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TRIBUNA

Lady Macbeth

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 23 de febrero de 2024, 19:00h

William Oldroyd demostró en su magnífica película de “Lady Macbeth” que se puede versionar el personaje shakesperiano fuera del argumento de la tragedia nórdica. Y el bellezón de Florence Pugh lo encarna en su carne planturosa y olímpica con una actuación que no ha sido debidamente ponderada por la crítica. No ha habido ningún crítico literario que no haya sido subyugado por este enigmático personaje shakesperiano, por la fuerza de su ambición, de su pasión, por su patética alucinación y caída final, como sostenedora de su marido. En realidad, en toda lady Macbeth el marido es siempre un pobre apéndice e instrumento de ella misma, la pasión por el poder desde un frío cálculo exento de todo escrúpulo moral. En realidad, el mito inmoribundo, presente omnitemporal de aspecto reiterativo (Wakkernagel), de Macbeth es Lady Macbeth. La eterna conspiración para conquistar el poder absoluto. Porque Lady Macbeth es la gran patrona de los conspiradores. No es ninguna casualidad que “Macbeth” se represente el mismo año en que se descubrió “La conspiración de la pólvora” (1605), que el pueblo inglés sigue festejando todos los años para el anglicista disgusto de los españoles. Su carácter tiene cierto parentesco de origen con la Reina Margarita de Enrique VI. La Lady Macbeth española va ascendiendo a las acroteras del poder tras apuñalar por la espalda a los reyes del reino popular. Tras jurar fidelidad eterna en el congreso de Valencia, delante de todos los afiliados – que en su día Rajoy pugnó por convertirlos en militantes -, al Rey popular en su máximo vigor, a los pocos meses lo apuñaló por la espalda, consiguiendo así el título de señora de Cawdor. Una señora, eso sí, con un timbre frentista un poco verdulero, que la aleja un tanto de la solemnidad trágica de la heroína nórdica. Luego juró fidelidad en el Congreso de Sevilla – que más que un congreso fue una ovatio imperial – al siguiente rey de los populares, y ahora ya está Sostres afilando la hoja del puñal aleve. La urdimbre de la nueva traición se está cosiendo. La primera traición la llevará a la segunda. Natura non facit saltus. En la época de la comunicación de todos con todos permanentemente, nuestra Lady Macbeth se dedica a sobornar, tal como ha demostrado mi amigo Hughes, a todos los medios con tanto narcótico pecuniario que ebrios de conspiración contra el rey gallego, nuevo rey suebo Requiario, ya no pueden vivir sin el dornajo lleno que les prepara Lady Macbeth. Como liberal, no me parecería mal que sobornase a los medios con dinero propio o del Partido, pero que los soborne con el erario público eso ya es de ser roja. Nuestra Lady Macbeth tiene algo de ménade euripídea cuando ataca a la izquierda, y puede llegar a ser despiadadamente insensible ante cosas tan tontas como las muertes masivas de viejos por Covid en las residencias de su Reino de siete estrellas de plata con cinco rayos, heráldica diagramática que pega muy bien con el himno del gran García Calvo. Y eso que los indios Cherokee utilizan el color blanco para la paz y la felicidad, el negro para la muerte, el rojo para el éxito o el triunfo, y el azul para la derrota. Los viejos se mueren porque son viejos, ya sea en casa, en la residencia o en el hospital, aunque se puede morir sedado o morir asfixiado, diferencia nada baladí. ¿Para qué vamos a llevarlos a hospitales si como viejos que son están condenados a una muerte próxima? Mejor acudir a los viejos auxilios de la magia de los caldeos, admitir los encantos y toda clase de amuletos, además de tomar infusiones de parthenium. Menos mal que primero convirtió el IFEMA en hospital provisional, y luego levantó el magnífico Hospital de Emergencias “Enfermera Isabel Zendal”, para paliar un tanto los efectos de la más horrible pandemia del siglo. La lógica macbethiana es impecable, pero carece de polytropía, esa habilidad y destreza que tenían los políticos atenienses en saber diferenciar los aspectos psicológicos de una situación y en adecuarse a ella con ductilidad, sensibilidad humana e inteligencia. Además los viejos con seguro privado sí fueron hospitalizados y el 60% de ellos sobrevivieron. ¿Triaje de clase? La buena suerte de los eúporoi frente a la mala de los áporoi. Esta lady Macbeth es algo así como la Dolores Ibárruri del PP. En la psicología de toda Lady Macbeth, sobre todo en el personaje de Shakespeare, claro, la culpabilidad se sitúa en lo que Castilla de Pino llamaba “culpa anormal”. “No son capaces de purgar su culpa mediante el sufrimiento y se cae en la abyección”. Hay en la abyección, en la caída por la pendiente del mal, una conciencia de la irreversibilidad de lo hecho. La sujeta se ve a sí misma cerrada en sus posibilidades y, puesta en esa situación, no ve otra aparente salida que la recaída en el mal, compensar el mal hecho con otro mal que de alguna manera le gratifique. La sangre llama a la sangre. Blood will have blood. A la persona abyecta sólo le queda la posibilidad de adoptar una conducta más y más degenerada. Lady Macbeth está amarrada a su destino y tiene que cumplirlo. Sigmund Freud vio a Lady Macbeth como un ejemplo del tipo de carácter que catalogó como “los que fracasan al triunfar”, personas que se derrumban psicológicamente al alcanzar el éxito, después de haber empeñado toda su energía en conseguirlo. Lady Macbeth sigue una evolución que parte de un carácter fuerte e inflexible, cuyo único fin es el de convencer a su marido para que asesine a Duncan y que para alcanzarlo incluso está dispuesto a sacrificar su feminidad: “Unsex me here. Come to my woman´s breasts, and take my milk for gall, you murdering ministers.” Precisamente su solicitud a los poderes infernales de que le cambien el sexo para conquistar el poder, produce su incapacidad de tener hijos que la sucedan. Al intentar ser más que una mujer, se convierte en algo menos que una mujer – recordemos la sombra de la escena del sonambulismo -, tan asexual como las mismas brujas. Dicho esto, a nuestra lady Macbeth hay que agradecerle el citado Hospital “Isabel Zendal”, en el que salvaron la vida centenares de personas. Sin lo ridículo es imposible comprender lo serio. En la antigua Atenas los que delinquían de buena fe eran encerrados por cinco años en el sophronistêrion o reformatorio.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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