En La caída de Robespierre. 24 horas en el París revolucionario, el historiador Colin Jones, presenta un recorrido exhaustivo por las últimas 24 horas de vida de Robespierre en plena época de la Convención durante la Revolución francesa. Un relato que va deshaciendo, capa a capa, hora a hora, los momentos finales en la vida de Robespierre, con un escenario de fondo inmejorable para la lectura: el París revolucionario.
Colin Jones, comparte con Louis-Sébastien Mercier, escritor, periodista y político del siglo XVIII, la importancia de los detalles pequeños para seguir y entender la Historia y la necesidad de analizar el curso de la misma “desde cerca”, como única opción para comprender el devenir de los acontecimientos. Por ello, se van recreando las últimas 24 horas de vida de Robespierre y, con él, se presenta un desfile de personajes fascinantes sin los que es imposible entender este momento en la historia de la Francia revolucionaria conformando un contexto, que a veces parece rozar la ficción por lo espectacular de sus acontecimientos.
Para llevar a cabo la composición de este relato, el autor ha desarrollado una exhaustiva labor de investigación donde ha recogido todo lo escrito sobre ese día, el 27 de julio de 1794 o 9 de termidor del año II, según el calendario revolucionario, y que le ha servido de punto de partida para la composición de cada una de las horas en las que está dividido este libro. Como apunta Jones, es difícil hallar otro día de todo el siglo XVIII sobre el que las fuentes sean tan abundantes y enjundiosas. Sorprendentemente, hay casi doscientas micronarraciones de, al menos, parte de aquel día desde lugares privilegiados de toda la ciudad. Muchas de ellas se dividen, incluso, en periodos de un cuarto de hora (pág. 24).
A través de cada página, vamos conociendo al personaje principal que protagoniza la acción: Robespierre al que llamaron “El Incorruptible”. Frío, hábil, calculador, desconfiado. Era un desconocido abogado de Arrás cuando, en 1789, fue elegido como diputado de los Estados Generales por la provincia de Artois. Nadie imaginaba, entonces, el futuro que le esperaba y cómo su destino estaba unido, indisolublemente, a la historia de Francia. Para sus coetáneos era “capaz de hechizar a los oyentes de uno y otro sexo permitiéndoles vislumbrar un mundo mejor y más justo. Cuando se suelta su retórica (poseía) un poder hipnotizante y casi mágico que ningún otro político puede igualar” (pág. 58).
Pero junto a la figura de Robespierre hay otro protagonista que se va mostrando poco a poco a lo largo del libro: París, convertido en epicentro revolucionario y, en ese momento, llamado a cambiar el destino no solo de esa nación sino de Europa. De este modo, es especialmente interesante cómo Colin Jones va describiendo la ciudad y sus habitantes creando el cuadro que enmarca la acción. “Los parisinos de a pie tienen que contentarse con arenque en salazón y verduras, en tanto que los ricos engullen salmón y lucio, y los restaurantes de lujo sirven gallina de Guinea, paté, jamón y pavo. Mientras que los pobres hacen cola con paciencia, los adinerados acceden a los proveedores privados del mercado negro o frecuentan restaurantes donde puede ingerir alimentos para una semana pagando en metálico unos precios altísimos”, (pág. 144) narra el autor.
En resumen, la obra de Jones permite acercarnos a un tiempo fascinante por medio de una figura de la Historia igualmente atractiva. Robespierre, con sus luces y sus sombras, va apareciendo en este libro poco a poco, desgranando cada uno de los aspectos más definitorios de su vida mientras se narra qué sucedió y por qué en sus últimas 24 horas de vida. El 9 de termidor sigue siendo uno de los principales hitos en la historia de la Revolución porque, como dice el autor, “en cierto modo, la caída de Robespierre fue provocada por él mismo y constituyó su mayor contribución a la democracia” (pág. 504).