El nombre del recién elegido presidente de la República Argentina, Javier Milei, está acaparando hoy en día todos los espacios informativos planetarios. Su programa de reformas económicas se discute entre los economistas y los políticos por ambos lados del Atlántico. En la propia Argentina, los que eligieron a Milei para gobernar el país en los próximos cuatro años, lo ven como un auténtico mago económico capaz de acometer un milagro y salvar su patria, un riquísimo país hispanoamericano, de la catastrófica situación económica, a la que le han llevado los más de siete decenios en el poder del “peronismo” y de su más nefasto derivado – el “kichnerismo”.
Para muchos el plan de reformas económicas “libertarias” de Milei les parece tan ambicioso y sorprendente, tan contrario a las tendencias económicas reinantes en la mayoría de los países desarrollados – con tendencias a cada vez más control y la intervención del Estado –, que sería imposible realizarlo por completo, ya que la resistencia de los actuales actores económicos y políticos a los cambios tan profundos hará fracasar las reformas “ultra liberales” del actual presidente argentino. Si no en su totalidad, pero sí parcialmente.
Ya estamos viendo como la cúpula oligárquica, junto con los sindicados, apoyados incluso por el poder judicial – el Tribunal Supremo, ni más ni menos, suspendió temporalmente (“cautelarmente” en la jerga jurídica) los 360 decretos presidenciales, destinados a desmantelar el sistema económico intervencionista del país, creado y cimentado a lo largo de más de 70 años – empiezan a poner los palos en la rueda de las reformas, sin dejar que la rueda iniciase a rodar.
En esta resistencia a las reformas económicas de Milei, los oligarcas, los monopolistas económicos más ricos de Argentina, se juntan con los trabajadores más pobres del país, capitaneados por sindicatos oficialistas izquierdistas. Es que tanto a unos como a otros no les interesa la pérdida del control de la economía del país por parte del Estado.
Para los oligarcas la liberalización de la economía y la recreación de la libre competencia significaría la destrucción del dominio de los monopolios en los sectores claves de la economía, la aparición de nuevos empresarios, capaces en las nuevas condiciones del mercado libre, competir con grandes oligarquías, que se han acostumbrado a controlar y “regularizar” los precios, pero siempre con la tendencia al alza. La libre competencia suele hacer todo lo contrario, bajar los precios y aumentar el poder adquisitivo de las grandes masas de la población.
A los sindicatos tampoco les interesa que la clase trabajadora dejara de depender de los subsidios estatales y se convirtiera en unos trabajadores libres, independientes, sin la tutela del sindicalismo ligado estrechamente al Estado “protector”. Esto rompería el sistema colectivista, tan promovido por las doctrinas socialistas populistas, siendo el “peronismo” una de ellas. A los trabajadores libres e independientes les es mucho más difícil de manipular que a los colectivizados por los sindicatos u otros organismos paraestatales.
Hemos conocido el plan de reformas de Milei de su propia boca, tal como él lo sintetizó en su discurso inaugural como Presidente. Ya aparecieron en los medios numerosos análisis, opiniones de los expertos y declaraciones de los políticos. No pretendo ser uno más de ellos. En este artículo quiero presentar a otros reformistas, a los que, de alguna manera, se les podría llamar “los precursores” de Milei y de su equipo.
Me refiero al Presidente de la Rusia postsoviética, Boris Yeltsin, y su comando reformista, encabezado por el joven economista liberal ruso, Yegor Gaidar. Ellos, en los años 90 del siglo pasado, llevaron a cabo en la Rusia socialista con la economía estatalizada y planificada, unas reformas “libertarias” muy parecidas a las que hoy en día pretende acometer el presidente Milei en Argentina. Además, lo hicieron con el mismo afán de la máxima liberalización de la economía y del sistema político dictatorial en Rusia, después de los más de 74 años del socialismo, que había arruinado al Imperio más rico y más grande del planeta, como fue en su época el Gran Imperio Ruso de los Zares.
La tarea que en 1992 había empezado Yeltsin y Gaydar fue muchísimo más difícil y complicada que la que pretende ahora afrontar Milei y sus seguidores. En Rusia todos los medios de producción y de comercialización pertenecían al Estado. No existía la propiedad privada, solamente estatal y colectiva (paraestatal). No existía ninguna actividad económica, social o cultural sin el estricto permiso y control por parte del gobierno central.
Para desmantelar este “monstruo socialista” hubo que traspasar toda esta propiedad estatal a las manos privadas, o sea, desnacionalizar (privatizar) todo, absolutamente todo, que hasta entonces se encontraba bajo el mando del Estado. Esto significaba pasar de una economía “socialista” a la “capitalista”. Y había que hacerlo en un país donde a lo largo de 74 años no hubo ni un solo capitalista, o mejor dicho, ni un solo “empresario” que no fuese un funcionario estatal.
Menuda tarea fue la de privatizar más de 240 mil empresas industriales, algunas unos verdaderos cíclopes en sus ramas de producción, las más grandes del mundo: siderúrgicas, petrolíferas, gasísticas, energéticas. Además, había que privatizarlas para que no sólo no dejasen de funcionar, sino que empezaran a funcionar mucho mejor, produciendo los beneficios y no las pérdidas, como lo ocurría durante el socialismo soviético. Y sin hablar ya de la privatización de miles y miles de establecimientos del sector comercial: tiendas, restaurantes, cafeterías, peluquerías etc. ¿De dónde sacar tantos empresarios capitalistas en un país cien por cien socialista?
Para acometer esta titánica tarea de convertir el socialismo en capitalismo se necesitaba un enorme esfuerzo de parte del gobierno reformista y de aquellos que estaban apoyando las reformas capitalistas. Y hay que decirlo, no todos los ex “directores rojos”, que eran una mayoría absoluta en aquel momento y los “dueños” y señores de las empresas soviéticas, estaban a favor de los cambios, que iban rompiendo su poderío administrativo y político en el país.
También una importante parte de la sociedad tenía miedo a las reformas, acostumbrada a vivir bajo la protección del Estado a un nivel, aunque mísero, pero garantizado. Les atemorizaba convertirse en unos trabajadores independientes, emprender sus propios negocios para poder vivir mejor. Todos ellos, a lo largo de siete decenios, fueron educados por la propaganda comunista en el rechazo y el odio visceral al sistema capitalista y a sus “falsos valores democráticos”. Por tanto, difícilmente podían asumir, de un día para otro, la vuelta a un sistema “perverso” y desconocido. Necesitaban tiempo para entender y para adaptarse a las nuevas condiciones y las reglas de la vida, jamás vistas hasta entonces.
Todo esto dificultaba enormemente la puesta en la práctica de las reformas liberales. La situación se agravaba aún más, debido a que en el parlamento ruso (la “Duma”) todavía predominaba una mayoría de comunistas y procomunistas, que obligaba al presidente Yeltsin y sus seguidores a librar unas duras batallas para poder ir sacando adelante las leyes reformistas.
Incluso, Yeltsin y su equipo, tuvieron que redactar una nueva Constitución – hasta entonces todavía estaba vigente la Constitución soviética – y aprobarla en un referéndum popular. La nueva Carta Magna reconocía de hecho los cambios “capitalistas” producidos en el país y ofrecía a los reformistas unos márgenes de maniobra más amplios para ir superando la resistencia de los partidos procomunistas, que seguían manteniendo una mayoría en la Duma.
La resistencia del muy amplio sector Inmovilista fue tan duro que sus representantes en la Duma intentaron derrumbar a Boris Yeltsin del poder por el procedimiento del “impeachment”, a lo que el Presidente contestó con la disolución del parlamento y la proclamación de unas nuevas elecciones.
Con todos estos obstáculos y dificultades, carencias y errores (que también hubo y no pocos), Yeltsin y sus seguidores consiguieron en solo 8 años crear en Rusia las bases de una economía de libre mercado, quitar el “telón de acero”, abriendo el país a las inversiones extranjeras y al mundo libre. En este corto periodo de tiempo, más del 80% del sector productivo ruso pasó de las manos del Estado a las privadas (se han “creado” unos 40 millones de propietarios, casi un tercio de toda la población). Sólo las empresas “estratégicas” no fueron privatizadas, ya que los votos nostálgicos de los ex comunistas y sus simpatizantes en la Duma lo impidieron.
Gracias a estas reformas liberales, Rusia redujo la inflación de tres dígitos – al comienzo de las reformas – a sólo uno; la economía había empezado a crecer – a partir del año 2000 – un 6% anual, el máximo crecimiento en toda Europa en aquel momento; se acabó para siempre con la crónica escasez de los alimentos y productos del consumo popular, que perduraba durante todo el periodo “soviético” y que fue una de las causas principales de la caída del régimen socialista en la URSS.
Si no fuera por la traición de Putin al legado reformista de su antecesor y protector, Boris Yelstin, Rusia hoy en día hubiera sido uno de los países más prósperos, libres y democráticos del mundo.
(Para los que se puedan interesar por las peripecias de las reformas “capitalistas” de Boris Yeltsin, he escrito un libro – bajo el título “La Rusia de Yeltsin: del socialismo al capitalismo” –, con todos los detalles y las explicaciones que vienen al caso; espero que la obra salga a la luz este año, publicada por una de las editoriales que ya había editado alguno de mis libros).
Creo que la tarea del presidente Milei de llevar a cabo las reformas “libertarias” en Argentina no va a ser tan dura y complicada, como la fue del presidente Yeltsin en Rusia, debido a que Yeltsin tuvo que empezar sus reformas desde “cero”, desde una economía cien por cien socialista, mientras en Argentina la economía “capitalista” está funcionando desde decenios, con su propiedad privada y un amplio tejido empresarial.
Estoy seguro que se va a producir la resistencia a las reformas por parte de varios sectores económicos y políticos, como he apuntado antes. Ya estamos viendo por la tele las protestas, que están organizando los sindicados, y las presiones que está realizando el poder judicial. El éxito de las reformas dependerá en gran medida de la firmeza y la habilidad del propio Milei y del fiel apoyo de sus seguidores. La experiencia reformista del presidente ruso, Boris Yeltsin, pueden servir de ejemplo para el presidente argentino, Javier Milei.
Por tanto, soy optimista. Si el presidente ruso consiguió acometer las reformas liberales en condiciones mucho más complicadas y adversas, que las que tiene ante sí el presidente argentino, el éxito de las reformas “libertarias” de Milei tienen todas para prosperar.
¡Viva la Libertad, carajo - (“chiort poberi” en ruso)!