El régimen de Putin ha cometido un nuevo crimen: el asesinato del líder de la oposición rusa Alexéi Navalny. Varios días seguidos es una noticia número uno en casi todos los medios escritos y audiovisuales.
La condena de la mayoría de los líderes de los países democráticos es unánime. Pero con matices. Muy pocos, entre ellos el Presidente norteamericano Joe Biden y el de Ucrania, Volodimir Zelenskiy, acusan directamente al presidente ruso, Vladimir Putin. Los demás prefieren no “implicarlo” directamente, empleando unos eufemismos tipo “autoridades rusas”, “Rusia”, “El Kremlin”, como si tuvieran miedo de pronunciar el nombre propio del líder de Rusia, un país, donde muy pocas cosas ocurren o se cometen sin el consentimiento u orden directo de su presidente Putin.
¿Por qué está “cortesóa” política de parte de algunos líderes democráticos de no llamar las cosas por su nombre y apellido? ¿Será por razones de una alta política, de una prudencia diplomacia o de una simple hipocresía?
El jefe de la OTAN, Jens Stoltenberg, lamentando la muerte en la prisión de Alexéi Navalny, dijo: “Rusia tiene algunas preguntas muy serias que responder”. No dice el presidente Putin, sino Rusia. Surgen las preguntas: ¿Toda la población? ¿También los millones de sus habitantes que no tenían nada que ver con el acoso y la persecución hasta la muerte del disidente Navalny? ¿Y también los que ahora mismo están jugando su pellejo, atreviéndose a depositar las flores, en la memoria del asesinado líder de la oposición, en los lugares improvisados para tal fin, porque todavía ni se sabe si las autoridades permitirán o no un entierro “publico” de Alexéi Navalny y si habrá el lugar a donde llevar las flores y honrar su memoria, libremente y sin restricciones?
¿A qué preguntas exactamente necesita el Sr. Stoltenberg la contestación? ¿Quién personalmente mató al preso Navalny, apretando el gatillo, o poniéndole el veneno en la comida o la bebida (como ya lo hicieron una vez, pero no funcionó y el envenenada sobrevivió) o torturándolo hasta la muerte en una celda de castigo en una “colonia” (el campo de concentración) más nórdica del mundo, en el círculo polar, con un nombre muy revelador: “el lobo polar”?
¿Quizás piense el jefe de la OTAN que alguien en aquella colonia polar se atrevería, por su cuenta y sin permiso de los superiores – quienes reciben las órdenes directas de sus propios superiores desde el “Centro”, del kilómetro “cero” de la Plaza Roja de Moscú – hacer algo con el preso más famoso del mundo y el enemigo personal del “lobo kremlineano”?
¿No puede el jefe de la alianza militar más poderosa del mundo, sin tener estas supuestas respuestas, condenar, en el nombre suyo y de su tan importante institución, al culpable directo de este nuevo crimen, cometido por el presidente ruso, el único y el máximo responsable de la persecución de los opositores a su régimen? Y no solo condenar verbalmente el crimen, sino emprender algún castigo real, algo que de verdad pudiera hacer sentir mal al culpable.
Hay que recordar que no es el primer asesinato que Putin comete de sus adversarios. Hace siete años lo hizo con el entonces líder de la oposición, Boris Nemtsov. También entonces todos los políticos de las democracias occidentales condenaron verbalmente aquel asesinato, cometido al lado del mismo Kremlin, la residencia del presidente de la Federación Rusa. Y la cosa no fue más allá de las declaraciones. A Putin seguían recibiendo con honores en todos los foros internacionales y en los centros políticos mundiales. Ni una sanción seria, ni una represalia importante, ni un castigo de verdad. Temo mucho que esta vez puede ocurrir lo mismo. Vamos a oír numerosas condenas verbales y los lamentos institucionales. Pero acabará siendo otro crimen sin castigo.
El presidente norteamericano, Joe Biden, dijo que Estados Unidos están estudiando “varias opciones” para castigar a Rusia. Hace tres años, cuando Navalny fue detenido y condenado a pasar varios años en el actual GULAG ruso, el presidente norteamericano dijo que si a Navalny le pasara algo grave, Putin tendría unas consecuencias desastrosas. Pues ha pasado algo tan grave como la muerte. A ver si Biden cumpla su promesa.
Navalny no fue sólo un destacado opositor al régimen de Putin, también jugaba el papel de un audaz azote personal del Presidente. Estaba descubriendo y publicando datos acerca de sus hechos corruptos y los métodos dictatoriales en la persecución de los opositores al régimen.
Mucho ruido han tenido en Rusia los vídeos documentales, que Navalny y su equipo preparaban sobre las propiedades que Putin y su entorno estaban acumulando a costa de las inmensas sumas de dinero que ellos robaban, utilizando diferentes esquemas, de las arcas del Estado.
Uno de estos vídeos, sobre un palacio de Putin en la costa del Mar Negro, valorado en “mil millones de euros”, habían visto más de 150 millones de los espectadores del internet y casi la cuarta parte de la población rusa, que tenía acceso a los medios electrónicos. Después de aparición de este vídeo el rating de Putin había bajado unos 4-6 puntos. Eso explica el odio visceral que el presidente ruso tenía a su contrincante político.
La última gota que colmó el vaso de la paciencia del dictador podría haber sido el llamamiento de Navalny a todos que no apoyan a Putin acercarse a los puntos de votación en todo el territorio del país, a la misma hora, las 12.00 horas, el día 17 de marzo (el día de la votación), formando largas colas y con ello visualizar que hay mucha gente en el país que no quiere aguantar seis años más al actual inquilino del Kremlin. Pues esta audaz jugada preelectoral de Navalny, bajo el eslogan “Al medio día contra Putin", pudo provocar la decisión de Putin de acabar con el molesto e inquebrantable adversario justo en víspera de las elecciones presidenciales que deben celebrarse a mediados del próximo mes de marzo.
Para la oposición rusa la pérdida de un líder tan emblemático, valiente y tremendamente integro, como fue Alexéi Navalny, representa un fuerte golpe y, sin duda alguna, favorece mucho a la persistencia de la dictadura putinesca en la Rusia actual. Es un golpe especialmente sensible para la parte silenciosa de la oposición – mejor dicho silenciada y amordazada – dentro de la propia Rusia, donde no se ha quedado ningún líder opositor que no fuera condenado y encarcelado. Precisamente, la voz de Navalny, aunque llegara desde el lejano círculo polar, fue la única voz que sonaba dentro de Rusia y demostraba que la oposición, aunque torturada, amenazada, ninguneadla por el régimen, no estaba rendida, seguía viva, seguía luchando. Y ahora, con la muerte de Navalny, sí que ha quedado muerta.
La otra parte de la oposición, dispersada en su exilio por diferentes países occidentales, es muy desunida, tiene demasiadas voces y recetas de cómo acabar con el régimen de Putin. No presenta para el Kremlin ningún peligro real, mientras esté luchando desde fuera, porque es estéril y para los rusos que viven y sufren dentro del país, no les hace ninguna gracia esta oposición “extranjera”, que libra sus batallas mediáticas, reuniéndose, de vez en cuando, en los lujosos hoteles o salas de conferencias para discutir más sus diferencias que lo que les puede unir en una lucha colectiva y coordinada contra el enemigo común.
Quizás por ello, Navalny, que se encontraba en una clínica Alemania, recuperándose de las nefastas consecuencias para su salud – producidas por el “novichok”, uno de los venenos más mortíferos de los arsenales rusos de las armas químicas, empleado por los sicarios putinistas – había decidido volver a Rusia y no quedarse fuera de su país, sabiendo perfectamente que en Rusia le esperaba la persecución, la cárcel y posiblemente la muerte.
Muchos consideran que esta decisión del líder de la oposición “interior” rusa fue un gran error, que a efectos prácticos no ha servido para debilitar el régimen, pero sí que debilitó mucho el movimiento opositor, quedándose éste sin su líder más valiente y consecuente.
No soy quién para juzgar una postura tan heroica de una persona que decide sacrificar su vida personal por el bien común, por una causa digna, sin ahorrar fuerzas, entregando la propia vida si llega el momento. Este heroísmo individual, hay que decirlo, también es muy “ruso”. En la larga y dramática Historia milenaria rusa hubo no pocos ejemplos cuando sus protagonistas solitarios sacrificaban sus vidas al altar de la liberación de su pueblo de las tiranías, el despotismo y la opresión.
El nombre de Alexéi Navalny, sin duda alguna, ha entrado en esta “heroica” lista. Estoy seguro de que en la futura Rusia – que un día recupere de nuevo su libertad, su dignidad y el respeto de todo el mundo – con el nombre de Alexéi Navalny llamarán las calles, las plazas, los barcos, las lápidas y los monumentos.
Descansa en Paz, un buen hombre y un buen hijo de su tan sufrida Patria.
Y toda la gente del bien, tanto en Rusia como fuera de sus fronteras, espera que este nuevo crimen no se quede otra vez impune, sin castigo para los que lo han cometido. Porque un crimen, que no ha recibido su merecido castigo, se convierte en otro crimen – contra la dignidad humana, contra la justicia social, contra la convivencia pacífica en una sociedad sana, libre y justa.
“A cada crimen su castigo” – como escribió en una de sus más famosas obras el genial escritor ruso Fiódor Dostoyevskiy.