Se acerca el final de la Semana Santa con un tiempo espléndido, una bendición de lluvia abundante para una tierra costrosa y sedienta. Al fondo se dejan oír tambores de guerra, que se abren paso sobre saetas y tamborradas pascuales. El enorme silencio de la última noche, la alborada de la Resurrección, dan al aire lustral de estos días la profundidad de un incalculable misterio. Llueve sobre nosotros como si lo mereciéramos y el Señor hace nuevas todas las cosas.
El mundo, sin embargo, perdió hace tiempo el último elemento de inocencia, la imprescindible punta de confianza que permite sostener una vida humana. La pestilente vida social y política, la profanación de nuestra olvidada dignidad, la prostitución de la verdad, hacen irrespirable la atmósfera del presente. No encontrarán en las pantallas radiantes el menor eco de la voz, y la artificialización de las inteligencias no permite discriminar realidad de apariencia. El gobernante con la sonrisa más artificial que hayamos conocido acumula en torno a sí defensas institucionales: consejos de estado, judicatura, medios de comunicación… para acometer una mutación política sin paragón y ruega a los líderes ultrapirenaicos que no utilicen la palabra “guerra”. El promotor de la discordia en nombre de la paz, del escándalo en nombre de la convivencia, de la derrota anticipada en una batalla rendida, no quiere que se hable de guerra. Nada – más que esa petición de silencio – nos induce a pensar en la inminencia de esa guerra.
El gran fracaso de esa Europa salida de las cenizas de 1945 podía verse a distancia. Dispuesta sobre los mismos principios que habían concluido en una guerra absoluta eran de esperar las mismas conclusiones. El resultado venía siendo señalado por los más capaces.
España – promotor fracasado de un proyecto de modernización opuesto al históricamente cumplido – no participó en las dos grandes guerras del siglo XX, aunque puso un dolorosísimo prólogo a la segunda guerra mundial. La crisis de la modernidad europea entre 1968 y 1973 no afectó a España – recordaba Aquilino Duque – por la razón sencilla de que semejante modernidad no existía propiamente en España. Pero pronto nos veríamos inmersos en esa estructura aporética y trágica que es la Unión Europea, porque España se incorporó a esa modernidad de Occidente “cuando ésta se hallaba en plena descomposición y en pleno descrédito, en plena crisis”.
Durante décadas hemos nadado en las aguas de un infame papanatismo europeo. En las aguas de un pantano en el que se nos conduce a un ocaso sin mañana. Cualquier alusión a una forma de modernidad opuesta a la modernidad realmente existente ha sido estigmatizada como extrema. Ya sea la extrema izquierda que la propaganda situaba próxima al orden soviético, ya sea la extrema derecha que la propaganda situaba próxima a la nostalgia de la dictadura.
No daban para más las oscurecidas luces de nuestros maestros del pensar. No en vano, los hegemónicos expertos en la cosa pública rompieron con la tradición de la escuela española de filosofía política de postguerra y prefirieron agarrarse al frágil madero del pensamiento ultrapirenaico. Muy pocos, entre los que destaca la figura magistral de Dalmacio Negro, preservaron esa respetable tradición académica. La perspectiva de la filosofía europea es, sin embargo, ajena a esa España extravagante que se resistió a integrarse en su mundo moderno y postmoderno.
Cuando finalmente España se incluya en esta modernidad triunfante, trataremos de entendernos en los términos de la moderna filosofía europea, precisamente aquella frente a la se presentó históricamente como un potente baluarte la propia filosofía española. Todavía hay que escuchar como Pérez Reverte nos acusa de promover la Contrarreforma y de no habernos afrancesado hasta los tuétanos. Y estos son los españoles rotundos, incapaces de ver – pese a su experiencia directa – los efectos demoledores de sus reformas y sus ilustraciones.
En 1999 Gustavo Bueno hizo saltar las alarmas con un magnífico libro que enfrentaba España a Europa, pero las raíces de esa posición son muy anteriores. Valera pudo decir de Menéndez Pelayo que antes de él no nos conocíamos, pero ¿quién conoce hoy en España a Menéndez Pelayo? Pongo aparte a unos cuantos, entre los que clama el incorregible Agapito Maestre que – tras escapar de la nebulosa frankfurtiana – lleva cuarenta años midiendo España y dándonosla a conocer.
He citado un pequeño contingente, pero irreductible, al que la injusticia de la historia fáctica trata de llevar al populoso continente del olvido… un honor que hoy comparten con la misma verdad. Tras este mínimo grupo se alista uno más amplio y prometedor.
Tras la lluvia aparece un sol alucinante, como si el mundo estuviera una vez más a punto de nacer.