¿Quién no sabe hoy cuando pronunciamos “realismo mágico” a qué nos referimos? ¿Acaso, apenas lo oyen, no les viene como por ensalmo aquella mañana fría cuando el coronel Aureliano Buendía se hallaba frente al pelotón de fusilamiento y recordó la “tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”? Desde luego. Y aunque estás palabras fueran escritas en 1965 y vieran la imprenta un par de años después, el realismo mágico ya andaba bien acuñado desde hacía unos tres lustros, de los que ahora se cumple su septuagésimo quinto aniversario.
En efecto; durante 1949, en Caracas y en Buenos Aires, se imprimieron las dos novelas que asentaron con incontestable solidez esta fantasiosa modalidad de la llamada novela indigenista: El reino de este mundo, de Alejo Carpentier, y Hombres de maíz, de Miguel Ángel Asturias, para que abriesen senda propia en la historia de la literatura. En sus páginas se paladeaba un español añejo, casi del barroco de las turbias capillas castellanas, con sus oropeles polvorientos y sus angelotes gordezuelos pero, a la vez, rebozado en el dulzor saturante de la melaza y en la calina fangosa del manglar, con sones de tambores de bohío y cricar de sonajas de chamanes que lo capacitaban, por fin, para pronunciar una transrealidad desconocida y doméstica, cuanto genuinamente americana.
Sin embargo, como me objetó el profesor Teodosio Fernández en cierta ocasión, este español capaz de mentar prodigios con una naturalidad de puro pasmo venía ya de lejos y no fue un súbito alumbramiento de 1949, como tampoco su marchamo, sellado por Arturo Úslar Pietri, en Letras y hombres de Venezuela, un año antes; sino que se trataba de un concepto ingeniado por el esteta alemán, Franz Roh, hacía dos décadas, con su Realismo mágico, post expresionismo: Problemas de la pintura europea más reciente, traducido para Revista de Occidente, en 1928, por Fernando Varela. Y aunque el germano pretendiese definir con este término una vía de la pintura y hasta de la fotografía y del cine de su tiempo y de su país, a Úslar le casó a la perfección para acotar aquella manera de decir nuestra lengua que había escuchado macerarse en los cafés de París, adonde había desembarcado como agregado civil de la Legación de Venezuela cuando el siglo casi cumplía su treintena y dio con una pareja de paisanos, por netos caribeños, que, mientras no dejaban, como él mismo, de maravillarse por París y sus novedades vanguardistas, se sentían incapaces de sacudirse de encima una inmensa añoranza de su América. Tanta que el guatemalteco Asturias recitaba, tarde tras tarde, aquello de “¡alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre! Como zumbido de oídos persistía el rumor de las campanas a la oración, maldoblestar de la luz en la sombra, de la sombra en la luz. ¡Alumbra, lumbre de alumbre, sobre la podredumbre!”, hasta que esta salmodia le quedase como recitada por labios de un indio quiché; mientras, al otro lado del velador, Carpentier, con su peculiar y helvético lambdacismo, consumía horas completas en revivir minuciosamente las tenidas secretas de los ñáñigos o a los santeros del trapiche, decapitando gallos, entre fumaradas de tabaco, con los que sanar oscuros y pérfidos aojamientos.
Pronto estamparon sus primeros títulos en aquel nuevo castellano y, como si se tratase de un regio tributo, todos en España: Leyendas de Guatemala (1930), de Asturias; Las lanzas coloradas (1931), de Úslar; ¡Écue-yamba-ó! (1933), de Carpentier, e incluso Don Goyo (1933), del ecuatoriano Demetrio Aguilera Malta, que sin pertenecer al trío de partida, se había aquerenciado, solo Dios sabe cómo, a este nuevo relatar. Después, y tras dieciséis años en un cajón, Asturias publicará El Señor Presidente (1946), que aun con este proceder en el tono general de sus páginas, contenía pasajes más propios de sus queridas fantomimas —especie de guiñoles pretendidamente surrealistas, cuando nos evocan antes al teatro romántico alemán de Ludwig Tieck o incluso al Woyzeck (1836-79), de Georg Büchner—, para un trienio después, alumbrar en Argentina, su preceptiva y colosal Hombres de maíz, y dejar rubricado el género para la prolífica posteridad.
Sí; porque esta traza la siguieron narraciones asombrosas de otros novelistas, como Pedro Páramo (1955), de Rulfo, Aura (1962), de Fuentes, o Los recuerdos del porvenir (1963), de Garro, para conquistar su proclamación internacional con Cien años de soledad (1967) y La increíble y triste historia de la cándida Eréndida y su abuela desalmada (1972), ambas de García Márquez; títulos todos que no han hecho sino dotar al español de otro sabor y de otras sonoridades tan lejanas y peculiares que a menudo, leyéndolos, se nos antoja discurrir sobre otro idioma.
Pero sobre esta fascinante nómina y algunos títulos más que sin desmerecerla no cito por no convertir este artículo en una indigesta lista, me gustaría mencionarles una malévola curiosidad: De milagros y de melancolías (1968), de Manuel Mujica Láinez; abarcante relato de toda la historia de Hispanoamérica cuanto pícara burla del realismo mágico, donde Manucho descoyuntó jocosamente todos sus tópicos para regocijo del lector avisado. Me cumple el honor de haber participado, hace casi una década, en su primera edición española, sabedor ya entonces que, para quienes hemos gustado tanto de las cotidianas milagrerías de este género, no era solo un disfrute sino hasta una simpática vacuna contra sus muchos amaneramientos posteriores; de modo que nada más apropiado para celebrar sus setenta y cinco exitosos años que le den ustedes una leída.