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Novela

Jorge Franco: El vacío en el que flotas

domingo 14 de abril de 2024, 22:43h
Actualizado el: 14/04/2024 22:54h
Jorge Franco: El vacío en el que flotas

Alfaguara. Barcelona, 2024. 344 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Matías Jaque Hidalgo

¿Puede la ficción, y en general el ejercicio de la escritura, redimir el pasado, suturar las heridas de una falta (entendida a la vez como fallo y como ausencia)? Esta cuestión, tan recurrente en la literatura contemporánea, atraviesa de principio a fin la nueva novela de Jorge Franco, autor, entre otras obras, de El mundo de afuera (Premio Alfaguara de novela 2014), Rosario Tijeras, llevada a la televisión en formato de serie, primero en Colombia y, más tarde, en México, y El cielo a tiros.

En El vacío en el que flotas, asistimos a la extraña desaparición de un niño de cinco años, Richi, durante la apoteosis de la (narco) violencia colombiana a fines del siglo pasado. Tras una explosión en un centro comercial, Richi desaparece sin dejar rastro. Sus padres, Sergio y Celmira, se verán sumidos en el calvario de una angustiosa indeterminación, entre la búsqueda infructuosa de su hijo vivo y el llanto inasequible de un hijo muerto.

En paralelo, se nos presenta la historia del joven escritor Ánderson Posada y su padre adoptivo, Uriel, un transformista que ha sobrevivido a los márgenes más ásperos de la miseria latinoamericana, y cuyas acciones emanan de una mezcla de bondad y perversas ansias de cariño. El personaje no desmerece junto al linaje de La Manuela (El lugar sin límites, de Donoso), Molina (El beso de la mujer araña, de Puig) o La Loca del Frente (Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel), entre otras “locas” ilustres que pueblan nuestra literatura. Pronto caemos en la cuenta de que Uriel es quien ha secuestrado al pequeño Richi el día de la explosión en el centro comercial, en esos irredimibles segundos durante los cuales su madre le perdió de vista.

La infancia de Ánderson será, por tanto, una pesadilla siniestra (en sentido rigurosamente freudiano): intuye que Uriel, ese hombre “exótico” que lo cuida y lo mima y que daría su vida por mantenerlo a salvo de toda amenaza, miente cuando construye a tropezones una historia para contener un pasado que parece haberse esfumado. El pasado, sin embargo, late con fuerzas bajo ese manto de cotidianidad tejido a la fuerza, que se resquebraja dejando pasar punzantes destellos de otra vida.

Para espantar sus demonios, Ánderson encontrará refugio en el alcohol y, más tarde, en la literatura, oficio que lo vinculará (inadvertidamente) con Sergio, su padre biológico, eterno aspirante a escritor que se gana la vida como crítico de un suplemento cultural de prestigio. Como una suerte de gitanilla cervantina moderna, Ánderson demostrará su “nobleza” originaria ‒en medio del entorno marginal en que se ha criado, y que parece cumplir los peores temores de la clase media burguesa‒ al ser tocado por el don de las letras.

El libro que el lector sostiene en sus manos se moverá en una indeterminación literaria análoga, hasta cierto punto, a la que experimentan los padres de Richi/Ánderson. Padre e hijo se embarcarán, sin tener noticias uno de otro, en la escritura de sendas novelas, de factura interminable y tortuosa, para invocar a los ausentes y restituir los vínculos rotos. El resultado ‒un texto escrito por sus propios personajes desde ángulos opuestos‒ recuerda esas manos escherianas que se dibujan mutuamente, en un delicado y frágil equilibrio que intenta exorcizar “la paradoja de soportar el peso de un vacío”.

El procedimiento, como anunciábamos al comienzo, no es extraño en la literatura contemporánea, pero el uso específico que de él hace Franco es, creo, meritorio y profundo. Piénsese, por ejemplo, en una obra como Expiación, de Ian McEwan, cuyo primer desenlace (ese, digamos, feliz, en que los amantes acaban juntos) revela no ser más que el ejercicio de “expiación literaria” con el que Briony Tallis busca en vano compensar las acciones que, en su infancia, desencadenaron la caída de Robbie Turner. Una treta acaso bienintencionada que nos deja devastados cuando, caída esa capa exterior de ficción, sobreviene el crudo peso de la “realidad”. La solución de Franco es quizás más enigmática, y en suma más elegante, en la medida en que se niega a levantar el telón y mostrar los cimientos que pudiesen despejar la incógnita del relato. Nos deja, como las víctimas de una explosión, suspendidos en el vacío.

El vacío en el que flotas es un libro de lectura ágil, que enseña la maestría de un autor en pleno control de sus facultades narrativas. Solo me atrevería a achacarle (y es sin duda cuestión de gustos) el ser quizá demasiado entretenido. Su ritmo narrativo replica las estrategias propias del guion televisivo, que dosifica los hechos (sexo cada tantas páginas, sarcasmo por aquí, momento íntimo y reflexivo más allá) para mantener siempre activa la curiosidad del espectador.

Hay personajes memorables y complejos (Uriel el primero), cuyo despliegue narrativo se ve rodeado de otros, menos convincentes o directamente estereotipados, que parecen estar allí con el único fin de que ese ritmo no decaiga. Personalmente, recordaré más los momentos en que el narrador se sumerge en ciertos laberintos existenciales y vitales que aquellos en que quiere garantizar mi diversión, pero no se puede decir, en definitiva, que el libro defraude las expectativas de espectadores y lectores.

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