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TRIBUNA

Los enemigos de Ratzinger y Bergoglio

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 05 de abril de 2024, 19:47h

Joseph Ratzinger y Jorge Begoglio fracasaron como Papas, a pesar de ser dos grandes hombres. Si nadie se salva solo; esto es, ni como individuo aislado, ni por sus propias fuerzas, tampoco uno solo puede salvar la iglesia de Cristo aunque sus fuerzas sean titánicas; sin el compromiso de una mayoría de miembros de la Iglesia, ésta no podrá cumplir la función que Cristo le encomendó. En su primera exhortación a todos los obispos y en sus primeras cartas apostólicas en forma motu proprio el gran Benedicto XVI manifestó sus intenciones; volver a llenar la Iglesia de belleza, de verdadero arte, de música de alta cultura, de latín, así como regresar a la gran ilustración teológica y expulsar de la misa la música chocarrera y vulgar. La gran referencia moral de la Iglesia para el mundo, así como su propuesta de esperanza y salvación de nuestro hermano Jesucristo, tendrían más éxito si mantenía, como la había tenido en los siglos anteriores, su significado de baluarte cultural, de faro de cultura, belleza y buen gusto. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso estético. Pero este gran Papa fracasó estrepitosamente. La “basca” clerical no tenía la más mínima intención de esforzarse por alcanzar dicho objetivo. Con razón el Papa Francisco ha sostenido siempre que no se puede llenar los seminarios con cualquier tipo de motivaciones, y menos si éstas se relacionan con inseguridades afectivas, búsquedas de formas de poder, glorias humanas o bienestar económico. Bergoglio también expresó sus intenciones y objetivos en el Papado con su primera exhortación, la Evangelii Gaudium. Todo su programa religioso de su papado se encuentra en este texto parenético, fundamental para entender qué quiere Bergoglio de la Iglesia. De entrada, el Papa Francisco pretendía una evangelización que aspirase a conquistar las periferias de nuestro mundo, sobre todo las más dolientes, alcanzar con las palabras de Jesús los núcleos más profundos de las ciudades. Pero para esta conquista ecuménica para Dios había que cambiar por completo el modo en que se estaba y se está llevando el cumplimiento de esta misión sagrada. Percibía con valor que “los obreros” de la Iglesia desarrollan una psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo. Percibió que en algún sector importante de la Iglesia – y de la sociedad – crece el aprecio por diversas formas de “espiritualidad del bienestar” sin comunidad, que responde a una “teología de la prosperidad” sin compromisos fraternos y que seducen hacia una búsqueda interior inmanentista y una mundanidad espiritual sin ninguna fraternidad mística. ¿A quiénes se refería hace once años el Papa cuando hablaba de un neopelagianismo autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se siente superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado? El Papa Francisco veía con aprensión las asociaciones de cristianos tocadas por un elitismo narcisista y autoritario. Porque esas asociaciones cristianas, soberbias y encerradas sobre sí mismas, apresadas por su confortable religiosidad y cómoda piedad, no saldrán nunca realmente a buscar a los perdidos ni a las sedientas multitudes sedientas de Cristo. En ellas ya no hay fervor evangélico, sino el disfrute espurio de una autocomplacencia egocéntrica. Suponen para Bergoglio una tremenda corrupción con apariencia de bien, una apariencia religiosa vacía de Dios. En realidad, de alguno de estos grupos, con gran poder económico y político en la sociedad, se puede decir que más que pertenecer sus miembros a la Iglesia toda, con su rica diversidad, pertenecen en exclusiva a su carisma, que se siente diferente y especial. Ningún discípulo de Cristo puede pertenecer más a su carisma que a la propia Iglesia. Además, los cristianos necesitaremos siempre escucharnos unos a otros y complementarnos en nuestra captación siempre parcial o mundivisión particular de la realidad de Jesús. Ya decía Santo Tomás de Aquino: “Lo que falta a cada cosa para representar la verdad divina es suplido por las otras”. Y según San Atanasio con la espada no se proclama la Verdad, sino con el consejo, la conversación y la persuasión. La Iglesia no es una aduana a la que se entre tras un riguroso examen de pedigrí; es la casa paterna en donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas. Los tiempos de la imposición de la verdad, los tiempos del “Decretum Gelasianum” ya han pasado felizmente. Por otro lado, el gran objetivo del Papa Francisco en sus inicios fue la descentralización de la organización de la Iglesia, entendiendo las jerarquías eclesiales más como función que como poder del grupo. Esta generosa idea ha fracasado por completo ante el sínodo alemán, y otras iglesias locales que se han subido al monte, lo mismo que algunos cardenales que han respondido a la bienintencionada descentralización papal con un centripetismo que no quiere recordar el magistral “Evangelii nuntiandi” de Pablo VI. Del mismo modo, Su Santidad consideraba que en la Iglesia las funciones no dan lugar a la superioridad de los unos sobre los otros, porque cuando hablamos de la potestad sacerdotal nos encontramos también en el ámbito de la “función”, y no de la dignidad ni de la santidad. Toda esta apertura de la más alta jerarquía de la Iglesia no se ha entendido siempre bien, ni por unos, ni por otros, y ha creado y está creando peligrosas desavenencias que podían terminar en escandalosos cismas. ¿Pero es que la Iglesia de los primeros tiempos no eran una asamblea, una verdadera Ekklêsía, por usar el término central de la Democracia Clásica, en donde todos sus miembros, por distintos que fuesen sus pareceres, recibían acomodo? Los dogmas han ido llegando despacio, a través de un divino acrisolamiento histórico en el que el Espíritu Santo ha insuflado su gracia y sabiduría al colectivo asambleario. La Iglesia debe ser consciente de que se llama Iglesia, y casi siempre fue ekklêsía hasta el emperador Teodosio. Si Ratzinger y Bergoglio no han creído demasiado en los cristianos adultos del mundo contemporáneo, sí que siempre han creído en la esperanza que nos trae siempre la juventud cristiana. “¡Qué bueno es que los jóvenes sean “callejeros de la fe”, felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra!” La dictadura globalista, integrada por masones, pretende encontrar la solución a la oposición de algunos cristianos y a la dignidad de la naturaleza humana en una religión que “nos tranquilice” y nos convierta en creyentes domesticados e inofensivos. De ese modo el evangelio no molestará el poder insaciable de tal dictadura oligarca. En realidad el Espíritu Santo sabe elegir en cada momento a los mejores como pilotos de la Iglesia, aunque estos aparentemente parezcan fracasar en su reinado. Lo malo es que no suele soplar sobre otras realidades, como la de la elección de los gobiernos. Aunque quién sabe…

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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