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TRIBUNA

El chotis del regidor

Juan José Vijuesca
miércoles 10 de abril de 2024, 18:17h

Mi visión del mundo del colorín es casi nula. No es mi recreo ni mi fuerte lo de entablar proximidad con lo que se cuece en los ajenos actos reservados para bodas, bautizos o puestas de largo. No tengo visión periférica para distinguir una tela de rafia, satén o seda, por no incidir en esas denominaciones de extraños conceptos que se utilizan para definir trajes, vestidos o tocados que tanto regusto provoca en los entendidos en la materia. Es otro mundo con su estilo y su gozo por lo vistoso, el encanto y los asimétricos modelos de corte y confección.

La vida para algunos es un espectáculo de luz y de color y tiene su público para verlo en directo con tal de no perderse el jolgorio carmesí cargado de lacas y aderezos, pero sin probar bocado a baja tempura, porque no suele ser costumbre de los organizadores. España es un vergel para el chismorreo que dicho sea no está en extinción ni mucho menos. Creo que es un fenómeno al alza, lo que viene a significar que la cosa generacional se expande merced a quienes heredan el usufructo vitalicio de ese hueco de calle situado por detrás de las vallas de seguridad para no perder ripio del acontecimiento en cuestión.

Hasta aquí la parte magra, que no pretende deslucir el buen fin del enlace. Me paso a la parte más amable del evento. Diría incluso que se agradece este tipo de acontecimientos cuando los principales actores rompen el corsé de lo estricto y nos hacen partícipes de su felicidad. Como ya es del dominio público el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida se ha casado con Teresa Urquijo, haciendo ambos de su capa un sayo y se lo han pasado de cine con propios y ajenos. Un chotis nupcial mal bailado, con una puesta en escena tan desinhibida como la ofrecida, es siempre un guiño hacia la ranciedad de los muchos modorros que se trabucan en su mundo de ficción y amargura, porque de cualquier cosa, menos de su grisácea estupidez, son incapaces de doblegarse ante el desenfado de quienes vestidos con buena costura son capaces de festejar su felicidad e incluso de reírse de ellos mismos sin cortapisas y con gracia altanera.

El señor regidor de Madrid y su amada doña Teresa Urquijo, que merecen todo mi respeto, se han casado porque son los únicos dueños de su propia voluntad en hacerlo como ellos han querido y dispuesto. Pero claro, las redes sociales han acudido en masa a la deshonra de una causa tan natural como lo es, siempre ha sido, y si la libertad de elegir entre dos personas así lo decide, pues lo seguirá siendo casándose por la iglesia, en canoa por el Nilo o por el rito zulú. Sin embargo, a la franquicia de los tontos nada les complace cuando los actores no son de su cuerda y lejos de evolucionar en jovialidad hasta les amarga la dulzura que desprende el sentido del humor respetuoso y bien definido.

La zafiedad es preocupante mientras haya quienes pretendan convertirla en dogma de fe. Los impulsores adoran a la siniestralidad y al riguroso resentimiento, que como es sabido es el deslustre de cualquier jocoso festejo o seria eventualidad. Saber reír está dentro del argumentario de lo bello e incluso de lo más saludable por aquello de la cantidad de músculos faciales que intervienen en el proceso; pero para quienes se alimentan de añejos rencores, difícil empresa ésta, pues la envidia y el odio van siempre unidos por la falta de valores.

Así pues, nos queda la belleza del humor y también lo sublime de una ilusión entre dos personas que han apostado por un proyecto feliz como cualquiera en su lugar. Otrosí es cuando se apagan las candilejas de los fastos y nos encontramos con una España apoyada en el quicio de la quiebra política, social, y económica. Pero eso para después.

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