Durante la presentación de Como el mugido de una vaca pariendo, celebrada en la librería Tipos infames del madrileño barrio de Malasaña, la profesora y escritora Ruth Miguel Franco comentó que la primera novela del conocido actor Elías González Cano está compuesta de un modo tal que, con tan siquiera algún leve retoque, permitiría una adaptación teatral.
Y así es, en efecto. Junto a otras características como el humor de fondo, la sencillez límpida de la escritura precisa y razonablemente culta y la simpatía compasiva por los personajes que trasmina la mirada del autor, al leer el libro se respira un ambiente cerrado y opresivo que remite, mutatis mutandis, a la antaño famosa obra de Jean-Paul Sartre Huis-clos, traducida al español por A puerta cerrada.
Dos hermanas, Felisa y Petra, una fuerte y la otra analfabeta y menos fuerte, de una inocencia primitiva, conviven encerradas fabricando chorizos y otras chacinas, en un pequeño pueblo situado en algún lugar de las lindes entre León y Galicia: Morecas, nombre que, como nos aclara el narrador externo en tercera persona- más parecido al cuenta cuentos ancestral que al omnisciente- viene del río Recas, homónimo literario del toledano, y del probable origen árabe de la aldea:
“Morecas tomó su nombre actual a mediados de los años sesenta, en la conjunción nominal formada por el río Recas, que discurría paralelo a la villa, y un pasado árabe en el que cuentan que fue aquel lugar, tierras de asentamiento morisco” (leemos en la página 20 ).
No obstante, con cierta temeridad, sugeriré que Elías González Cano, lector devoto de Gonzalo Hidalgo Bayal, tal vez se inspiró a sabiendas o acaso de forma espontánea para el bautismo de su pueblo de ficción en Murania, recreación literaria de Plasencia, en la que transcurren, a veces sin mencionar el topónimo porque el lugar ya es conocido por los lectores, la mayoría de las novelas bayalianas, todas las que no se sitúan en Madrid.
Encabezan la novela de González Cano un dístico de Rosalía en gallego y una ingeniosa frase del dramaturgo Alfredo Sanzol. Poesía y teatro con alusión a la naturaleza y al reino animal, relevantes la una y el otro en el ambiente casi mítico y lejano en que nos sumerge de forma plena la narración. El libro cuenta, asimismo, con un bonito prólogo del escritor leonés Fidelino Fierro, quien, amigo cercano de la familia de Elías González Cano, nos da alguna clave interesante acerca de la génesis de Como el mugido de una vaca pariendo.
Al comienzo de la historia, que tiene un esquema clásico de cuento tradicional, las dos hermanas reciben una notificación perentoria de la autoridad competente. Algo quiebra irremediablemente la rutina tediosa e inercial en la que estaban inmersas Petra, la mayor, y Felisa, desde que ambas llegaron huyendo de la Guerra Civil a lo que antaño eran cuatro casas dispersas y luego se tornaría aldea.
Por entonces, tan solo habitaban aquellos andurriales un porquero, Urbano, un pastor, Severino, y una inquietante mujer enlutada, Matilde, que murmuraba rezongona casi todo el día y tenía fobia a las mulas por una experiencia trágica que le había acontecido, según se decía.
Ajena y renuente firme al cambio y al llamado progreso, Felisa sostiene rotunda que incumplirá la orden inexorable de las autoridades, y seguirá repitiéndolo a lo largo de toda la historia como una letanía, sin asomo alguno de reflexión y menos aún de cuestionamiento de su rígida y peligrosa decisión. Severino es el único de Morecas que se suma a su causa.
Arraigada en aquel paraje al que llegó con su hermana Petra hace una treintena de años, Felisa es una mujer primaria, desprovista de atisbo alguno de lo que pueda ser una vida en sociedad atenida a unas normas o a unos modales. Así, un día toma una bebida nueva llamada coca cola en el bar de Ricardo, el único de Morecas, y, acto seguido procede de esta guisa: “ …se ajustó la toquilla, deshizo el camino hasta la entrada, y cuando llegó a la puerta se detuvo, se dio la vuelta, miró a la concurrencia y soltó un eructo que retumbó en la comarca toda”, (p.26).
Pese a que el título de Como el mugido de una vaca pariendo haya sido desaprobado por algún crítico, una vez leído el libro se torna adecuado y lleno de sentido.
Por último, en contra de la impresión que pudiera extraerse de una lectura rápida, no estamos ante una mera novela realista o de denuncia como otras tantas que han tratado el mismo tema. La mirada poética y melancólica y los toques surrealistas de ciertos diálogos, realmente ingeniosos, aportan una dimensión literaria de mayor complejidad y atractivo.
Veamos, como muestra, un extracto de la conversación entre las dos hermanas: “—Claro. Agua corriente —repitió para sí Petra mientras imaginaba un río en el que no podía sumergirse porque corría el riesgo de padecer un calambrazo. —-Agua corriente intervino Felisa pensando en la expresión “corriente y moliente” y deduciendo que quizás había una relación entre el amperio y la muela, entre el chispazo y la prensa, entre la electricidad y el molino” (p.29).