Los melómanos de estos tres últimos siglos —contando con éste, aún incipiente— seguramente hayamos escuchado el folclore español más de lo que nos imaginamos en distintos conciertos, ballets, sinfonías, óperas o zarzuelas. Y es que, desde el s. XIX, fue habitual la comunicación entre compositores de aquí y de allá. Existió un evidente interés por la música de nuestro país, siendo la de sus diferentes regiones objeto de adaptación en culturas tan diversas como la francesa, la alemana o la rusa. La idiosincrasia sonora española resultaba igual de exótica para estas naciones como la oriental, por poner un ejemplo —sólo hace falta recordar obras como Lakmé (Léo Delibes, 1883), Madama Butterfly (1904) o Turandot (1926), ambas de Giacomo Puccini.
De entre nuestras fórmulas musicales utilizadas con reiteración por los compositores extranjeros —y españoles—, estaba la jota aragonesa. Ésta fue empleada por autores tan diversos como nuestro Manuel de Falla —la famosa Jota de Siete canciones populares españolas (1914) o la Jota final de su celebérrimo ballet El sombrero de tres picos (1919)—, Mijail Glinka —Jota aragonesa (1845)—, Franz Liszt —Folies d’Espagne et Jota Aragonaise (1863)—, Georges Bizet —que introdujo la Aragonaise como parte de su ópera Carmen (1875)—, Moritz Moszkowski —Spanische Tänze (1876)—, Emmanuel Chabrier —que la utilizó para su rapsodia España (1883)—, Gabriel Fauré —cuyo Le pas espagnol forma parte como jota de su suite de piezas para piano Dolly (1896)—, Alexander Glazunov —que se vale de este baile para dar forma a su Grand pas espagnol en el ballet Raymonda (1898)—, Maurice Ravel —que se basa en la jota para componer Feria, el último movimiento de su célebre Rapsodie espagnole (1908)— e, incluso, Gustav Mahler en su Comodo-scherzando de la Sinfonía nº 3 (1902) —y que recuerda al tema empleado por Liszt en la obra mencionada— o Serguéi Prokófiev en su Concierto para violín nº 2 —cuyo aire jotero es más que evidente, y que fue estrenado precisamente en Madrid en 1932—.
Sabemos que buena parte de estos compositores, aunque no pisarán suelo español, se basaron en obras de autores españoles e incluso en libros que recopilaban modelos de “aires españoles” para este trabajo —el caso del libro Ecos de España del compositor madrileño José Inzenga—. No obstante, apenas se sabía con exactitud cómo había tenido lugar la difusión internacional de la jota en el s. XIX.
Por fortuna y desde hace unos años, la pianista, directora, profesora, investigadora y excelente divulgadora madrileña Marta Vela lleva realizando una meritoria labor de estudio en torno a este ámbito con excelentes resultados que han fructificado en sorprendentes hallazgos contenidos en tres libros: La jota, aragonesa y cosmopolita: De San Petersburgo a Nueva York (2022), La jota, aragonesa y liberal: Zaragoza, Madrid y París (2024) —ambos publicados por Pregunta y con prólogo del poeta Miguel Ángel Yusta— y Jotas cosmopolitas de Aragón: de Florencio Lahoz a Pauline Viadot García (2024) —Institución Fernando el Católico—. Entre sus hitos, destaca el descubrimiento de la figura de Florencio Lahoz y Otal como principal artífice de la dignificación de la jota. En su villa natal de Alagón comenzaría sus estudios musicales de la mano de su padre, continuándolos después en Zaragoza hasta comenzar a concebir sus propias partituras. De su labor como compositor, destacar precisamente la recuperación de la jota popular fijándola en obras como Nueva jota aragonesa. Aquí surgirían los temas que, según la tesis de Vela, servirían de inspiración a posteriores compositores. Además de los citados y previo a ellos, resulta más que probable que otro compositor español de renombre, el alavés Sebastián Iradier, tomase “prestadas” las ideas musicales de Lahoz para incluirlas en obras de inspiración jotera con ligeras variaciones. Del mismo modo, la cantante de ópera y compositora francesa Pauline Viardot García —además de hermana de la otra famosa cantante María Malibrán— compondría sus propias jotas añadiéndoles la estética del bel canto, bajo la influencia primigenia de los trabajos de Lahoz. ¡Incluso Falla habría podido tener como referencia —sin saberlo— a éste aragonés en la composición de su jota de las Siete canciones!

De todo ello dio pormenorizada cuenta Vela la tarde del pasado martes 9 de abril, en la sede de la madrileña Escuela Superior de Canto. Un acto con aforo completo presentado por la locutora de Radio Clásica Clara Corrales, y que combinó la proyección del documental La jota, aragonesa y cosmopolita —escrito y dirigido por la propia investigadora—, la conferencia y la interpretación de un conjunto de obras de Lahoz, Iradier, Viardot y Falla —en su mayoría inéditas, a cargo del alumnado más brillante de la Cátedra de Judith Pezoa y el pianista Elías Romero—. Acompañada por Carmelo Artiaga —Presidente de la Academia de las Artes y el Folclore de Aragón, cuya valiosa labor busca hacer posible que la jota sea declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco—, Carlos Bonal —director general y artístico de Muribalta, Festival Música, Patrimonio y Gastronomía Ribera Alta del Ebro— y el citado Yusta, Vela no pudo evitar la emoción durante un acto de gran trascendencia simbólica. Quien aquí escribe —que estuvo en el patio de butacas durante el acto, invitado por su anfitriona—, asegura haber visto a Vela, desde su posición discreta durante la interpretación de las canciones, cantando a sottovoce cada una de las piezas, que se sabía de memoria —entre ellas, además de la citada de Lahoz, La jota de los estudiantes de Viardot o La jota de las avellanas, Juanita y La jota de los estudiantes de Iradier. Instantes bien emotivos que daban perfecta idea de lo que suponían para ella.
No era para menos. Cuando le tocó el turno a Yusta —que trató de hablar lo mínimo posible dada su humildad—, no dudó en calificar aquella “puesta en escena” de “velada histórica”. La jota volvía a brillar o, mejor dicho, se la situaba en el digno lugar que siempre le había correspondido. Su valor artístico histórico y artístico estaba por encima de las imágenes del “cachirulo” y la “bota” —elementos característicos del Aragón más popular—, como diría el escritor zaragozano. De ello, había sido testigo el teatro neobarroco del Palacio Bauer. Quienes estuvimos allí, lo sabemos. Aunque todavía queda mucho por hacer —ni siquiera sabemos aún cómo era el rostro de Lahoz, en palabras de Vela—, éste es un magnífico inicio y desarrollo. Por mi parte, solo me queda decir: ¡Viva la jota y viva Aragón!
