¿Fotos para políticos o política exterior de intereses?
miércoles 05 de noviembre de 2008, 20:29h
Como toda hecatombe traumática, la Gran Guerra (1914-1918) produjo una cascada de literatura de memorias. Una conflagración de esas dimensiones, acompañada de una espantosa carnicería, desconocida hasta entonces en esas proporciones, produjo lo que se conoció como literatura de Krieg schuld o War guilt: un género justificativo y lleno de remordimientos, en un ejercicio, por otra parte, habitual en nuestra cultura judeo-cristiana, de expiación y búsqueda del culpable. Porque lo cierto es que los responsables del “suicidio de los bárbaros” –como lo calificara José de Ingenieros, el pensador positivista argentino- eran conscientes y estaban abrumados por el colapso europeo. Incluso antes de comenzar la sangría, lord Grey reflexionó premonitorio desde su despacho del Foreign Office la primera noche de guerra, al ver como se extinguían las luces en Europa: “no las veremos encenderse en lo que nos queda de vida”, comentó abatido.
El lado incriminatorio, más propio de policías, curas y abogados, tiene un interés episódico para la averiguación de lo que realmente sucedió. Sin embargo, ciertas justificaciones pueden ayudarnos a entender las consecuencias de determinados planteamientos en política exterior. Es relativamente frecuente encontrar en las memorias de los políticos aliados, protagonistas de la tragedia, una explicación recurrente y repetida que viene al caso, a los efectos del presente debate sobre la política exterior española. La idea se desliza en los recuerdos de Lloyd George, lo mismo que en las memorias de Edward Grey. Según ellos, el origen intelectual del conflicto había que buscarlo muy atrás, en el giro de la política exterior alemana tras la retirada de Bismarck. Y no era una cuestión de dureza, intransigencia o rigidez por parte de los nuevos inquilinos de la Wilhelmstrasse, virtudes o defectos que lo le faltaban al Canciller de Hierro. Desde el punto de vista de sus interlocutores extranjeros, el problema de la política exterior Guillermina no era su contundencia sino su inteligencia: no se entendía. Era una política exterior sin estructura de intereses ni objetivos definidos y comprensibles. No se entendía qué hacía Alemania apoyando a los bóers, al tiempo que parecía alejarse de Rusia para buscar una alianza con Inglaterra, ni porqué enviaba un crucero a Agadir, cuando su interés se suponía que estaba en tener una Francia apaciguada en lugar de revanchista. El resultado de una política exterior errática, sin intereses definidos, produjo una incomprensión que generó en desconcierto, el principio de la alarma y la antesala del miedo, cimientos todos de la triple entente militar anglo-francesa y rusa.
Apliquemos ahora la misma ecuación intelectual, desprovista de su mordiente dramático, al caso español actual. El problema de la política exterior española no está en que nos inviten o no a los Gs 8 ó 20. El problema está en plantear el asunto precisamente en clave de flash: imagen, fotografía y titulares, en esa puesta en escena de teatro, formas y representación, en lugar de contenidos. La cuestión por la que deberíamos preguntarnos -y cuestionar al gobierno de paso- es sobre si existe una formulación de la política exterior española coherente y articulada en torno a intereses comprensibles y concretos. La foto ya vendrá. Y, antes o después, se ajustará a las dimensiones e importancia del país, que es considerable. Hace cosa de siglo y cuarto, cuando algunos políticos españoles, precursores también del histrionismo político, presionaban a don Antonio Cánovas, al objeto de que emprendiera una campaña de imagen para que España fuera declarada “gran potencia”, el presidente conservador contestó aburrido: “para ser declarado gran potencia, no es preciso gestión alguna, basta con serlo”. En este sentido, es evidente que un país bi-oceánico y bi-continental, plataforma entre el hemisferio occidental y el medio oriente, que controla un Estrecho que comunica a tres continentes, habla español y tiene un PIB mayor que el de Brasil o Canadá, terminará por ser llamado al foro que corresponde a esa realidad. Basta con formular una política de intereses clara y contundente, en lugar de proyectar imágenes teatrales y volcar un torrente de retórica vacía, orientada a la parroquia interna y gobernada a golpe de sondeos.
El asunto no está en el titular televisivo de la invitación. La cuestión es que nos tomen en serio. Y, para ello, nuestros interlocutores tienen que comprender –que no es lo mismo que compartir- nuestros intereses. El problema del señor Zapatero con nuestros aliados, rivales y enemigos –que también los tenemos- es que no le entienden. Y no es una cuestión que se arregle con unas clases de inglés. Es un problema de lenguaje. El Presidente español no habla el idioma común en política internacional desde el cardenal Richelieu: la lengua de los intereses –que, sin ser incompatible, no es homologable a los gestos y visajes para inflar sondeos.
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Editor de EL IMPARCIAL
José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador
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