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TRIBUNA

El árbol viene

sábado 03 de febrero de 2024, 18:28h
Actualizado el: 02/04/2024 13:44h

Probablemente, los cultos cargo constituyen una de las grandes sorpresas que ha enfrentado la antropología: algunas tribus, especialmente en el Pacífico Sur, que fueron contactadas por Occidente y después abandonadas, comenzaron a adorar o, por lo pronto, a entretejer en sus rituales y prácticas religiosas algunas de las manufacturas occidentales, aunque sin comprender los principios que inspiran esas herramientas y elementos ni sus contextos de uso. Con una simple búsqueda en Google, pueden encontrarse imágenes de miembros de la tribu con fusiles hechos de palos o antenas de telecomunicación construidas con paja. Así, en muchos de estos lugares se asentaron tropas militares durante la II Guerra Mundial, y era habitual que se lanzaran suministros por vía aérea; precisamente la idea de «cargo» entra aquí: los rituales buscan reproducir los comportamientos de los occidentales con el objetivo de convocar nuevamente esos bienes materiales.

¿No son acaso los containers, que se detallan al principio, un cargo en toda regla, y el ritual para recuperarlos que se plantea Fluke (p. 107, por ejemplo) una versión de los mentados ritos? ¿Y qué decir de los seis cánticos, aprendidos gracias «al parlante» (una suerte de radio), que buscan atraer la radiación ionizante? Si juntas con pericia los cultos cargo y la ficción especulativa, obtienes El árbol viene de Munir Hachemi (Periférica, 2023): una novela que nos presenta a los mulai: un vestigio, una sociedad fruto de un experimento inconcluso de terraformación en una tierra inhóspita. Los humanos que allí llegaron en la primera misión decidieron desmarcarse de la cultura heredada y, poco a poco, merced a algunas ideas libertarias, nació lo mulai. Esta cultura se va abriendo al lector desde dos perspectivas: etic, gracias a los apuntes del Dr. Cordovero, que logró ser acogido en la sociedad; y emic, desde la mirada de alguno de los miembros destacables del pueblo mulai. Por los problemas lingüísticos –con esa bella escritura que inventa–, ecológicos, sociales, morales, antropológicos, raciales, etc., intuyo que sería un texto extraordinario para trabajar en los institutos.

El árbol viene bebe de diferentes imaginarios: hallamos ecos de Qué difícil es ser un dios (novela de los hermanos Strugatski, llevada al cine en 2013 por Alekséi Yúrievich Guerman), Los dioses deben estar locos (la comedia dirigida por Jamie Uys), Dune (con una clara referencia a la saliva) o Avatar (sobre todo en el agradecimiento a la naturaleza –las páginas 106 o 120, pongamos por caso–); también algo hay –o podría haber– de Gordon Childe o de ese comportamiento al que James Averill denominó «ser un cerdo salvaje» (al menos en cierto punto, y cada uno a su modo, lo observamos en los loucú y los brabat). También me parece destacable el proceso ficcional que lleva a Hachemi a construir fábulas, mitos o nanas, junto a la introducción de notas académicas falsas, a la manera de Pálido fuego de Nabokov o La casa de hojas de Danielewski. La obra se mueve de la antropología a la lingüística, de la etnografía a la ciencia ficción, con el fondo de una narrativa ecológica: «Tal vez el caso del árbol sea el más interesante. Para los mulai, el vago recuerdo de una tierra frondosa funciona como el de un paraíso perdido» (p. 127). ¿Nos está entregando Munir Hachemi un mesianismo arbóreo?

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