www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Epidemia cerebral

lunes 08 de abril de 2024, 20:17h

Oriente calca mal a Occidente. En su metodología no precisamente inventada han pervertido y exagerado el mensaje inicial. Los medios –antes las televisiones y sobre todo ahora, a través de internet– violan las mentes infantiles de las poblaciones que se contentan con eso: con ser gudaris del Estado y con parecerse, aunque sea en algo, a los habitantes de Santa Mónica, con una diferencia abisal: a los de allí les siguen haciendo series mientras que a los de aquí les siguen obligando no sólo a visionarlas sino a pagar por ellas.

Esta mañana tomaba un café, como ya es un hecho habitual tras años sometido a las taquicardias de la cafeína, en uno de esos espacios que también se copiaron mal. En el mismo, muchas mesas y sillas del Ikea donde las nuevas generaciones, vestidas con jeans y camisetas de Amancio Ortega, toman cafés estrambóticos –con leche condensada y pulpa de maracuyá; con hielo, jarabe de fresa y pepino– mientras todos, repito, todos, revisan sus móviles y/o portátiles. En contraprestación, yo bebía un café americano, tratando de no solapar la riqueza de los granos traídos desde Kintamani, una de las zonas más altas de Bali, mientras leía a Séneca: toda una alegoría de un tiempo pasado que seguro que fue mejor.

Y lo hacía sobre lo más parecido a una barra, teniendo en cuenta que en Asia no las hay salvo en casos muy excepcionales, léase restaurantes y bares japoneses o espacios que dicen ser occidentales. Vaya, que en Indonesia ni en el resto de países asiáticos, excepto Japón, se trabaja la barra como la entendemos en España. Ni por asomo. Pero como en ese negocio donde consumía y leía tenían que colocar la cafetera y la caja registradora en algún sitio, yo me aproveché de tan clásico espacio para, simplemente, poder apoyar mi café mientras paladeaba el mismo analizando al grande e irrepetible Séneca realizando leves paseos entre el jardín, aún no repleto de clientes, y aquella barra sin taburetes.

Pues bien, mientras mi café estaba entre ambas máquinas, un joven local, vestido de forma moderna, muy occidentalizado, se acercó a la caja registradora a pedir la cuenta. Yo le ignoré todo lo que pude hasta que se dirigió a mí. Normalmente en Asia la gente se dirige a ti para practicar su inglés, darte los buenos días, sonreírte… por curiosidad y educación. Sobre todo, en Ubung, un distrito de Denpasar, la capital de la violentamente turística isla de Bali, donde hay menos extranjeros por metro cuadrado que en Teherán. Decía un par de renglones más arriba que los nativos tratan de darte conversación por educación, cuando en este caso fue por todo lo contrario, ya que una persona ensimismada en su lectura no debe ser jamás molestada salvo por peligro de tsunami tras profuso terremoto. Pero él lo hizo. Se inmiscuyó entre mi Séneca y su propaganda: “Si deja el café aquí es muy posible que se contamine de virus: es peligroso”.

Aquella frase se coció en mi cabeza con mucha más violencia que los mejores pensamientos del intelectual romano. Y claro, tuve que cerrar el libro y enfrentarme a aquella situación. Porque tras seguir hilvanando frases cortas, el muchacho me dejó picueto. En resumidas cuentas, dejar un café en la barra, cerca de otras personas, podría provocar el contagio de algún virus, y quién sabe si generar una epidemia que comenzaría siendo local para acabar llegando hasta el último rincón de este mundo. He dicho que el café tuve que dejarlo durante años por las taquicardias que me ofrecía, pero aquellos consejos de aquel lego lampiño me erizaron hasta la femoral. Y tuve que contestar, no precisamente a la altura de Séneca: “Debería dejar de ver la tele y de tragarse todo aquello que le cuentan. Ahí afuera hay tres millones de motos, dos de coches y cien mil camiones. Preocúpese más por sus pulmones”. Por si no lo saben, la densidad de tráfico en Bali es tan alta que tratando de ser exagerado seguramente me quedaría muy corto.

En otras épocas, y sobre todo si en vez de café hubiera estado bebiendo vino, habría cerrado la conversación con el ya clásico, “llevo follando sin condón desde los veinte años y aquí me tiene, vivito y coleando”, pero no quería seguir abriendo puertas insondables por su incapacidad previsible para debatir. Tras mi réplica sonrió y se fue. Sin mascarilla, por cierto, lo cual terminó de confundirme: ¿cómo alguien que va por ahí sermoneando en base a virus y epidemias mundiales lleva el boquino al aire? Hace unos meses tuve también mis más y sus menos con un tipo que con dificultad alcanzaba el metro sesenta y que vestido de golfista salió de su coche gigantesco para reprobarme el que mientras repostaba gasolina en mi moto estuviera trasteando con el teléfono. Porque la gente piensa de verdad que si envías un mensaje dentro de una estación de servicio la ciudad entera podría salir volando por los aires.

Sin duda, la esperanza de vida, que mejora, tiene que ver con el exceso de propaganda, que algunos imbéciles camuflan en conocimiento. Que querría yo ver al paleto de nuevo cuño que pensaba que mi vida por mi café contaminado corría peligro, atravesar esos maravillosos bares del País Vasco que terminan en gigantescas barras donde cientos de pinchos respiran el mismo aire que la inmensa aglomeración de personas que chillan y se carcajean con la boca abierta. Alguien debería poner coto a los que creen que la felicidad sólo tiene que ver con seguir cumpliendo años. Porque la pandemia, sin duda alguna, ya es cerebral. Y sobre esa nadie de las teles ni los gobiernos es capaz de advertirnos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(1)

+
0 comentarios