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LETRAS, CEROS Y UNOS

Literatura de lo inverosímil

domingo 07 de abril de 2024, 18:52h

Comienza abril, el mes en el que la gente suele acordarse de los libros y comprar más ejemplares que en otros meses. Libros que, en el mejor de los casos, son leídos o bien, pasan a formar parte de la torre de pendientes de lectura para cuando tengamos tiempo, es decir, para nunca jamás. Pasear un veintitrés de abril por las calles del centro es encontrarse con la literatura en modo fácil. Esos libreros sonrientes que venden mercancía flamante, brillante como el pescado fresco, con sus portadas en cuatricromía y su papel de ciento treinta y cinco gramos y la masa agolpándose ante los mostradores buscando el último libro de “el de la Reina Roja, el José Luis Jurado ese”. Es imposible no comprar porque significa salirse del rebaño donde siempre estamos cómodos.

Pero yo, que soy retorcido en todo lo que se refiere a lo literario, prefiero enamorarme de lo sutil, de lo poco evidente. Voy con mi hijo al oculista y encuentro en un rincón de la mesa de la doctora un libro, un pedazo de tochote. Tomo nota mental del título, “El pacto del agua”. Me informo de que es una historia ambientada en la India en el siglo XX, que trata de la relación de una familia con el líquido elemento y que en el relato se ofrece una visión deliciosa de las costumbres de un país muy desconocido para mi como es la India. Ya viajo con la protagonista, Big Amanchi, a conocer a su futuro marido que le cuatriplica la edad y al que no aún conoce.

Otro ejemplo: una compañera del mundo literario con la que tuve, en sus tiempos, una polémica “por un palmo más de tierra literaria” me manda un WhatsApp tras cinco años de silencio en la red. Me pregunta si tengo yo su ejemplar de Las armas y las letras de Trapiello. Ni lo tengo ni sé de qué libro me está hablando. Un paseo por mi librería de referencia me saca de dudas y me quita doce euros que pago por un ejemplar en edición bolsillo con seiscientas cuarenta páginas que ya he devorado en apenas una semana. Si esta compañera de la trinchera de enfrente no me hubiera preguntado por este libro no hubiese llegado a él, y mi pregunta es: ¿lo habría hecho si me lo hubiera recomendado un amigo del alma?

Les pongo un último ejemplo de literatura donde es extraño encontrarla. Ya saben de mis andanzas en el gimnasio y mis treinta y dos burpees de rigor. He escrito un opúsculo poético basado en las Olímpicas de Píndaro pero situado en la actualidad, con el chundachunda de los macro gimnasios actuales y toda su liturgia de un técnico de actividades dirigidas para cincuenta y dos usuarios. A una de estas monitoras, Montse, le regalé en su momento una antología de Lorca ya que para mi ella y su buen hacer eran pura poesía en movimiento. Al día siguiente me dijo que se lo había leído del tirón la noche antes, supongo que pillándose un buen empacho de multiplicaciones y sangre de pato, lunas en la fragua con su polisón de nardos y mariposas del aire que siguen ahí, ahí. La poética que puede encontrarse en lugares en principio no concebidos para ello me produce una deliciosa sensación de disrupción y de cierto gamberrismo literario.

Tómense esta columna como una soflama para el activismo cultural. Pongan poesía y literatura donde no debería haberla. Escriban haikus con el dedo en el vaho de la parada del autobús, metan en el casillero de su enemigo del trabajo una égloga pastoril o escriban un fanzine autopublicado y maquetado con tijera y pegamento Pritt. Sean, en definitiva, como esos hombres-libro de Fahrenheit 451 y compartan el tesoro inagotable de la literatura con un punto canalla: celebren el Día del Libro todos los días menos el veintitrés de abril.

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