Me gusta estar al día, ya me conocen; por eso de ir con los tiempos y vacilarles a otros cuarentones como yo por saber lo que significa PEC (no, no es proyecto educativo de centro) o ser un NPC. El caso es que me he apuntado a un curso de podcast y radio, y ¿qué me encuentro? más de lo mismo. Mucha figura teóricamente mainstream del periodismo que no ha pisado un aula de la facultad y que yo no conocía de nada y eso que escucho podcast y radio unas cuatro o cinco horas al día como mínimo. Un powerpoint mal hecho y con faltas de ortografía y la decepción típica del curso presencial insulso en tiempos digitales. Con estar de cuerpo para certificar vale, porque de lo otro, de chicha y de alma más bien poca. ¿Es este el periodismo que queremos o el que nos merecemos?
Al menos ese tiempo no fue perdido. Reflexiono. Puede que allí, en ese enorme auditorio, en la modorra de las cinco y media de la tarde, haya encontrado el leitmotiv para esta columna regurgitando todavía mi última lectura, Nido de piratas: La Fascinante historia del diario Pueblo, de Jesús Fernández Úbeda. En sus páginas he encontrado con el periodismo de raza y de calle, el de las gabardinas marrones empapadas y la botella de Doble Uve en el cajón de abajo del escritorio, el de la letanía de los picateclas de Olivettis y Olympias, el de los ceniceros llenos de trujas y los doscientos mil periódicos vendidos en los kioskos en horario vespertino. El diario que tenía peluquería en el propio edificio de redacción e imprenta en los sótanos. Ese es el periódico soñado, el que se parecía al Daily Planet de Superman. Siempre quise ser periodista, y es ahí, con mi ejemplar de La Nueva España en formato sábana y mi radiocasete grabador, es cuando comencé a soñalo. Les confieso: hoy envidio, mejor dicho, admiro a Juan Soto Ivars, a Quico Alsedo y a Laura de Chiclana; pero también respiro aliviado por no haber tomado del todo esa misma dirección.
En un mundo en constante evolución tecnológica, el periodismo no ha sido ajeno a los cambios. Desde las viejas máquinas de escribir hasta las pantallas digitales, los medios han experimentado una transformación radical que ha modificado no solo la forma en que consumimos noticias, sino también la esencia misma de la independencia periodística.
En la era de la vieja usanza, los periodistas eran para mi los guardianes de la verdad, comprometidos con la misión de informar de manera objetiva y sin sesgo, o al menos no parecerlo. Crecimos en la inocencia de que todo lo que decían los medios era cierto. Revisen sus manuales de estilo, blancos como sepulcros fariseos. Algunos no conseguimos saber la verdad, pero si al menos parte de las mentiras.
Sin embargo, en la actualidad, el nuevo periodismo, forjado en el crisol de las redes sociales y la inmediatez digital, ha introducido desafíos significativos. La velocidad con la que la información se propaga puede eclipsar la verificación de los hechos, y la lucha por la atención a menudo relega la profundidad de la investigación. La realidad tiene la atención pautada. Mañana ya no habrá ni rastro de ella como no le hayamos dado los suficientes clicks.
Lo que es más preocupante es la percepción creciente de que el periodismo actual parece haber caído en manos del mejor postor. Los intereses comerciales y políticos influyen en la cobertura mediática de manera más pronunciada que nunca. La línea entre la información objetiva y la propaganda se vuelve borrosa, y la independencia periodística a menudo se ve amenazada por agendas ocultas o no tanto. Todo es del color del barniz que le pongan por encima a la oscuridad.
El periodismo, que una vez fue el cuarto poder independiente, hoy parece tambalearse ante la presión de las audiencias instantáneas y las agendas partidistas. La monetización de la información ha relegado a un segundo plano la importancia de informar con precisión y profundidad. En este nuevo escenario, la carrera por la primicia muchas veces se traduce en la pérdida de la contextualización y el análisis necesario. Es la era del becario. El tiempo del vacío con gas ideológico. Todo es política, me decían en las clases de pedagogía; pero no todo debe ser partidismo.
No obstante, a pesar de los desafíos, nada está absolutamente perdido. Los periodistas comprometidos con la verdad y la independencia continúan surgiendo, valiéndose de las nuevas herramientas digitales para llegar a audiencias globales. La clave está en el esfuerzo por preservar los valores fundamentales del periodismo, independientemente de la plataforma utilizada; aunque una cosa es surgir y otra muy distinta el tener repercusión en el espacio periodístico y en el tiempo. Parece que el único que no desvanece es el mediocre que enarbola una bandera u otra. Es tan fácil como poner en el currículum que se ha estudiado Ciencias de la Información y está, ¿quién va a comprobarlo?
Como consumidor y creador de producto periodístico creo que la transición del periodismo de la vieja usanza al nuevo periodismo no implica simplemente un cambio de formato, sino una redefinición de los principios que sustentan la profesión. Es un error confundir modernidad con mejoría en algunos ámbitos. Ya lo dijo Weber, la modernidad es el resultado de un proceso racional con arreglo a fines que también ligado indefectiblemente al desencanto. No todo lo nuevo es mejor, sino quizás más adecuado a determinados fines. Darle sentido a esto es una nueva y trepidante misión para el Capitán Obvio.
Volver a poner de moda la tinta, aunque sea tinta de ceros y unos. Recuperar la independencia y la ética periodística en la era digital es esencial para preservar la integridad de la información en un mundo donde la verdad a menudo parece cuestionable. La tarea recae en los periodistas y en la sociedad misma, que debe exigir y valorar un periodismo que sirva a la verdad antes que a cualquier otro interés. Romper los esquemas, no retroalimentarse solo de lo que uno quiere que le cuenten; no aceptar la voz del amo.
Dejar de ser NPC.