Joseph Conrad, nacido en 1857, en la ciudad polaca de Berdyczów –hoy en Ucrania-, en el seno de una familia aristocrática venida a menos, tuvo una vida de viajes y aventurera, que, en buena medida, aborda en su producción. A los diecisiete años se enrola en la Marina mercante francesa, y años después, en 1878 en un barco inglés, para, posteriormente, tras obtener la nacionalidad británica, se presentó a los exámenes de oficial de la Marina mercante de Reino Unido, navegando en varios de sus barcos.
Conrad es sobre todo célebre por la extraordinaria novela El corazón de las tinieblas (1899), en la que se inspiró Francis Ford Coppola para su fascinante filme Apocalypse Now (1979), donde, recordemos, traslada la acción del Congo –en la novela de Conrad, aunque no lo especifica- hasta la guerra de Vietnam. Pero tanto en la novela original como en la película, se aprecia una visión nada complaciente del ser humano, en la que la violencia se enseñorea, y aparecen situaciones límite. Ya tempranamente el autor polaco confesó a su amigo el escultor y político Cunninghame Graham: “Lo que hace trágico a la humanidad no es que sea víctima de la naturaleza, sino que sea consciente de ello. En cuanto conoces tu esclavitud del dolor, la ira, la contienda, comienza la tragedia”.
Pero no le debemos solo El corazón de las tinieblas. Tiene muchos otros títulos, desde que se dio a conocer en 1895 con La locura de Almayer, escrita en inglés, lengua en la que vertió toda su obra. Así, en Lord Jim –lúcida exploración de la valentía y la cobardía, la culpa, y la redención-, Nostromo, El agente secreto, y La línea de sombra, entre otras. Y en Suspense (Una novela napoleónica), su novela póstuma, en la que trabajaba cuando en 1924 le sorprendió la muerte. Ahora, con indudable acierto, Funambulista la pone al alcance de los lectores españoles, pues no estaba traducida a nuestro idioma, con prefacio de uno de sus traductores, Alonso Barguñó Viana, y postfacio del otro, J. M. Lacruz. Ambos trabajos contextualizan a la perfección esta novela conraniana, y aportan notas aclaratorias.
El protagonista de Suspense es el joven inglés Cosmo Latham, quien viaja a Génova, durante la ocupación austriaca, y se encuentra con una ciudad sumida en conspiraciones y espionaje, con sobre todo dos bandos en liza. Por un lado, el de aquellos que quieren impedir el regreso de Napoleón y, por otro, el de quienes se esfuerzan en que vuelva al poder en unos momentos en los que el emperador está exiliado en la isla de Elba. Cosmo Latham vivirá peripecias y amoríos, en especial con Madame de Montevesso, esposa de un militar italiano sin escrúpulos.
Conrad entremezcla el retrato de personajes –excelente el de Adéle, donde Conrad demuestra que pese a no ser pródigo en ellos, sabe trazar perfiles femeninos-, con un enfoque de novela coral, destacando logradas descripciones, como ya en su arranque: “En la ladera de una árida montaña, cuya cresta pelada dibujaba en lo alto del cielo oscuro un contorno resplandeciente y fantasmal, un brillo enrojecía las fachadas de los palacetes de mármol que allí se agolpaban. El sol invernal se estaba poniendo por el Golfo de Génova. Más allá de la inmensa costa, hacia el este, el cielo era como un cristal oscurecido. También el mar abierto aparecía cristalino con una pátina púrpura en la que la luz de la tarde se demoraba como si quisiera aferrarse al agua. Las velas sin viento de unas cuantas felucas lucían rosadas y alegres, inmóviles en la penumbra que de todo iba adueñándose. Todas las proas se dirigían hacia la soberbia ciudad. Al abrigo del largo embarcadero que tenía una torre circular y achaparrada en el extremo, el agua del puerto se había ennegrecido”.
La recepción de Suspense, con su carácter inconcluso y póstumo, despertó opiniones encontradas. Juzgue el lector, si bien, a nuestro juicio, encierra coherencia y claro interés lo que Conrad escribió antes de morir, y dice bien J. M. Lacruz: “Suspense es una gran obra, tanto por lo que ofrece como por lo que solo sugiere y no nos queda más remedio que imaginar”.