En La Rosa y las espinas. El hombre detrás del político, hallamos por escrito la conversación que Alfonso Guerra mantuvo con Manuel Lamarca, algo que inicialmente se convirtió en un documental premiado en diferentes festivales de cine. Escuchar o leer al que fuera gran referente en los gobiernos socialistas encabezados por Felipe González siempre resulta interesante, tanto por su capacidad para diseccionar los asuntos públicos como por sus reflexiones apartadas de la corrección política.
En efecto, ambos rasgos se aprecian en el libro que tenemos entre manos, el cual combina con criterio cuestiones más personales, en particular en la recta final de la obra, con otras directamente relacionadas con la historia política, pasada y presente, de España. Al respecto, Alfonso Guerra nos explica su llegada casual a la política en las postrimerías del franquismo, citando nombres de referencia de aquel PSOE, como Rodolfo Llopis o Nicolás Redondo Urbieta, junto con otros que comenzaron a emerger, en especial Felipe González. Este último, en 1979 eliminó el marxismo del programa del partido, defendiendo que “hay que ser socialistas antes que marxistas” (pág. 65).
Alfonso Guerra reivindica sin titubeos la Transición a la democracia y el rol que desempeñó Su Majestad Juan Carlos I: “Junto con Adolfo Suárez, el rey diseñó el cambio de régimen y la Transición, un proyecto al que nos unimos los demás y finalmente organizamos conjuntamente” (pág. 51). En consecuencia, pone en valor su actuación con motivo del 23F, rechazando cualquier “teoría” que señale que la asonada fue provocada por la Corona. En íntima relación con este periodo, y frente a mantras contrarios a la verdad histórica, tampoco acepta que la Ley de Amnistía fuera una imposición asumida por la izquierda.
Continuando con el análisis de momentos estelares, las elecciones generales de 1982 ocupan un lugar privilegiado en la obra. Para Alfonso Guerra, dichos comicios suponen el final de la Transición ya que significaron “el triunfo de un partido derrotado en la guerra […]. El PSOE representaba a los que habían perdido la guerra” (pág. 89). A partir de ahí, el gobierno socialista tuvo que afrontar retos genéricos de calado (por ejemplo, la modernización del país) así como otros más particulares y controvertidos. Dentro de estos últimos sobresalen el referendo sobre la presencia en la OTAN de 1986 y la adhesión a la CEE, cuestión en la que resultó crucial el apoyo de la República Federal de Alemania. No obstante, a pesar de su europeísmo, se muestra crítico con algunas decisiones del proyecto comunitario, sin que ello nos lleve a tildarlo de eurófobo o euroescéptico, tales como la ampliación a 27 Estados miembros: “En Europa hubo guerras continuamente, durante siglos y siglos, casi siempre protagonizadas por Alemania y Francia, siempre hablaban los cañones, nunca hablaban las personas” (p. 103).
Según nos acercamos a la etapa presente, las opiniones bien argumentadas del autor incrementan su valor. En efecto, se muestra crítico con un amplio sector de esa izquierda actual que llama facha a cualquiera que defienda la Constitución Española, que emplea de manera despectiva la expresión régimen del 78 y que rechaza los símbolos de España. Con sus mismas palabras: “Estos jóvenes son pocos, pero son muy ruidosos, son extremadamente soberbios y presumidos y, cuando rascas un poco, debajo no tienen nada, no tienen consistencia ninguna. En realidad, buscan la disolución del sistema porque así ellos consiguen sobresalir más” (pág. 138).
Asimismo, tampoco se muerde la lengua calificando al gobierno de Pedro Sánchez como “gobierno de cuotas” o considerando que el 1 de octubre de 2017 sí hubo golpe de Estado y rebelión. “¿Esto del separatismo en Cataluña va a durar? Sí, porque durante cuarenta años en Cataluña a los niños, desde los cinco años hasta que salen de la universidad, les han estado explicando que España nos roba, que España está en contra nuestra, que nos han robado a nuestros héroes” (pág. 171).
En definitiva, una obra de fácil lectura que nos sirve para comprender una parte fundamental de nuestra historia reciente. Alfonso Guerra quizá no sea objetivo a la hora de evaluar algunos comportamientos de los gobiernos en los que participó, pero ello es compatible con afirmar que representa un viejo socialismo que reivindica la nación española y para el que no todo vale a la hora de acceder al gobierno.