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ESCRITO AL RASO

Germán Vega, los clásicos del Siglo de Oro y el Festival de Olmedo

David Felipe Arranz
lunes 01 de abril de 2024, 20:26h
Actualizado el: 04/02/2024 15:00h

A cierta edad uno va comprendiendo que ya no han de repetirse aquellos maestros y sus aventuras del conocimiento, y por eso precisamente somos conscientes de la suerte que hemos tenido. Uno de los sabios que más nos ha influido durante nuestros años de filología a finales de la década de los años noventa ha sido Germán Vega García-Luengos, que consiguió por entonces en todo su atractivo juego docente que nos interesáramos más si cabe por San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Bartolomé Torres Naharro, Gil Vicente, Lope de Rueda o los hermanos Valdés, cuyas ediciones en Cátedra, Castalia, Anaya o Clásicos Castellanos comprábamos con nuestros escasos ahorros universitarios. Nadie contaba el Renacimiento como Germán Vega; quien más se le ha asemejado, sin duda, por el relato y el entusiasmo ha sido el jesuita y poeta Emilio del Río Maeso (1928-2022) en el bachillerato del colegio San José, cuyas clases para adolescentes eran lecciones magistrales de literatura comparada entre Dante, Petrarca y Boccaccio. Es en el espacio vital de Valladolid donde se han cobijado estos impresionantes humanistas y en este remanso había como un reducto de vida literaria, que alcanzaba al centro histórico de la ciudad, donde está ubicada la antigua universidad y a cuyas aulas nobles acudíamos a escuchar, a tomar nota de todo, a disfrutar, en definitiva. “Nadie es perfecto, pero todos somos perfectibles” nos decía Germán con su sempiterna sonrisa.

Germán, en medio de aquellas ilustres piedras, era el profesor elegantísimo y secretamente sentimental, abnegado investigador y observador empático de sus alumnos. No era él el ominisciente y todopoderoso docente, sino que su poder –el de convicción– estaba en el mundo que él trabajaba cada día, pliegos, comedias sueltas o papeles varios que iba desvelando en la Biblioteca Nacional, que luego él describía en sus publicaciones, de Felipe Godínez, Luis Vélez de Guevara, Juan Ruiz de Alarcón y una pléyade de dramaturgos interesantísimos cuyas piezas iba descubriendo, redescubriendo e interpretando. Lo que pasaba es que Germán veía enteramente clara la filología hispánica y por eso promovía su amor por ella a sus discípulos. Me considero uno de ellos, porque él nos ha inculcado el pellizco investigador a las cosas, lo que está en el humanismo de alrededor y que aún se desconoce, pero que descansa ahí, esperando a ser descubierto. Germán nos llevaba cuando éramos chicos a las Jornadas de Teatro Clásico de Almagro, que organizaban el tándem prodigioso e imbatible de Felipe Pedraza y Rafael González Cañal y hoy coordina este con Almudena García González con impresionante éxito y acierto, que es una delicia acudir, aprender y disfrutar.

Cuando Germán aparecía en toda su apostura en el marco de la puerta, todo estaba en orden, todo se revelaba en una lectura apasionante, todos los cimientos de la literatura española se removían y ensanchaban con él: cuántos secretos de nuestros clásicos conocimos de su mano, porque era la hora de las verdades históricas e interpretativas, de la familiaridad con los mentideros de la Villa y corte, las obras coescritas por varios ingenios de tapadillo, las redomas en los corrales y otras anécdotas que ayudaban a comprender el contexto, primero de Carlos I y después de los Austrias, porque en los poetas, que es en lo que nos importaba, la España de ayer nos ayudaba a conocer la de ahora. Parecía como si la Universidad de Valladolid, bajo la vigilante protección de los leones de piedra, estuviese hecha de montones de libros de caballerías y de comedias, de legajos y noticias secretas y no tanto, una torre de marfil maravillosa en la que algunos nos refugiábamos para salvarnos de la enfermedad de la ignorancia, la intolerancia o el vacío existencial, con unos canalones de lluvia interior de cultura, que nos mojaba y hacía soñar.

La cátedra de Germán en aquel aulario mítico de la vieja universidad a orillas del Pisuerga le permitía tener membrete con señorío, y aún así nos dio cobijo, disfrutando del olor a caliza húmeda entre paredes de honradez a la par que escuchábamos sus charlas todos los que hasta allí acudíamos, en aquel obraje a medio hacer que es todo proyecto de hombre y de mujer universitaria, mirando el gran enigma de la literatura con el mismo secreto de la rebeldía que nos anima hoy y que él, ahora hecho paladín de las humanidades digitales con su máquina Stylus, con el auxilio de otro de sus avezados discípulos, Álvaro Cuéllar. También le ha dado tiempo a Germán a fundar el Festival Olmedo Clásico en la Villa del Caballero, que coordina desde el año 2006, y les garantizo que es una celebración en la que uno se siente muy a gusto, comprendiendo que la triquiñuela de las humanidades es el vivirlas, atrapar el instante mientras este se pasa. No necesita más honores porque Germán es hombre discreto, pero esta columna la rubricamos de corazón, en nombre de todos los que fuimos un poco mejores gracias a su magisterio y ejemplo; y este es el pupilaje, en definitiva, de sus estudiantes, en esta época de estrecho respeto por la cultura, por las letras, que tan bien él representa, para que siga luciendo, más o menos solitaria, la luz del alma de los clásicos mientras nos alcance el aliento.

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