www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Tedium vitae

viernes 09 de febrero de 2024, 19:45h

He dado un pequeño paseo con mi hijo, un adolescente espigado e inquieto que ha aprovechado el momento para confesarme que se aburre. La noticia me ha preocupado en extremo, me pregunto cómo pude no ver el riesgo en que se encuentra: ¿qué suerte de ceguera me ha impedido vislumbrar el peligro que le acosa?

No soy ingenuo, sé que esa amenaza cae hoy sobre incontables multitudes y, especialmente, entre los jóvenes. Supongo que nadie está preparado para verla en uno mismo, mucho menos para contemplarla en los seres queridos, especialmente en nuestros hijos. Un joven que se aburre es una visión desoladora y atroz.

Mi perplejidad se debe al hecho de que conozco su fina sensibilidad, su gusto por la realidad tal como es, por los fenómenos sin pliegues, ni envolturas. ¿Cómo es posible que se aburra el que sabe ver el mundo como lo ve él? ¿qué puede velar su mirada directa? Me alarma que pueda estar siendo tomado por la impudicia o el vicio. Le he defendido – contando con mis escasas fuerzas – del aliento insalubre de las pantallas, he tratado de mostrarle la belleza extraordinaria de la vida ordinaria, el prodigio pasmoso de lo cotidiano.

La gravedad de su confesión me ha trastornado, pero he tenido el consuelo de su inteligencia. Tras su confesión de aburrimiento ha esbozado un plan, buscando – acaso – mi asentimiento. Me ha dicho que tenía que caminar y que quería ponerse a leer. He creído escuchar una llamada de auxilio o una demanda de orientación. Me vence, otra vez, la enorme responsabilidad o, más precisamente, la culpa.

Creo que he descuidado en exceso su formación espiritual, he confiado demasiado en un ejemplo que es, además, poco ejemplar, le he encomendado a manos más fuertes que las mías considerando que sería protegido porque, sin duda, vale más que los lirios del campo. De hecho, he incurrido en dejación y abandono, he sido negligente.

De inmediato le he hablado de la doctrina del diente de león, por supuesto, y le he recordado a ese quinto evangelista, al que tanto le gusta interpretar. Sé que no es suficiente, que es tan sólo un umbral o una puerta de entrada. Tendremos que hablar despacio y a menudo, pero sé que tiene algunas armas de las que espero una defensa eficaz. Sé, sin embargo, que no valen de nada si no está en la verdad, si no cuenta con el único escudo real. Es ahí donde me hundo en el desaliento, encuentro un hueco en el lugar del corazón y un silencio absoluto donde quisiera escuchar la voz.

No encuentro otro recurso que repetir el único gesto que siempre me ofrece un fundamento. He unido las manos y he doblado mi cuerpo. Ante la tiniebla que oscurece el mundo, sólo hay una razón que siempre vence. La razón del que se humilla, del que trata de salir adentrándose, hasta alcanzar a ver – en el silencio – la otra orilla. Espero encontrar la vía que nos lleve lejos del hastío al sitio donde siempre habita la alegría.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (16)    No(0)

+
0 comentarios