Podemos decir que nuestra clase política, imploradora y colérica, no vale para mucho. Nuestros gobernantes no son capaces de protegernos, de velar por nuestros intereses frente a las agresiones, de capear el temporal de la agricultura europea, de afrontar con éxito los mil tejemanejes de esta era tecnológica y artificialmente “inteligente”. Andan por el Hemiciclo y por los pretiles de las tabernas y restaurantes como si fuesen indispensables, los grandes protagonistas de la jornada –que lo son, gracias a nosotros los humildes plumillas, qué duda cabe–, pendientes como estamos de la última ocurrencia o el último desliz del asesor de turno. Los políticos se asoman con descaro a todas las televisiones y van descubriendo que el secreto del éxito es echarle mucha cara al asunto.
El político, aunque finja seriedad, parece una cosa de broma, como si ellos mismos se burlasen de ellos mismos frente a las cámaras, aunque en realidad no hay nada más serio y que salga más del corazón, del epicentro de la democracia española. En las lejanas provincias, donde el primitivismo se aleja a veces de toda sofisticación, en aquellos despertares juveniles –de juventudes, les dicen–, las ansias de poder le crecen al político con los brotes verdes de la primavera de la edad. Y entonces sabe que para medrar hay que engañar, a poder ser manteniendo una pose entre fosforescente y popular, a caballo entre lo meditativo y lo repentino, la cogitación y el exabrupto, siempre eficaz y tan de moda en las redes sociales. Parece que lo saben todo, quitándonos la razón si se les critica, o regalándonos los oídos si se les aplaude, porque como buenos animales de compañía, necesitan de esa recompensa, esa galleta presupuestaria que sale de nuestros bolsillos y que en sus respectivos hogares casi nunca nadie les da. Por el político, a la postre, es un hombre-marido-padre frustrado y la lideresa política una mujer que llena las horas mintiendo y paseando palmito para enredarse en trifulcas con los colegas.
Al político le araña en el corazón el presupuesto y en ocasiones la justicia, cuando lo investiga a fondo, que son unas pocas veces. En los viejos hoteles del centro centrísimo de Madrid, por los alrededores del lujo de altura y el bajo fondo, muy cerca de los hombres famélicos que se envuelven en mantas y se disponen a pasar la noche en los portales y a los pies cajeros automáticos, hay siempre un político celebrando muy cerca del Teatro de la Zarzuela dispuesto a dar gato por liebre. El político siempre vuelve y ya lo hemos visto con Ábalos o Donald Trump. No se sabe por dónde anduvo ni en qué se gastó la partida presupuestaria, pero vuelve y da la matraca. Se escapó de la justicia por una rendija cuando ya se le iban a echar encima; y otro día, cuando ve la puerta entreabierta, reaparece como si fuésemos todos amnésicos, como si su ausencia repentina y sus malas acciones hubiesen sido un espejismo o una catalepsia, algo propio de las sociedades pospandémicas: la aprensión, el susto, el apijotamiento colectivo, en definitiva.
Por eso el misterio del político es que es una superación del hombre. Si de los hombres se espera que vengamos del mono, el político es menos primate, más hijo de la astucia contemplativa de la sociedad, de sus debilidades, de sus grietas, de sus pecados. Nadie sabe exactamente por qué el político se sale siempre con la suya, pero los que nos dedicamos a observarlos de la misma manera que ellos nos escrutan presentimos ya una leyenda hispánica, una verdad escondida que todos ellos callan y tapan, y que por nuestra pasividad e indiferencia nos hace sospechosos a nosotros mismos de cómplice politiquería. Este desprendimiento ético del español, este contentarse con el político que le ha tocado en suerte, son cosas completamente misteriosas y alucinantes. Porque la verdad es que respetamos a sus señorías como a nuestros convecinos, y ya no se pueden ver en España casos de un político ni siquiera yendo al trullo, a tomar el sol a cuadros una temporadita, por corrupto o irresponsable, sino dimitiendo de sus responsabilidades. El presidente Sánchez, siempre tan performático, ha dicho el pasado sábado durante la Internacional Socialista, que “el que la hace, la paga”, cosa que es completamente falsa, porque aquí “al que la hace, le pagan”, ya que en nuestro país tenemos al político como nuestro animal favorito. Y en el delirio nocturnal de la tertulia los analistas se dicen las verdades políticas del barquero en el plató, pero nunca llega la sangre al río: aquí, el que más y el que menos, siempre está presto y dispuesto a recibir un premio de estos políticos alborotadores que tienen mala conciencia y que, aunque indigestos, se saben ya imprescindibles, impunes, tránsfugas, privilegiados, elevados a los altares de la opinión pública, en definitiva. El político menguado siente ese tirón entrañable, ese consentimiento del ciudadano, que, más allá de la disquisición del bar o el discreteo de la covachuela y el gabinete lobista, lo mantendrá en su hediondo pero firme pináculo de lo público a la espera de la dádiva menguante.