www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

De la mediocridad

domingo 24 de marzo de 2024, 19:59h

Hace poco oí decir a un amigo que reivindicaba el derecho a ser mediocre. Es, cuanto menos, una frase sonora, provocativa y rara por su demanda. Uno se para a pensarla, como hicimos el resto de amigos que estábamos y debatimos en torno a la misma después, y sigue sin entender la razón que le llevó a pronunciarse de tal modo. Exagerando, recuerda a esas funestas del tipo ‘el cuerpo me pide tierra’, ‘ay, qué cansado estoy de la vida’, ‘lo mejor es morirse y así se acaban todos los problemas’, o la más divertida y preferible, ya puestos, ‘para lo que me queda en el convento…’ Porque, en el fondo, en opinión de uno, admitir querer ser mediocre no es más que un sinónimo de rendición, de clausura de nuestras posibilidades. De final porque se carece de valía.

Seguramente, no era esa la acepción que mi amigo intentaba defender. Es alguien cabal, y la energía que contagia y desprende se contradiría con esa actitud derrotista. Él quería afear el discurso imperante, propio del capitalismo y neoliberalismo vigentes, que sostiene que la única manera mediante la que uno consigue ser válido en sociedad es a través de su nivel de productividad. Llevado a pie de calle, el simple hecho de no poder aburrirse, de estar todo el día haciendo cosas, consumiendo, siendo proactivos. No parar para no dejar de ser. El dinero, como es habitual, presente y sin olor.

Seguramente, también, el derecho al que mi amigo se refería estuviera más relacionado con la expresión latina del aurea mediocritas, aquella que anhelaba el término medio de las cosas para alcanzar la dicha. En los versos de Horacio, en sus Odas, para no padecer las miserias del techo que se desmorona, ni habitar fastuosos palacios que puedan provocar la envidia. Pero los ritmos modernos, los de cualquiera independientemente de su situación vital, llevan a elegir, fruto de la polarización hacia la que nos hemos dirigido. Se aspira a un todo por temor de una nada, pero no quedan claras sus definiciones, cada uno añadiendo la suya. Se confunde, por tanto, esa aspiración. En latín, la expresión alude a la moderación, al equilibrio. En español, mediocre significa ‘de calidad media, mediano, común, regular, corriente, gris, anodino, vulgar.’ Copio todas para hacer patente lo peyorativo del término; equívoco, posiblemente, en la conversación que tuvimos hace pocos días. Cuando algo o alguien es calificado de mediocre no debe ser tomado como emblema positivo, sería lógico pensar; ni siquiera cuando se intentan revertir ciertos adjetivos para apropiarse de ellos y buscarles un nuevo uso y significado. No suele funcionar con cualquier palabra. Hay algunas que ya vienen con el peso medido.

Personalmente, lo he considerado siempre un insulto grave. Que te rebajen a ese nivel, cual sea el originario en el que te mantuvieras o del que vinieras, es verdaderamente hiriente. Supongo que ese daño puede ser mayor cuanto más alto sea nuestro afán. En el exceso, evidentemente, tampoco puede encontrarse virtud ninguna, más allá de la atracción primera y embeleso de los sentidos. Si detrás no hallamos cierta mesura, cierto hábito, queda en mera pirotecnia.

El conocimiento suele ser el arma arrojadiza para determinar erróneamente qué es o no mediocre. Si su uso y beneficios empiezan a cuestionarse y criticarse, ya que hay extendido un peculiar orgullo por la incultura y el desprecio a lo que conlleve una actividad medianamente intelectual —poniéndome en lo peor pero tampoco alejándome de la realidad, sea dicho—, comenzará a ser utilizado y visto como algo a lo que oponerse. El descrédito del pensamiento, que es nuestro mejor distintivo como especie, no conduce sino a la mezquindad y al patetismo. Desaprovechar las oportunidades que podamos tener para explorar alguna capacidad artística —o deportiva o solamente personal, cual sea el ejemplo— que nos mueva o sintamos que podemos ser partícipes bajo la excusa ‘eso es de cultos’, denota vagancia —que no pereza, más importante y enriquecedora— y conformismo. Más sencillamente: la curiosidad no desgasta, merece ser alimentada, pues afortunadamente no se acaba nunca. Cuanta más atención sepamos prestarla, más alejados estaremos de la orilla de la mediocridad, sin necesidad de ambiciones que nos sublimen. Pero si desbaratamos aquello que puede aportarnos, tanto remar no habrá servido para nada.

El descanso del frenesí actual es necesario, huelga recordarlo, pero no debe apartarnos de ese natural ímpetu que nos anime a buscar tal belleza o verdad en la que depositemos nuestro interés. Puede resumirlo mejor el lema del cuadro de Juan de Valdés Leal, Finis Gloriae Mundi, que retrata esta divagación: ‘Ni más, ni menos’, rotulado en los platos de la balanza.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)

+
0 comentarios