Mal le van yendo las cosas al Presidente francés. Y, para aparentar un liderazgo nacional que tiene tan cuestionado, decidió envolverse en los oropeles de lograr un añadido a la Constitución de la V República, para el que tenía la seguridad de poder contar con un amplio respaldo pluripartidista, dada la honda distorsión de la percepción de la verdad que viene produciendo en Francia la ley Veil, que despenalizó en 1975 el aborto bajo el eufemismo de llamarlo “interrupción voluntaria del embarazo”.
Se ha logrado que, a lo que parece, una gran parte de la población no quiera reconocer que todo embarazo no es sino la presencia de un nuevo ser humano en el seno materno, desde su concepción hasta su nacimiento. De modo más o menos difuso, se acepta que el hombre o la mujer que todos fuimos mientras éramos gestados, conforme a las exigencias de la naturaleza, solo ha existido, como tal ser humano diferenciado, a partir del corte del cordón umbilical que nos unía a nuestra madre. Hasta entonces sólo habríamos sido una parte del cuerpo materno, aunque todos los datos científicos hoy bien asentados evidencien lo contrario. Y, contra cuanto proclama el sentido común y esa cada vez más contundente evidencia científica, se afirma así que la mujer tendría todo el derecho para amputar voluntariamente de su cuerpo esa excrecencia que sería el hijo concebido.
La civilización contemporánea tiene su piedra angular en la afirmación rotunda de la dignidad igual de todo ser humano, con sus correspondientes derechos fundamentales, comenzando por el derecho a la vida. Para hacer compatible con ello la aberración de la liquidación de los seres humanos en gestación, se ha construido la gran falacia de que no son seres humanos, por más que las más de las mujeres que se someten a prácticas abortivas queden no poco traumatizadas por haber matado a lo que, de uno u otro modo, no dejan de percibir como sus hijos. Y así, al tiempo que se enfatizan los derechos humanos, la sociedad regresa a extendidas prácticas de la antigüedad, que se habían ido desterrando o se habían tratado de desterrar, desde el gran impulso humanizador que trajo el Cristianismo, anclado en la verdad sin paliativos ni edulcoraciones engañosas.
Lo único que cambia entre el aún no nacido y el ya nacido no es, desde luego, ni su ADN, ni su configuración corporal, ni su identidad diferenciada: sólo el modo de recibir lo que necesita para su respiración y nutrición. Cada uno de nosotros existimos desde que se produjo nuestra concepción y fuimos embriones concretos e irrepetibles, que se han ido desarrollando y creciendo, primero, de ordinario y de suyo, en el claustro materno, luego con la asistencia necesaria para seguir creciendo, ya desprendidos del seno materno, con no menor dependencia, hasta ir logrando estadios sucesivos de autonomía y desarrollo. Los que son eliminados en el claustro materno habrían llegado a lo mismo a que hemos podido llegar quienes fuimos tratados con el respeto, cuidado y amor que merece toda criatura humana. Negarlo es negar la evidencia misma. Pero la mente y la conciencia humana no son siempre susceptibles de enfrentarse al bombardeo del engaño, la desinformación y el halago, sobre todo cuando procede de personas o entidades revestidas de una u otra aureola de autoridad, y más si, de paso, proporcionan lo que puede representarse como “soluciones” ante situaciones engorrosas, aunque no se deje de tener alguna responsabilidad en haberlas causado.
Así hemos llegado a situaciones como la que se ha puesto de manifiesto en Francia con esta iniciativa de su Presidente Macron, cuando decidió erigirse en adalid contra lo que dijo podría constituir un cambio de los vientos dominantes, al echar abajo el Tribunal Supremo de Estados Unidos con su sentencia Dobbs de junio de 2022 la que el mismo Tribunal había dictado en 1973 en el asunto Roe v. Wade, que no permitió que las Constituciones o las leyes de los Estados de la Unión pudieran prohibir y penalizar el aborto, declarándolo un derecho a la mujer a su intimidad.
No parece que, en la Francia actual, por lamentable que sea, exista el menor riesgo de que pueda prosperar una propuesta política legislativa que revierta la Ley Veil de 1975. No se avista en modo alguno qué necesidad real podría justificar llevar la garantía de la llamada libertad de interrumpir voluntariamente el embarazo al nivel constitucional. Pero Macron emprendió este empeño de marcado carácter demagógico, que sabía podría permitirle saborear las mieles de “lograr” una amplia aprobación de su “genial” iniciativa, por muy efímero que ello sea. Otras preocupaciones podrían pasar entre tanto a un plano más secundario.
No deja de ser, con todo sintomático, que el Presidente francés haya obviado el referéndum para hacerse el añadido que se ha hecho en el art. 34 de la Constitución, acogiéndose la fórmula alternativa que prevé esta, para la que basta el voto favorable de 3/5 del Congreso de la República que es la reunión de la Asamblea Nacional y del Senado en una reunión y votación únicas. Han votado las elites políticas, en representación del pueblo, pero no el pueblo. Y, ciertamente, unidas una buena parte de la extrema derecha –el Frente Nacional de Le Pen- y la generalidad de la izquierda y del centro-izquierda, así como no pocos del centro-derecha, hasta sumar 780 votos, contra los solo 72 que han votado en contra, enmarcados en otro de los partidos considerados de extrema derecha y en los más tradicionales partidos de centro-derecha. Otros 50 se abstuvieron.
Pero la historia sigue y es siempre imprevisible.
La Asamblea nacional francesa comenzó su histórica Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 26 de agosto de 1789, afirmando que «la ignorancia, el olvido o el menosprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos». Se proclamó entonces una gran verdad. Nada impide esperar que la experiencia y la razón ilustren en años futuros a la nación francesa y al conjunto de nuestras sociedades y pongan en evidencia el horror de un gesto prometeico como el que Macron ha liderado en Francia en estos días.