menos ardua, la Argentina corporativa aguarda con cierto entusiasmo cercano al del Presidente; aunque con dientes afilados y la vista puesta en la curvatura del Estado recaudador y proveedor de subsidios, que está cortado su vilipendioso chorro. Los privilegios de las mafias sindicales, que presionan sobre la justicia siguen siendo invulnerables; de hecho, bajo presión, una Cámara del Trabajo dictó la cautelar que suspende la aplicación de un capítulo fundamental referido a las cuestiones laborales del Decreto de Necesidad y Urgencia de Milei. Esta corporación ni siquiera le pidió previamente la opinión al Gobierno, como indican el deber y las buenas costumbres; sino que, para beneficio de ellos las leyes laborales no deben ser cambiadas en un país donde todos sus referentes políticos y organizaciones sociales aceptan que casi la mitad de la economía es informal o está subsidiada; es decir, que todo venga de arriba aunque los fondos estén en cero y algo más, que significa “endeudados hasta la coronilla”. El inmenso número de personas que trabajan en negro es una certeza que se exhibe en público sin vergüenza. Resulta usual, sin embargo, que el fuero laboral de la Justicia está impregnado por amigos de los sindicatos o por amigos de los abogados de los sindicatos e incluye a fiscales y jueces, todos también beneficiarios de esas prebendas.

El of side Federico Sturzenegger, autor intelectual de la ley ómnibus, esquiva los venenosos dardos del kirchnerismo experto en el manejo del show político. Pero, lo cierto es que la enojosa inflación es un fenómeno fiscal. “Sin déficit fiscal no hay deuda”, afirmó mi viejo amigo Juan David Morgan, poeta, banquero y oveja negra de la tradicional familia en una conversación telefónica que tuvimos no hace mucho. El plan de Milei busca erradicar el déficit financiero en 2024, algo que exige esfuerzos de toda la sociedad por años de malos manejos de los gobiernos que los han precedido. Sin embargo, “a nadie la hace gracia subir retenciones”. Caputo, el Ministro de Economía, ya ha profetizado que ideológicamente él estaba en contra, aunque se debe hacer uso de la motosierra. Menuda confesión.

No obstante, las contradicciones que aparecen en la “gestión legislativa”, se reproducen en carreras más amplias y hasta todavía confusas. Es cierto que Milei considera que para derrotar a la inflación alcanza con una contundente política fiscal y monetaria contractiva, nada sencilla de manejar y, menos de ponerla en práctica; es decir, que aún le resulta inaceptable la añeja advertencia del economista ítalo-estadounidense, neo-keynesiano Franco Modigliani, que postulaba que intentar frenar la carrera de los precios echando mano solo a instrumentos monetarios y fiscales es como aspirar a frenar un caballo que corre a más de 50 kilómetros por hora hablándole en la oreja o acariciándolo con mano de seda. En algún momento, queda en claro, el Presidente debiera echar mano de otros recursos, para calmar en este caso a los que arrojan piedras en su propio camino. Por ejemplo: si tuviera que negociar con el sindicalismo la pauta de actualización salarial de las próximas paritarias, lo debería hacer desconfiando de esa variable y teniendo en claro la gran recesión que se avecina y ya pega fuerte; el DNU, como se ve, sin la negociación parlamentaria ayudaría muy poco al débil oficialismo, en absoluta minoría.

Es así como a un mes de haber inaugurado su gestión con un discurso pronunciado de espaldas al Parlamento, los legisladores, por debajo de la mesa le pasan la factura; en tanto que los Ministros del Poder Ejecutivo deben transitar por la Cámara de Diputados para rendir cuentas de sus iniciativas. Por supuesto, no es una derrota de Milei; pero, lo más probable, si se tiene en cuenta el estado actual de las negociaciones, es que el núcleo de sus cambios, basados en el paquete fiscal, no se apruebe siquiera con algunas leves modificaciones discutibles.

De hecho, la archienemiga Confederación General del Trabajo (CGT), que se frota las manos para el paro general con movilización anunciado para el 24 de este mes, consiguió un amparo en el fuero laboral, siempre proclive a las aspiraciones del gremialismo, que no le es ajena, para salvar “el sistema de contrato de trabajo y, en especial, el régimen de aportes a los sindicatos y, sobre todo, a las obras sociales, la generosa caja donde está el negocio de la dirigencia y dónde saca su mayor tajada, amenazados ahora por la desregulación oficial”.

Es así que en otro box, no menos beneficiado, uno de los camaristas, argumentó -citando al prócer Juan Bautista Alberdi, el padre de la Constitución Argentina y principal referente histórico del liberalismo- que esa sagrada escritura no admite ninguna variable. Ahora bien, quizá se acuerdan un poco tarde, quizá deberían modernizar esos enunciados. Para Milei o son una cuestión acaso intrascendente -porque le parece ocioso intervenir en la política salarial-, que él como buen liberal confía en los vaivenes del mercado con una opinión variable y, por si cambia de opinión, allí están sus ministros del Interior y economía, encargados de llevar adelante una negociación minada por su DNU y la catarata de leyes que la acompañan.

Esto deja en evidencia que el oficialismo no cuenta con un equipo político dedicado a tejer la red que sostenga el núcleo del programa económico. A ese problema están abocada su gente y su hermana Karina Milei; y, en línea directa con ella, el joven Martín Menem (sobrino-nieto del ex Presidente y novato político), al frente de la Cámara de Diputados y encargado de organizar La Libertad Avanza a escala parlamentaria; otro conflictivo asunto, nada sencillo de compatibilizar. No obstante, el principal reto es conseguir que el Presidente entienda la relevancia de dichos trabajos, que parecen estar un poco descuidados.

De este modo, atribulado por un mil y un desafíos -y para asombro de muchos devotos y admiradores-, Milei parece ignorar al presidente del Banco Central, cuyo objetivo es cerrarlo (según promesa de campaña) y al Ministro de Economía, que está a cargo de hacer la auditoría definitiva; algunos, livianamente hablan de un “Bono para la Reconstrucción de una Argentina Libre”. Eso sí, con un Banco Central militante. Un sueño imposible dentro del sistema parlamentario que rige a la Argentina, ajeno a toda forma autoritaria y dictatorial.

Con esta práctica política, La Libertad Avanza se ha constituido en lo que podemos advertir es algo así como su propia oposición. En estos días el principal obstáculo que encuentra Javier Milei para alcanzar algunos de sus objetivos expuestos en su visita a la Cumbre de Dabos, es su manera de gobernar; establecida acaso como la primera medida de “necesidad y urgencia” que sería saludable que adopte para producir un giro en su concepción democrática sobre la tarea de gobierno.

El impedimento principal es bastante evidente. El Presidente decidió, que la meta esencial de su gestión es reducir cuanto antes la inflación y ante la cifra de menos el 30 por ciento, canta victoria alborozado. “¡Vaya triunfo, carajo”, como apuntó ante mí un amigo poco creyente que lo votó por el voto hartazgo. Para hacerlo Milei y sus adláteres organizaron su gran ajuste fiscal, que depende en buena medida de cambios impositivos que -a su vez- requieren de aprobación parlamentaria, una clave compleja de destrabar, enviada al Congreso como “proyecto de ley”. Sin embargo, una distracción incomprensible lo llevó a incluir esas modificaciones en el texto de 664 artículos cuyo tratamiento, si se hiciera a toda velocidad, demandaría más de un año en consumarse.

Antes de que Milei llegara a la Casa Rosada había una duda muy razonable sobre cómo conseguiría que el Poder Legislativo apruebe sus revulsivas o revolucionarias iniciativas. Ahora la pregunta es menos sólida que rudimentaria: ya no se trata de que las quiera aprobar, sino de que siquiera las pueda tratar. Arduo asunto con una minoría de bancas que casi no cuenta con votos propios y con gremios y peronismo en pie de guerra y a punto de ganar la calle.

El problema, por supuesto, no obedece a un error formal, sino que es parte de una concepción según la cual la gestión pública es la aplicación mecánica de una receta de laboratorio difícil de aplicar dentro del sistema. Es decir, una técnica que puede prescindir del consenso indispensable para que las iniciativas se vuelvan viables. Con independencia del pasable autoritarismo que cobija ese modo de ver la administración, ni las revoluciones consiguen que la realidad se muestre tan dócil frente a tales metas.

No es todo. En el programa de Milei aparece una segunda dificultad: la de distinguir lo principal de lo accesorio. Un rasgo llamativo del inabarcable proyecto enviado al Congreso y del “Decreto de Necesidad y Urgencia”; tampoco se entiende por qué algunas materias fueron a la ley y otras al decreto. Como si el mismo equipo hubiera llegado al poder con dos planes de gestión que se entremezclaron y ahora le entorpecen la pulseada en un final cabeza a cabeza.

No hay duda que Milei tiene la vista puesta en un propósito resumido en revertir la carrera de los precios, pues considera que el tipo de cambio real tendrá un descenso abrupto en los próximos meses, aunque en una entrevista acaba de decir, que morosamente y a trote lento pueden pasar 15 años ni más ni menos. Tiempo que es un infinito en esta limitada tarea de gobernar y un vaticinio que hace suponer que para el Presidente las mejoras serían lentas, al trotecito nomás o a paso de tortuga si se quiere; demasiado lentas, en tanto que la ciudadanía necesita respuestas inmediatas porque no aguanta más con el altísimo porcentaje de extendida pobreza que afecta a tirios y troyanos. Esta es la tesis que subyace en otra hipótesis oficial librada al ingreso de dólares que determinará la futura cosecha, una apuesta hípica liberada a suerte o verdad con exclusiva intervención de la suerte.

Metas de galope o trote lento que se consideran urgentes, suponiendo que el Tesoro ya no sea financiado con emisiones monetarias que agrandan el volumen del desequilibrio fiscal. Por lo tanto, además de reducir los gastos, el Gobierno debe conseguir financiamiento exterior y por la vía impositiva. Meta cumplida con la ampliación de la deuda -sobre más deuda- con el FMI, que hasta usa espuelas y simula montar con alpargatas.

Sin embargo, otro problema que choca con las propuestas de campaña y fomenta el desaliento general, es la peregrina promesa de eliminar impuestos excesivos, que agobia -en especial- el bolsillo de los más necesitados; otra forma de ruego al Parlamento incluye la modificación de impuesto a los “Bienes Personales y al régimen de impuestos internos que autorice un blanqueo y una moratoria para retocar la ley del IVA”; que hará, a su vez, alterar la fórmula de actualización de las jubilaciones, entre otros cambios no menos maléficos. Contradicciones menos concretas que irritantes. Y, como si fueran poco, esas reformas forman parten de un mismo articulado con alteraciones en la Ley Federal de Pesca, la Ley de Hidrocarburos y la Ley de Procedimientos Administrativos, que el Ejecutivo se proponen, también hacerlas posibles, junto a las reformas al Código Civil y el Código Penal. Y, con el mismo grado de relevancia, mudanzas en la educación y la cultura (verbigracia: el Instituto Nacional de Cine, la Ley del Libro, de Bibliotecas Populares, Asociaciones Mutuales y el Instituto del Teatro; con el agregado de la Sociedad Argentina de Escritores, etcétera), que irritan a los mencionados y también están en pie de guerra y se unirán a la convocatoria de la CGT; además de los sectores de la salud afectados por idénticas enumeraciones.

Temas urticantes, demasiados delicados y estremecedores, que, más allá de estos detalles, guardan una disconformidad que se agranda y se canalizará en la marcha convocada por la Confederación General del Trabajo, a la que se suman los mencionados sectores afectadas por la embestida oficialista.

Largada la cerrera, queda flotando una duda -la gran duda-: será posible sostenerse con estas piedras en la pista o el pingo y el jóquey rodarán antes de llegar a la meta. No queremos ser alarmistas, pero con la gente en la calle todo puede terminar en un final cabeza a cabeza o en un gran estallido, ¿por qué no? Nunca se sabe que sucederá mañana en esta insólita Argentina.

Y para cerrar, vienen ahora estos párrafos anecdóticos. No hace mucho, en un restaurante de Madrid, mientras almorzábamos con un amigo compatriota, desde una mesa vecina donde escuchaban nuestro diálogo con natural acento criollo, se levantó sonriente un señor español para preguntarnos si éramos argentinos.

“Sí lo somos”, respondimos con mi amigo.

“Pues hombre aquí nos preguntamos cómo un país tan rico y grande como la Argentina sea tan pobre, y cómo un país tan chico y pobre como el Japón sea una potencia mundial”.

“Es la misma pregunta que nos hacemos nosotros”, respondimos con una sonrisa cómplice con mi compatriota.

Claro, sucede que en el mundo hay países liberales, países socialistas o populistas y nuestra entrañable y compleja Argentina, un caso aparte; sin duda inclasificable. Sobre todo ahora, en esta largada de Gran Premio con espoleada drástica y contundente, aunque librada al azar como todo en esta indescifrable vida.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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