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TRIBUNA

Diuen que va morir el Masats

lunes 18 de marzo de 2024, 20:38h

Dicen que murió Masats; yo no me lo creo. Mientras vivamos los nacidos entre mitad de los cincuenta y primeros de los sesenta, Masats permanecerá ahí, a nuestro lado, con su pelo enmarañado y su bigote de granadero; luego… Quién sabe. La verdad; ni me atrevo a pensarlo. Pero mientras vivamos esos españolitos vestidos de marineros para la Primera Comunión, Masats irá con nosotros porque supo, con sus estampas furtivas, fijar nuestros pequeños recuerdos; esos que se nos habrían desvanecido si no fuese por sus fotografías. Sí; porque Masats nos guardó para siempre aquel nazareno fugitivo que llevaba el cirio como un garrote, o aquel guardiacivil que procesionaba al santo constreñido por los zapatos nuevos, o la cabra irreverente que contempla Madrid desde los desmontes de Vallecas como aquella que nos miró una vez con total indiferencia mientras ramoneaba sus yerbajos. Masats nos conservó todo esto y mucho más con su guiño de pillastre, entre un botijo a la sombra y un torero sin fortuna; y ahí nos lo dejó, laminado en su contrastado blanco y negro, para que se nos subleve la memoria tanto como cuando nos asalta, tras una esquina, el denso olor de aquel guisote o el tufo a Floïd de todas aquellas barberías de majestuosos sillones cromados; porque Masats, en suma, es el Cerbero guasón de la vera minucia de nuestra infancia.

En mis años del Gijón, no alcancé a tratar a Ramón Masats pero dos amigos míos, sí. Héctor Vázquez Azpiri me introdujo en su fotografía y en su francote carácter, y Demetrio Salorio me relató algunas anécdotas de cuando lo transportaba en sus helicópteros para que retratase los contornos del país desde las nubes. Entre tanto, perseguí sus libros, impresionado tras encontrar su Neutral corner (1962), con textos de Ignacio Aldecoa, e incluso pude contemplar una tarde su película, Topical Spanish (1970), donde, bajo su general desbarajuste, transpira todas las aspiraciones nutridoras de la inmediata Transición. De esta época como realizador, seguro que recordarán cualquiera de sus capítulos para la serie de televisión Si las piedras hablarán (1972-3), que tanta popularidad procuró a Antonio Gala; aunque de recomendarles alguna de sus producciones fílmicas, sería la brevísima —apenas un cuarto de hora— para el NODO Prado vivo (1965), cuyos tres minutos finales son un compendio de su genuina socarronería y justificadores de sobrado del premio especial que le concedieron en Taormina.

Por lo demás, ya lo habrán leído en las necrológicas que todos los diarios del país le han dedicado: Ramón Masats se convirtió en fotógrafo a contracorriente; es decir, por huir del puesto de salazones de su padre en el mercado de Tarrasa y porque las severas vocaciones que ofrecían los tiempos le quedaban demasiado rimbombantes y hasta inalcanzables para el hijo de un tendero. Los grandes artistas se hacen así: un poco por fastidiar a la familia y otro poco porque el menester les intriga tanto que, apenas se descuidan, los muy jodíos ya son incapaces de hallar algo más sugestivo.

Después se fue a Barcelona, donde el agudo Oriol Maspons no solo alentó sus incipientes travesuras gráficas, tan incómodas en el casino de Tarrasa, cuanto lo puso en contacto con la gran Agencia Magnum de París —intento fallido— y con algo más reconfortador: AFAL, una revista publicada por un par de disparatados en, ni más ni menos, que la desamparada Almería, donde encontraban cobijo las probaturas de todos los fotógrafos disconformes con el reinante pictorialismo, bautizado por Maspons, como “salonismo”; un estilo relamido que servía, ante todo, para darse pote en las meriendas de las marquesas entre obispos y otras autoridades preceptivas. Pero Maspons también le advirtió que, en Barcelona, todo estaba copado y que, si quería ganarse la vida con la Leica, debería probar en Madrid. Y Masats se vino a una pensión del foro con una recomendación, más los legendarios reportajes sobre los sanfermines y las Ramblas, a probar suerte en la Gaceta Ilustrada. Y lo admitieron. Y comenzó a recorrer los cuatro puntos cardinales del país para retratar una fiesta mayor o el alumbramiento de unos sextillizos, un milagro de aldea o el crimen de un albañil, y entre que sacaba a los finados de cuerpo presente o a las munificentes vírgenes sobre sus tronos para la prensa, iba capturando a hurtadillas y sobre la marcha las grandes fotografías que hoy son memoria inmarcesible de una España huérfana de imperio y añorante de esperanza, pero siempre con esa chanza suya impresa en cada estampa para tornarlas imperecederas apenas salían de la cubeta.

Así se hizo Masats, quien siendo mi preferido, por fidedigno y guasón, no puedo separar de Carlos Pérez Siquier, retratista del verdadero biquini a rayas de Eva María, y de Leopoldo Pomés, encampanador de todos los casinos de provincias con su lady Godiva sobre el caballo de Terry. Los tres pusieron el exacto fondo a un tiempo cuando Iríbar era el mejor portero del mundo y El Viti daba el contrapunto sobrio a los aspavientos de El Cordobés, Julio Iglesias se empeñaba en que la vida seguía igual —lo cual nunca ha sido cierto— y Massiel dejaba atónita a Europa entera con su minifalda. Será por eso que cuando emboco una calle enjalbegada de blancura y sin asfaltar, me viene una copla por Juanita Reina y una fotografía de Masats; por tanto, ahora no puedo sino despedirme con:

Adéu, Ramón; que vagi bé.

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