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Ensayo

Pedro Álvarez de Miranda: Medir las palabras

domingo 24 de marzo de 2024, 23:27h
Pedro Álvarez de Miranda: Medir las palabras

Espasa. Barcelona, 2024. 375 páginas. 21, 90 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Carmen R. Santos

La divulgación en distintas disciplinas es una tarea tan elogiable como necesaria. Máxime cuando para ello no abdica del rigor y un profundo conocimiento del asunto tratado. Feliz ejemplo de ello es el caso de Medir las palabras, último libro de Pedro Álvarez de Miranda (Roma, 1953), donde se adentra en la divulgación lingüística. Álvarez de Miranda es filólogo, catedrático de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid, especialista en lexicografía y lexicología. En 2010 fue elegido miembro de número de la Real Academia Española (RAE), tomando posesión el 5 de junio de 2011 con el discurso titulado “En doscientas setenta y tres ocasiones como esta”. En la RAE ha desempeñado diversos cargos: bibliotecario y director de la Escuela de Lexicografía Hispánica, entre otros, y cuenta en su haber con infinidad de trabajos en torno a la Lingüística, la Literatura y la historia cultural.

Medir las palabras recopila una serie de artículos publicados en distintos medios de comunicación en los últimos ocho años. Se divide en tres apartados. El primero, “Medir las palabras”, es el que da título al volumen y recoge los aparecidos en el suplemento La Lectura, del diario El Mundo. El segundo, Rincones de la Lengua, los incluidos en la revista digital Rinconete del Centro Virtual Cervantes, del Instituto Cervantes. Y el tercero, Varia, los que vieron la luz en diferentes publicaciones como ABC, ABC Cultural, El País, y Archiletras. La primera virtud del volumen es, pues, permitirnos tener reunidas y con fácil y rápido acceso todas estas aportaciones.

Nadie mejor que el propio Álvarez de Miranda para explicarnos la elección de tan sugerente título: “Medir las palabras, esto es, ‘ser prudente, tener cautela con lo que se dice’, es una pauta de conducta recomendable en las variadas situaciones del trato humano, puede aquí también entenderse la frase en un sentido literal: siendo la mayoría de las veces el objeto de atención, en los artículos que siguen, una o algunas palabras, se declara el propósito de medirlas con cuidado, vale decir: observarlas, analizarlas, calibrarlas, inquirir sus posibilidades con parecido empeño al que pone un entomólogo cuando escruta sus insectos o un gemólogo sus piedras preciosas”.

En efecto, este propósito se cumple con creces al descubrirnos un fascinante caudal del mundo de la lengua de la mano de un gran experto. Por ejemplo: ¿conoce usted de dónde proviene la expresión “falsos amigos” aplicada a las erróneas traducciones de palabras que, sin embargo, parecen correctas?; ¿ o los muchos problemas -aparte de la tragedia que ocasionó en la realidad- que provocó el establecimiento del término “Covid”?; ¿o la historia de “letraherido”?; ¿o las diferencias entre “oír” y “escuchar?; ¿o cuál es el origen de “logotipo”?; ¿o por qué se imponen anglicismos como los profusamente empleados “fake news” o ‘influencers”, no tenemos palabras en nuestro rico idioma?; ¿o los usos neológicos de “cancelar” y “cancelación”, que con su nuevo significado se ha convertido en una tan actual como indeseable actitud?; ¿o llamativas expresiones como ‘topar los precios”?...

Numerosos son los secretos que nos desvelan las páginas de Medir las palabras en un libro de indudable interés para todos, pues todos somos quienes empleamos cotidianamente el español y queremos hacerlo de la forma más precisa y correcta posible.

“Vale decir, que hay sus buenos ratos de pesquisas tras las páginas que siguen”, apunta Pedro Álvarez de Miranda en la presentación al volumen. Ese mismo sentimiento de pasar buenos ratos es el que hemos vivido al leer Medir las palabras. Pedro Álvarez de Toledo nos ha servido un estupendo ejercicio de la máxima clásica “enseñar deleitando”, con su puntito de saludable uso de la ironía y el humor en no pocas ocasiones, y nunca con ánimo inquisitorial. Bien dice Álvarez de Miranda que en sus investigaciones lingüísticas no suele rasgarse vestidura alguna, “sobre todo porque, no sabiendo coser, rasgada quedaría para los restos”.

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