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TRIBUNA

El día de la radio y la nueva era de la cultura mediática

Antonio Robles Ortega
lunes 12 de febrero de 2024, 20:24h

Más allá de la disputa por la patente de la radio entre Tesla y Marconi, una invención en la que sin duda intervinieron muchos agentes y, como todo gran invento, es más bien efecto de un sujeto colectivo, asociamos el nombre de Marconi con la primera vez que se estableció una comunicación sin cables entre dos puntos alejados en el espacio allá por 1987. Mucho más tarde, el 13 de febrero de 1946, se creó la Radio de las Naciones Unidas y con ese mismo motivo quedó establecido desde entonces el día mundial de la radio. La primera canción emitida por la radio sonó en la Nochebuena de 1906 desde Massachussets, cuando uno de los impulsores de esta estación, Reginald Aubrey Fessenden, interpretó acompañado de su violín “Oh holy night”, un hermoso villancico cuya letra data de 1843, un poema escrito en francés originalmente al que más tarde le pone música en 1847 el compositor Adolph Adam, marcando así la vocación lírica y estética de este mágico medio de comunicación que, más de un siglo más tarde, no siempre ha sido fiel a sus orígenes.

Casi coincidiendo en el tiempo con la aparición de primera Compañía de Radio creada por Marconi, cuando ya hacía décadas que existía el telégrafo y más de diez años desde la invención del teléfono por cable, el día 28 de diciembre de 1895 los hermanos Lumière celebraron, en el Salón Indien del Gran Café situado en el número 14 del boulevard des Capucines de París, la primera proyección pública de imágenes en movimiento. Con ella puede considerarse que definitivamente nació el nuevo espectáculo de masas, el nuevo arte. Más tarde vendría la televisión y después Internet. De este modo, el siglo XX fue en gran medida, y el XXI lo va siendo más a medida que avanza, el siglo de la comunicación audiovisual. Como he desarrollado en mi ensayo “La Tercera Cultura” del que tomo aquí algunas ideas, se impone desencadenar todo un proceso de reflexión crítica sobre el significado de las transformaciones culturales que se han producido desde entonces, el modo en que las grandes quiebras del curso de la historia han sido reflejadas y también reelaboradas por los documentos cinematográficos y por el resto de los medios audiovisuales, así como la forma, en fin, mediante la cual la propia historia del cine, la radio, la televisión y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han repensado la propia historia y han prefigurado su incierto porvenir.

La nueva cultura mediática debería conservar las virtudes de las viejas culturas, humanística y tecno-científica, entre las que se abre paso y sobre las que se funda, y evitar al mismo tiempo sus defectos. No sería despreciable, por citar una de sus variables constitutivas, asumir el legado de la cultura científica de la modernidad cuando pone su acento en la exigencia del pluralismo. En efecto, el progreso del conocimiento se basa en el juego competitivo y, al mismo tiempo amistoso, de teorías enfrentadas, en expresión de Karl Popper, abiertas a la intercomunicación pluralista y fecunda. Frente a la conveniencia de la diversificación y el pluralismo, la cultura mediática, ya sea en la producción cinematográfica, en la emisión televisiva y radiofónica, ya sea en la que discurre sobre las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, tiende con demasiada frecuencia lamentablemente a la estandarización, al anonimato del emisor o autor de los mensajes así como a la homogeneidad de los contenidos, por la servidumbre debida a las leyes del mercado, que la terminan convirtiendo en mera industria cultural.

Este riesgo de control, anonimato y homogeneización, llega a sus más altas cotas en los sistemas totalitarios, hasta el punto de que en ellos se elimina la información y se la reemplaza por la propaganda de los intereses de los centros de poder. El antídoto es nuevamente la pluralidad de las fuentes, de cuyo contraste y enfrentamiento surge la quiebra de la manipulación mediática, al igual que ocurre con el progreso de la ciencia, basado en el juego competitivo y amistoso de teorías científicas rivales. En todo caso, cualquier intento de manipulación de la cultura mediática, utilizando las posibilidades que abre su servidumbre tecno-científica e industrial, su dependencia de las fuentes de financiación, tiene no obstante que enfrentarse a la originalidad del sujeto y a su capacidad de rebeldía frente a la estandarización e incluso frente a la imposición autoritaria de quien ejerce el control de la emisión de los mensajes. Un sujeto creador e indomable que puede reaparecer, con toda su vida y su libertad, como algo nuevo e inesperado, en cada emisión radiofónica, como cuando el conocido locutor Alsina espeta a Pedro Sánchez en una entrevista de radio que “¿Por qué nos ha mentido tanto, presidente?”. También emerge el sujeto rebelde, el periodista heroico en cada programa televisado o su interrupción, recordemos aquel lejano 23-F de 1981 en el Congreso de los Diputados, dando lugar, contra todo pronóstico, a una disrupción de la acción o de la secuencia esperada que era la desconexión total de la emisión, y que, muchos años más tarde, podemos seguir viendo y escuchando.

Definitivamente, la cultura mediática, inaugurada como espectáculo de masas hace más de cien años con la aparición de la radio y del cine, para evocar aquí las palabras de Edgar Morin en El Método, nos posibilita y empuja, al mismo tiempo, a “...comenzar a reflexionar un poco de otro modo como empiezo a reflexionar yo mismo, para comprender mejor la dialéctica sometimiento-emancipación, antes de soportarla con resignación, ignorarla con arrogancia, negarla con simpleza o, una vez más, creer servir a la emancipación sirviendo a lo que esclaviza”. Efectivamente, la ambivalencia del universo cultural audiovisual tantas veces destacada, no es extraña a la propia historia de la cultura del siglo que la ha visto crecer y desarrollarse. Como testigo imaginario de la historia reciente, lo audiovisual ha visto desfilar ante sí las teorías de la decadencia en las primeras décadas del siglo XX, los horrores de las guerras mundiales, la opresión de los estados totalitarios, la reconstrucción de Europa, las teorías de la postmodernidad y del caos, desde Ortega y Gasset a Herbert Marcuse, pasando por Spengler, Aldous Huxley, Galbraith y Riesman. La cultura audiovisual ha sido testigo de los viajes espaciales y de la expansión de la pobreza en el planeta, de los grandes acontecimientos deportivos o culturales como foros de encuentro lúdicamente competitivo y entendimiento amistoso, de los grandes compromisos de la humanidad por dejar un legado mejor a las generaciones futuras pero también han registrado las grandes guerras de destrucción masiva en el siglo XX y, más recientemente, los terribles genocidios por conflictos étnicos en África y las constantes guerras locales o regionales, la guerra de Ucrania, la emergencia y capacidad destructiva del terrorismo en Gaza y la respuesta de Israel, en fin, las grandezas y miserias del ser humano.

Desde hace ya más de un siglo, la invención técnica capaz de producir imágenes en movimiento, la comunicación a gran escala de la palabra y el sonido por la radio y el teléfono, la unión de la imagen y el sonido en el cinematógrafo y más tarde en la televisión, la posibilidad de amplificar y acelerar sus virtualidades comunicativas mediante la invención e instalación de satélites aeroespaciales, la digitalización e informatización de las tecnologías del soporte de la comunicación audiovisual, la creación de una red planetaria de comunicación informática capaz de transmitir o de permitir que se reciba de manera prácticamente instantánea la información audiovisual producida en cualquier punto del planeta, no son realidades ajenas a las nuevas tendencias geopolíticas. El caso es que, tras la guerra fría y la pax americana que, más o menos soterradamente, ha prevalecido en los últimos decenios como nuevo orden mundial, la competencia económica que difícilmente podrán resistir los americanos por mucho tiempo frente a otros países en auge, nos había hecho imaginar, tal vez ingenuamente, un futuro cercano en el que las Naciones Unidas se transformarían en verdadero Gobierno Mundial, tras una etapa transitoria de equilibrios inestables en un mundo multipolar en el que las naciones se aglutinarán en torno a grandes potencias como China, Japón, Estados Unidos, Rusia, Europa, el Islam e Iberoamérica.

La cultura no es ajena a la prospectiva de este escenario posible. Impresionado por el rápido desarrollo de la televisión en los años sesenta, Marshall Mcluhan llegó a profetizar, desde la humilde solemnidad de su tarima de profesor en la universidad de Toronto, la creación de una especie de aldea global. Gracias a la televisión, los sucesos acaecidos a decenas de miles de kilómetros de distancia nos resultarían más y mejor conocidos que los hechos rutinarios de nuestro entorno inmediato. La importancia que iría alcanzando progresivamente este medio provocaría efectos inevitables en el resto de las dimensiones de la cultura, desde las relaciones familiares a las normas morales, pasando por la uniformización de las tendencias estéticas y las motivaciones para el consumo. Erigida la televisión como nuevo centro de referencia del universo cultural, tomaría posesión ante todo del puesto de presidencia en el domicilio familiar, de modo que todas las miradas pudieran dirigirse sin obstáculo alguno hacia ese nuevo totem al que rendiríamos atención y admiración por encima de todo, obediencia incluso, al mismo tiempo que se convertía cada vez más en criterio único y absoluto de verdad científica, en norma suprema de orientación moral para nuestras vidas, en fuente de argumentación incontestable sobre nuestras preferencias para el consumo e incluso para nuestras decisiones políticas.

Por la época, se dice que el mismo John F. Kennedy llegó a la presidencia de los Estados Unidos de América gracias a su fuerte capacidad telegénica. Empresarios y políticos se lanzaron inmediatamente a la conquista del poderosísimo medio, esta nueva palanca de Arquímedes o punto de apoyo capaz de poner el mundo entero a sus pies. El monopolio de la capacidad comunicativa que esperaba alcanzar rápidamente la televisión iba a provocar paralelamente, según la profecía del profesor de Toronto, la inmediata desaparición de sus competidores en el campo de la comunicación masiva como eran hasta entonces la radio y la prensa escrita. Décadas más tarde hemos podido comprobar que la profecía de Mcluhan era desmesurada. Ni sus competidores han desaparecido, ni la hegemonía cultural ocupada por la televisión en los primeros momentos de su expansión se ha podido mantener en el tiempo. Dicha hegemonía absoluta no pudo alcanzarla, en parte, por el propio descrédito e incluso desconfianza que más tarde ha suscitado por los abusos cometidos. En parte tal vez también porque aparecieron nuevos inventos de comunicación masiva que han relativizado su importancia. Internet y las nuevas autopistas de la información han desplazado del puesto hegemónico en el planeta de la comunicación a la televisión, al tiempo que nuevos mestizajes están proliferando frente a la vieja tendencia a la mutua destrucción de los adversarios. Grupos empresariales de comunicación emiten en la actualidad de forma combinada o complementaria utilizando las diferentes tecnologías, en ediciones digitales, radiofónicas, impresas o televisadas. Ciertamente, en medio de esta vorágine de progreso tecnológico en el mundo de la comunicación nadie sabe a dónde vamos. Como aconseja un viejo proverbio para estos casos, cuando ignoramos hacia dónde vamos, nos sería de mucha utilidad recordar de dónde venimos. Que la delicadeza humana y emoción espiritual de aquella primera producción musical emitida por una emisora en Massachusetts, hace ya más de un siglo, nos permita reconciliarnos con la infancia de este viejo, pero cada vez más fuerte y poderoso, medio de comunicación en el día de la radio.

Antonio Robles Ortega

Exconsejero de Educación en la Embajada de España en Marruecos

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