Sólo encuentro una respuesta a la pérdida, lenta pero constante, de habilidad en la práctica de mi oficio con el paso de los años. Sería de esperar, en principio, que el ejercicio continuado de un mismo oficio durante décadas condujera a un dominio creciente que, a estas alturas, habría alcanzado el grado de una auténtica maestría. El caso es exactamente el contrario, me veo envuelto en una perplejidad paralizante y abrumado por dificultades que no puedo superar y que llegan a hacerme imposible un desempeño suficiente. Llego a temer la pérdida de mi puesto de trabajo por incapacidad para desempeñarlo.
No dejo de preguntarme qué sucede. Cuento naturalmente con los cambios que a lo largo de estas tres décadas han modificado de raíz la práctica diaria. Dos transformaciones, sobre todo, han afectado a la tarea del profesor de humanidades y, especialmente, al profesor de filosofía. De una parte, la presencia de las llamadas tecnologías de la información y la comunicación cuyo efecto ha sido el de imposibilitar el vínculo profundamente comunicativo del discípulo y el maestro, creo que puede defenderse que la llamada telecomunicación impide cualquier comunicación, a lo que puede sumarse el efecto que sobre la atención tienen los recursos electrónicos. Su plasticidad, su dinamismo indudablemente seductor, su fantástica facilidad en la presentación pudieron aparecer como virtudes, pero debiéramos saber ya que ocultaban un coste desproporcionado. Asociado al desarrollo de estas tecnologías, pero efecto de cambios generales en los modos de vida, se ha producido una transformación en la población misma que recorre los centros educativos. Estos son, en apariencia, poco más o menos lo que siempre fueron y sobre ellos puede recaer la crítica general a la idea moderna e industrial de la educación, aunque la gestión infinitesimal que permiten las aplicaciones informáticas les dota de una atmósfera asfixiante, aunque de apariencia casi libertaria.
En general la población es ya enteramente otra. He señalado la incapacidad de una atención mínimamente sostenida, pero la atención es una cualidad moral antes que cognitiva. Una persona “atenta” es la que resulta capaz de salir de sí y tener presente a sus semejantes en cada uno de sus actos. Un solipsismo atroz ha llevado al límite la condición egolátrica de los individuos modernos. Algunas ideologías presuntamente emancipatorias han pulverizado las formas del trato y la cortesía en nombre de un turbio igualitarismo comercial, lo que conjugado con la fragmentación de la atención produce una subjetividad hostil y emotiva a la vez. Encharcado en una voluntad sin edificar el individuo se conmueve con facilidad, pero es – a la vez – incapaz de atender a las necesidades del prójimo. Contradecir a un sujeto semejante es ya ofenderle y arriesgarte a una respuesta soberbia y ofensiva que, asombrosamente, comenzara en un mar de lágrimas tras del cual aparecerán las uñas aceradas y los dientes afilados.
Enclaustrados en un presente sin dimensión, ajenos a cualquier tradición histórica, cegados por el brillo de las pantallas y la promesa tecnológica de un porvenir interminable, las generaciones se hunden sucesivamente en un creciente idiotismo sin palabras. Cualquier intento crítico es recibido, en el mejor de los casos, como una extravagancia. En el peor de los casos como un autoritarismo insufrible que debe ser suprimido por la verdad de una tolerancia sin parámetros o un escepticismo que se estima democrático. Un autoritarismo que debe ser suprimido en nombre de una verdad reducida al prejuicio de la masa. Esta tendencia, que hoy alcanza el paroxismo, estuvo siempre presente, pero el nuevo grado supone un cambio de escala, una inflexión catastrófica.
Me quedan pocos años para alcanzar la jubilación. Me esfuerzo por ocultar mi obsolescencia, que veo como el signo de caducidad de un modo de vida, el eclipse de una figura humana – todavía humana –, como algo más que el ocaso de mis días. Es el caldo de cultivo de un transhumanismo que ha empezado por reducir al pasmo de la idiocia a incontables muchedumbres y, con ello, reduce también al silencio a todos los que todavía nos esforzamos por rehabilitar las condiciones de la comunicación humana. Hundidos en el desierto del silencio tecnológico, estaremos preparados para aceptar cualquier promesa de los señores del mañana.