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DESDE ULTRAMAR

Tiempos de ocio: hablemos de El Zorro

Marcos Marín Amezcua
jueves 28 de marzo de 2024, 18:44h

La convergencia de sucesos no puede ser más propicia. Semana Santa del año del centenario en que se publicó como libro esa historieta por entregas que antes habíase publicado en 1919 y cuando en meses recientes se anunció teleseriada por enésima vez y que aún no he visto. Y dudo de si lo haré. Y como me gusta la historia de las Californias, el plato estaba servido para aproximarme al personaje.

El Zorro es una historia que me sedujo hace ya rato por su folklorismo y motivado a acercarme a ella al detectar un baturrillo de versiones y narrativas, baturrillo en temporalidad y secuencias, me dispuse a buscar el texto original, obteniendo una versión en papel editada en Buenos Aires en 2022 –similar a otra que hallé en Internet– tratándose sí, de una obra que descubre el hilo negro contando la historia de un bandolero metido a justiciero ayudando a los pobres contra los ricos opresores, pero esta vez entrebuscando servidorito la Leyenda Negra por si se asomaba o si solo se tratara de un simple entretenimiento. Es ambas cosas, con algunos interesantes sesgos, recovecos amañados no solo de la narrativa primigenia, sino de las intencionalidades confesas o entremetidas que no me resultaron extrañas una vez conseguido el ejemplar, leído con avidez y terminado, apenas. La mezcolanza de conceptos tales como México, España, anticipaba.

Su autor, Johnston McCulley, aparenta ser conocedor de la historia regional, amén de sospecharse el haberse inspirado en la vida de Joaquín Murrieta, el guerrillero defensor de los mexicanos que, una vez despojados de la Alta California (1848) ya como extranjeros fueron perseguidos y asesinados en su propia tierra – vida novelada por John Rollin Ride – intitulando McCulley a este, su primer escrito, como La Maldición de Capistrano –alusiva a la misión de San Juan de Capistrano (f. 1775)– sitio de uno de los primeros rifirrafes de El Zorro, según adujeron los personajes al mentarlo. Fue un escrito que posteriormente, fue retitulado como La máscara del Zorro, a raíz de la película muda filmada en 1920. Es muy buena, por cierto. Se afirma que está traducido a 26 idiomas. Murrieta fue resultado del coraje y la supervivencia mexicana. Si se habla español en esas latitudes todavía hasta hoy, aún con su pobreza lingüística, es de puro milagro y por una fuertísima capacidad de resistencia frente a la opresión anglosajona. Loable, sin duda.

El libro exalta la corrupción, la altanería, la fanfarronería hispánicas. Se habla de hidalgos, idealiza el romancero español, describe espaciosas casonas de nobles, servidas por miserables chozas de indígenas, poniendo en entredicho la obra misionera jesuita y después franciscana y dominica en las Californias. Mete a los santos y a Satanás en el habla cotidiana hispánica. Rebosa de estereotipos.

Ahora, la ambientación en “California”, citada solo una vez, es amañada, desde luego, y ahí empiezan mis asegunes. La temporalidad es otra pega que le pongo a la historia. McCulley no alude a un tiempo específico, al menos en esta primera obra. Raquel de la Morena dice que escribió casi 60 textos más. Desde que los yanquis despojaron a México de la Alta California, se aseguraron de rasurarle lo de “alta”, dejándola en ‘California’, mostrándola como única, apostando al olvido de la Vieja o Baja California, la primera de ellas y, acaso, la auténtica, renombrándola con desparpajo como simple “Baja”. Baja ¿qué? Hasta eso han robado. Si le quitas “California” pierde sentido el Baja y enalteces que solo hay una, la suya. Pues, va ser que no. ¡Vaya trampa! pero el tipo, más encandilado con la herencia hispana trastocada y remendada en la California yanqui que sabedor de historia, idealizándola, hace un revoltijo en que lo mismo enuncia el Camino Real de refilón, que igual asegura que hay haciendas y nobles. Le gana referir todo en clave de zalamería hispánica. Detalla una indumentaria carnavalesca y arcaica de los “nobles”, les refiere plata por doquier y siendo un libro donde tres veces nombra un Imperio, así dice, construido –implicando que no se edificó rápido ni es reciente– tal solo puede ser el español, ergo, y no refiere al periodo mexicano de California, aunque hay quien se empeñe en sostenerlo. No lo es en el texto primario. ¿Dejamos el batiburrillo en algo solo hispánico? No pue’ ser. Le resta encanto y seriedad, como le sucede a la peli que mete a Santa Anna en el relato o a Isabel Allende, cuando apunta al sujeto a la Guerra de la Independencia (1808-14) en España. El Zorro no da para tanto, pues, o convengamos que esto ya es una chorrada. Un cotorreo. Vea todo lo que aflora cuando uno se mete a escudriñar de manera puntillosa, incisiva. Es divertido, mas no deja de conturbar.

Que sí, que no es examen de Historia, pero discurre el relato en tierras que, supeditadas al virreinato de la Nueva España, eran españolas. Ahora bien, ni la vieja España ni la Nueva España son mencionadas. Del rey, ni sus luces. El gobernador se manda solo y los nobles –¡anda ya! la periférica y lejanísima “California” rebosante de nobles, really?– le ponen un cuatro y someten al gobernador, reciclando McCulley la imagen distorsionada y boba de las colonias inglesas y sus gobernadores “sujetos” a asambleas coloniales, como marca el mito estadounidense similar al Halloween u otras lindezas. Ya para qué me ahorro decirle que Diego de la Vega es El Zorro. ¿A qué no se lo imaginaba? Yo me quedé anonadado. Solo en su penúltimo combate, El Zorro dibuja ¡al fin! una “z” como distintivo y aunque no quiere matar a nadie, sí se chutó a alguien. Peccata minuta en un relato donde tres veces besa a la damisela –¡olé! ¡eso suma!– y que monta sobre su corcel entre “Reina de los Ángeles”, San Juan (de) Capistrano, Pala, Santa Bárbara, San Gabriel (¿de los Temblores?) y San Diego de Alcalá, sitios que dudosamente conservaban sus nombres extensos en la imprecisa época del forajido y en el habla popular. El gobernador vive en San Francisco de Asís, aunque tanto en la etapa española, como en la mexicana, Monterrey (Monterey, mal lo escriben hoy) fue la capital de la Alta California. ¿Otra peccata minuta? A estas alturas ya no sorprenden las licencias del autor, que cambia el apellido del persecutor Sargento García por González, que tan hispánicos le sonaron ambos apellidos para una región carente de nobleza y apellidos de gran alcurnia, por no pulular los “nobles” que asegura en su imaginario desbordado.

Solo en su penúltimo combate, El Zorro dibuja ¡al fin! una “z” como distintivo y aunque no quiere matar a nadie, sí se chutó a alguien. Peccata minuta en un relato donde tres veces besa a la damisela –¡olé! ¡eso suma!– y que monta sobre su corcel entre “Reina de los Ángeles”, San Juan (de) Capistrano, Pala, Santa Bárbara, San Gabriel (¿de los Temblores?) y San Diego de Alcalá, sitios que dudosamente conservaban sus nombres extensos en la imprecisa época del forajido y en el habla popular. El gobernador vive en San Francisco de Asís, aunque tanto en la etapa española, como en la mexicana, Monterrey (Monterey, mal lo escriben hoy) fue la capital de la Alta California. ¿Otra peccata minuta? A estas alturas ya no sorprenden las licencias del autor, que cambia el apellido del persecutor Sargento García por González, que tan hispánicos le sonaron ambos apellidos para una región carente de nobleza y apellidos de gran alcurnia, por no pulular los “nobles” que asegura en su imaginario desbordado.

A propósito, la narración en comento nació en 1919, cuando Estados Unidos ya se había zampado los restos del Imperio español, humillando a España, pero pervivía la insólita paradoja de alimentarse de un hispanismo folklorista que admira a España –¿iniciaría con Washington Irving?– y no tanto su obra americana, pero sí como si España fuera la auténtica y no lo dejado en América y solo la hubiera delimitada a la península Ibérica, sirviéndole esto de baza a los yanquis para impulsar instituciones como la Hispanic Society o enaltecer el Columbus Day, mas privándolo de toda referencia a España, pues Colón también se mandaba solo, ya sabe. Quisicosas de la narrativa yanqui, aún vigente. Ya para entonces, se había montado la Expo de San Francisco de 1914 y otra muy importante por regionalista y asaz folklórica, la de San Diego de 1915-16 que apelaba a rescatar el platónico pasado español de California. En ella, en el parque Balboa (nombrado por Núñez de Balboa, que jamás pisó las Californias) levantaron pabellones ilusionistas y de utópicas vecindades, escenográficos, con arcadas, soportales y campanarios simulados de tipo hispánico, propiciando el movimiento arquitectónico llamado revival español, proyectado luego en la Expo Iberoamericana de Sevilla de 1929, que idealizaba a su vez la arquitectura española plateresca y renacentista, extensiva a un recargado barroquismo de imitación. En ese contexto de impulso surgió El Zorro. Un héroe que, por lo visto, enfrentó a malas autoridades que relucen el abuso y su corrupción, aflorando, y que más que sacralizar la etapa que describen, la evidencian y, por fortuna, ya pasó, pues todo eso lo extirparon los yanquis dado que son estupendos. Qué listos en la narrativa falsaria de siempre.

Mas, no me crea. La obra de McCulley tiene dos notables méritos. Una relatoría ágil y bien secuenciada entre cada capítulo, entrelazándolos a todos. Y matar las posibilidades del personaje, cerrando su historia. La historia es sosa, pero entretenida. Léala. Estirarla como chicle, resultó excesivo. Su folklorismo no la salva del todo. Póngale guitarra española, un clavel entre los dientes y sombrero de ala ancha y ya está. Tal vez se trata solo de un regocijante divertimento. Sea, pues. Mas merecía regresarse a la obra original. Y no le dejo con la duda: Antonio Banderas fue genial, interpretándolo. Esa es otra historia.

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