El miércoles pasado el primer ministro armenio, Nikol Pashinyan, publicó que dispone de información acerca de los preparativos azerbaiyanos para una guerra contra Armenia. Pocos días antes cuatro soldados armenios habían muerto en una escaramuza con tropas azerbaiyanas. Desde que Bakú se hizo con el control del territorio de Nagorno-Karabaj, las operaciones de guerra de baja intensidad de Azerbaiyán contra su vecino se han intensificado. El éxodo forzado de los armenios de Artsaj ante el avance azerbaiyano no merece otro calificativo que el de limpieza étnica. 120 000 armenios fueron expulsados de Nagorno-Karabaj en unas pocas semanas ante los ojos del mundo. No sorprende, pues, que el régimen de Aliyev se esté preparando para una nueva ofensiva.
En primer lugar, Bakú nunca ha ocultado que aspira a conectar el territorio de Azerbaiyán con el exclave azerbaiyano de Nakichevan a través de la provincia armenia de Syunik. Esto significaría no sólo una guerra de agresión contra Armenia y la ocupación de parte de su territorio, sino el cambio en el control de la frontera con la República Islámica de Irán. Las relaciones entre Armenia e Irán son amistosas. Ya en tiempos de los persas sasánidas y safavíes los armenios prosperaron en el imperio persa y, a diferencia del genocidio sufrido a manos de los otomanos, sus comunidades han perdurado hasta nuestros días. La frontera armenia-iraní es una garantía para ambos Estados de que no quedarán encerrados entre dos Estados túrquicos: la República de Turquía y Azerbaiyán. Estos 35 kilómetros de frontera pueden convertirse en la chispa que haga saltar el polvorín de una nueva guerra regional. A lo largo del año pasado, Teherán advirtió varias veces de las consecuencias que tendría una modificación en el status quo de la frontera.
Sin embargo, la retórica belicista del régimen de Aliyev se ha ido inflamando en los últimos meses. Después de la operación de guerra híbrida contra los armenios de Nagorno-Karabaj, ha resultado evidente que ni la Federación de Rusia, ni los Estados Unidos ni la Unión Europea van a actuar para detener la deriva militarista de Bakú. So pretexto de reivindicar un “Azerbaiyán Occidental” sin base histórica, Aliyev reclama no sólo la provincia de Syunik sino también la capital de Armenia y los territorios alrededor del lago Sevan. En términos prácticos, pretende anexionarse casi toda Armenia, que a su vez sólo cuenta con dos apoyos limitados: la República Islámica de Irán y la India, con quien ha incrementado sus relaciones políticas, diplomáticas y de defensa. En los últimos años, Armenia ha adquirido de la India radares, lanzacohetes, armas antitanque y otro material de defensa. Azerbaiyán, por su parte, cuenta con la tecnología de defensa israelí, que ya empleó en la Segunda Guerra de Nagorno-Karabaj (2020) así como con el apoyo de la República de Turquía. El desequilibrio de fuerzas resulta claro.
Con una opinión pública mundial ocupada con el desarrollo de la guerra de Ucrania y la operación militar contra Hamás en la Franja de Gaza, Bakú tiene una oportunidad para lanzar otra guerra de agresión como la emprendida en 2020 o como la operación híbrida de 2022, que condujo a la caída de Artsaj y la limpieza étnica del territorio en 2023. La información de inteligencia que ha llegado al gobierno de Ereván sólo confirma, pues, los peores pronósticos para los armenios. En todo el mundo, la diáspora armenia se está movilizando. En los Estados Unidos, se prodigan los esfuerzos públicos y privados para que Washington reaccione, pero hasta ahora Azerbaiyán y sus aliados han logrado conjurarlos. Con las elecciones presidenciales en el mes de noviembre, es muy dudoso que el presidente Biden vaya a embarcarse en una operación militar.
Cabe, pues, preguntarse si el temor a una posible reacción iraní bastará para disuadir a Azerbaiyán de atacar a Armenia. A los armenios, la agresión no los tomará desprevenidos. El resto del mundo no podrá ampararse en que no sabían la tragedia que se cernía sobre la región.