El modelo político-ideológico de Fidel Castro en Cuba comenzó como un sueño dinamizador y está terminando tuvo una pesadilla --si quisiera encontrarse algún símil provocador-- en una especie de suicidio colectivo como el conducido por Jim Jones en Guyana en 1978.
Ahora mismo los cubanos están saliendo a la calle a denunciar ya situaciones dramáticas de hambruna y afectaciones sobre todo a los niños, pero los primeros indicios revelan que los cubanos no quieren renegar de su sociolismo o socialismo de socios, sino sólo están exigiendo comida y que los dejen en paz.
A 65 años de la victoria de la guerrilla castrista que derrocó al régimen corrupto de Fulgencio Batista en 1959, se vive el control del poder total, totalizador y totalitario de Cuba, y la realidad deja ver ya no como un sueño, sino como una pesadilla.
El impacto regional de Cuba sigue causando estragos. Fidel Castro y la defensa de Cuba frente al acoso de Estados Unidos definió a la izquierda socialista de México de 1955 hasta la muerte de Fidel, pero sin ninguna utilidad práctica hacia el interior del régimen priista mexicano. En aquellos años se hablaba --sin pruebas-- de la existencia de una especie de pacto político secreto: México defendería a Cuba de cualquier otro intento de invasión estadounidense, a cambio de que el régimen comunista de La Habana no se buscara influir o apadrinar a la izquierda mexicana.
Y así fue. El propio Partido Comunista Mexicano no fue muy castrista, pero defendió al Gobierno de los Castro; inclusive el PCM asumió posiciones críticas a casos extremos de autoritarismo cubano, como aquella posición histórica que manchó a Cuba cuando Fidel Castro en 1968 salió a defender la invasión de tanques soviéticos a Praga y ese mismo año Castro guardó ominoso silencio sobre la represión estudiantil mexicana.
La única izquierda que siguió idolatrando a Castro fue aquella acomodaticia que había encontrado una legitimación en el espacio geométrico del PRI: la izquierda del nacionalismo revolucionario priista que nada tenía siquiera de análisis marxista y defendía la revolución cubana bajo el argumento de que les recordaba a la Revolución Mexicana, ya por entonces, en los años sesenta, no solo traicionada sino, como se decía la picaresca mexicana, sepultada boca abajo, como decía la canción, porque si se quería salir, se iría más abajo.
El presidente López Mateos (1958-1964) defendió a Cuba y se negó a romper relaciones diplomáticas que ordenaba el Departamento de Estado en 1962, pero no por simpatías al incipiente régimen de Castro, sino porque en ese momento a la izquierda del PRI constituye un factor de equilibrio dominante de su propio gobierno; la administración del presidente Díaz Ordaz (1964-1970) reprimió sin pudor a las corrientes progresistas, a sabiendas de que Cuba no iba a meter las manos.
Los gobiernos de Luis Echeverría (1970-1976) y José López Portillo (1976-1982), de corte populista, se quedaron con el último aliento progresista de la Revolución Mexicana y usaron a Cuba más como coartada que como estrategia de Estado. El ciclo neoliberal mexicano de Miguel de la Madrid-Ernesto Zedillo (1982-2000) le dio la espalda a Cuba y cerró el expediente gubernamental.
El Gobierno de Vicente Fox (2000-2006) le dio la puntilla a la imagen idílica de Fidel Castro en México: en una reunión de jefes de Estado iberoamericanos invitó al presidente Bush, pero le pidió --en términos poco diplomáticos-- a que Fidel Castro sólo viniera la ceremonia y se regresara de inmediato a su país, pronunciando aquella frase demoledora que el propio Fidel dio a conocer en una grabación clandestina de una charla con Fox: “comes y te vas”, y Fidel…, bueno, ya ni siquiera comió y salió del país.
El presidente López Obrador se ha movido en el espacio pantanoso de una simpatía progresista al simbolismo de Cuba, pero ya sin la figura de Fidel y con la burocracia controlada por Raúl incapaz siquiera de pedir favores: ha enviado petróleo barato y le ha dado empleo a médicos cubanos que carecen de trabajo en La Habana y que en México además ni siquiera pueden ejercer por falta de reconocimiento de licencia médica. El apoyo López Obrador se ha reducido a frases de simpatía hacia el pueblo cubano y a pedir que lo dejen en paz con su propio destino.
La crisis económica y situación de hambruna actual está representando ya el colapso estructural del régimen cubano: ya no le queda ningún país que le regale dinero o recursos al régimen de La Habana y entonces tienen que andar recolectando alimentos para niños y ancianos --supuestamente-- que desde luego no responden a las necesidades de mínimos de bienestar de los cubanos.
El consenso del pueblo cubano respecto a Cuba es todavía muy irregular: los cubanos no están renegando del régimen comunista, sino están pidiendo sólo mayores libertades de asociación y de protesta y un modelo tipo chino de mercado interno privado, pero se han topado con el mandato de la Constitución que señala que el régimen comunista de Cuba es ”irrevocable”, aunque cada vez se estén permitiendo mayores espacios mínimos de economía privada, sobre todo en pequeños puestos de comida, en intercambio de mercancías y en trabajo clandestino con pago fuera de las estructuras fiscales.
La reacción de la nomenklatura comunista de Raúl Castro y los últimos comandantes de la revolución --todos ellos alrededor de los 90 años e inactivos por enfermedades-- está revelando la falta de una respuesta política y estratégica de tránsito de Cuba a un modelo de economía mínima de mercado que reactive la producción intercambio de bienes y servicios y está dejando la impresión de que el régimen cubano, como se dice en México, se va a “morir en la raya”.
Cuba está en situación de colapso el régimen y el gobierno cubano y los propios cubanos carecen de una puerta de salida.
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