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TRIBUNA

La vergüenza

lunes 15 de abril de 2024, 21:06h

Ha sido inevitable que recordara dos de los ensayos de uno de sus libros mejores, Las pequeñas virtudes; aquel en el que narraba el invierno que pasó confinada en la región de los Abruzos durante la Segunda Guerra Mundial, y aquel en el que glosaba sus zapatos rotos. La emoción va creciendo según se avanza por los siguientes, pero estos primeros supusieron un impacto. Qué manera tan desengañada de hablar sobre el tiempo más feliz de su vida, contándote la miseria y las penosas condiciones del lugar, y de analizarse —ella, pero también a otra amiga con la que vivía en ese momento— por entretenimiento, por imaginar cómo será el futuro, cuando sea una escritora vieja y famosa y guarde una imagen distinta, menos lastimosa, de ese par que esperan ser calzados cada mañana, rotos y fríos.

Algunas de esas sensaciones vuelven al comenzar esta novela breve, como si el mismo aire condensado, sentimental y vagante con su pena, se pudiera respirar y distinguir como igual, reconociendo esa incapacidad que hace tan característicos a los personajes de Natalia Ginzburg.

Valentino es el auge y caída de un mediocre, de un vitellone, pero la narrativa de la autora italiana no permitiría grandiosidades a la hora de sentarse a escribir tal premisa. No serían concebibles la épica y la desmesura que la adornarían si cayera en otras manos prosistas. En las suyas, atentas y cuidadas de nombrar lo necesario con las palabras convenientes, la historia adquiere lo reseñable de no importa qué evento cotidiano que pueda acontecernos. En su hacer, en su particularidad por la mezcla de lo que se ha llamado muchas veces tono menor —en ella no es sino una verdadera insignia— y hermosura desbrozada de las situaciones más corrientes, Ginzburg consigue plasmar una evidente vigorosidad en quienes las viven, porque la humanidad en sus protagonistas es agudamente parecida a la nuestra. En esta novela, con mayores dosis de mordacidad incluso al presentarlos, un poco bufos algunos de ellos, pero rápidamente limados y perdonados de sus pecados veniales.

A lo largo de la lectura, se intuye la vergüenza que mueve a casi todos. Me atrevo a decir que es lo que les incita a conformarse y actuar. A los padres de Valentino. A su hermana Caterina, a su hermana Clara. Al amigo Kit. A los más difuminados: Bugliari, la criada, la nodriza, la cocinera. Todos, quizá por miedo de ser mermados por algo que no sabrían explicarse pero temen de forma callada, continúan con sus vidas grises, con mayor o menor queja, resignados pero no vencidos. Valentino no. Es el único que se guarece en una distancia gracias a su vanidad e irritable desinterés, como buen malcriado. Un contrapunto admirable. Esto interesa a Ginzburg y lo notamos en muchas de sus ficciones: lo que se hace puede teñirse de una tristeza insoportable, pero a la vez se apoya en una inquebrantable tenacidad. Unos prefieren rendirse llegado el instante de defender su imposibilidad de seguir. Otros no, y recogerán el testigo tapándose las heridas. Se hubiera podido ser, obtener, demostrar algo mejor, pero siempre hay una frase, una decisión, que oprime y desvía ese revés positivo, quedándose en una opción más realista y secretamente pesarosa.

Los sentimientos en las narraciones de Ginzburg acaban saliendo por incontenible necesidad. Se da la impresión de no comprender por qué se refrenan hasta su reventar, cambiando la perspectiva de quien pintaba ser más odioso o insustancial. En un segundo, ocurre el desbordamiento que hacía falta para que todo volviera a su cauce, mientras las lágrimas recorren las mejillas acaloradas y se pega la frente a la pared para que todo pase rápido, arrepentidos y prestos a quitar importancia. Al contrario le sucede a quien lee, que se encuentra, demudado el gesto, con un silencio incómodo, con un cambio irremediable que modificará el estado de indecisión y oídos sordos ante la inminencia que no ha querido atenderse.

‘Y ella cerraba entonces los ojos y permanecía inmóvil, acariciando la frente de Valentino con la yema de sus dedos.’ Es difícil elegir un párrafo de Ginzburg que permita ejemplificar todo lo que se deduce de su texto. Hay más acción que meditación, y si esta aparece se esconde en la sequedad de los diálogos. Este que dejo es el adecuado por enseñar la ternura que es capaz de hacer sombra a la vergüenza de la que hablaba, y que cada uno pueda en su futuro quedarse con una imagen distinta que lo proteja de sus ayeres.

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