Aunque tengo bien sabido que leer es releer, la pandemia me retrotrajo a una remota época juvenil que nunca imaginé volver a transitar. Tolstói, Chejov y Dostoievski fueron los escritores rusos a los que volví con renovado gozo. Salvo la incómoda abundancia de personajes, con nombres difíciles de retener en la memoria, esa atrapante literatura es una de las más ricas que se ofrecieron entre finales del siglo XIX y buena parte del XX.
Cada uno de estos maestros de la narrativa rusa expone en sus argumentos un conflicto, que no es otra cosa que el enfrentamiento entre fuerzas de naturalezas opuestas (u opuestas por tener un objetivo en común; vale decir, la busca de ser literarios en cada página). La situación de esas fuerzas enfrentadas permite establecer una clasificación básica de los tipos de conflictos que uno espera encontrar en toda buena obra. El deber del artífice es hacer avanzar al lector hacia su resolución y, si es posible, al mismo ritmo que avanza la fábula; es decir, que cada elemento incluido en ella contribuya en mayor o menor medida a la resolución de los conflictos.
Releyendo Ana Karenina, del célebre León Tolstói, descubrí, por ejemplo, esta frase casi doméstica que subrayé y me parece aplicable para referir cualquier forma de realidad en conflicto; aún el de la realidad real, la más compleja: “Todas las familias felices guardan una similitud, las desdichadas lo son cada una a su modo”, observa el novelista ruso.
En el contexto político de la convivencia argentina, muy próximo al literario, el conflicto tiene una presencia insuperable, que se viene consumado desde hace décadas. Tan es así que ponerse de acuerdo cinco compatriotas puede derivar en una división que lleve a formar cinco internas. A medida que se suceden los días de su gobierno el Presidente Javier Milei navega en una turbulenta mar de agobiantes oleajes que le impiden poner proa a puerto. Su embestida contra la tormenta (“la casta”, como él llama a toda la corporación política) es de índole polémica y disruptiva. Si nos remitimos a lo puramente formal, la conclusión es que Milei se caracteriza por arremeter en medio de la mar embravecida sin consultar la brújula; con iniciativa, es cierto, pero mediante un autoritarismo frenético e impositivo que exaspera los mejores ánimos; no sólo de sus oponentes, sino también de la propia tripulación. La poda fiscal y el cierre de organismos a los cuales otros Gobiernos no se atrevieron a cerrar ni privatizar, verbigracia el de Mauricio Macri, son los brindis que le hacen lamer los labios a Javier Milei.
Tampoco se debe olvidar aquello que aventura que cuando un gobierno posee novedad y frescura debe responder con medidas e iniciativas, tomando una delantera que deje su impronta y justifiquen su actitud. De acuerdo. Sin embargo, no es suficiente, en especial en un país empantanado por una crisis estructural que no deja de agravarse. Sus primeras decisiones son de puro color personalista, aferradas a dos rasgos esenciales que obsesionan a su conductor: la refundacional y una severa contundencia en las decisiones. Ambas -esto sí no se puede negar-, con el ingrediente común en cada caso y haciéndose cargo del caiga quién caiga, en la toma de un sendero que lleva invariablemente a un nivel despiadado de crítica por parte de opositores y, en ocasiones de propios; además del sufrimiento extremo para los sectores más desprotegidos de la sociedad, que poco se los tiene en cuenta en nombre de la sacra macroeconomía y son los que en verdad pagan el ajuste. Con mucho de autoritarismo en ocasiones pretendidamente antidemocrático, la evidencia deja una clara decisión que en el fondo parece religiosa y donde todo se encamina al logro de una liberación de justos ante pecadores, y bajo cualquier punto de vista.
Los hilos que sostienen el actual proyecto político, por momentos se enredan y crean una tensión innecesaria. Tal como sucede con sus recientes ataques personales al periodismo y a los medios informativos. En una muy reciente entrevista, el incontinente Milei lanzó descalificaciones personales contra profesionales de distintos medios sin dar sus nombres, pero sí con alusiones explícitas a un columnista del diario La Nación y al propietario de la cadena Perfil, a los que identificó como “el Pelado” y “Tinturelli”, este último por la escases de pelo; el otro por el teñido (sin tener en cuenta su propia condición); al primero lo sometió al juicio de “Las fuerzas del cielo”, que trabajan desde el más allá para él y su Gobierno, y al segundo, proféticamente le auguró una cercana quiebra. “¡Qué bueno! -celebró-. Ese “Tinturelli” ya se fundió una vez y lo salvó un empresario, después lo salvó la política oficial y ahora, como no tiene pauta del Gobierno, va derecho hacia su total extinción”.
Otro desacierto es el desafortunado tuteo con los periodistas que lleva inevitablemente a una subestimación de la investidura presidencial, que se debe respetar. Hacia el tramo final de la entrevista, el Presidente apuntó contra un autor, al que tampoco puso nombre pero identificó como un “novelista” que escribe columnas y que lo ha señalado a él en sus artículos como “un populista de derecha” y denostó con estas palabras: “Hay algunos imbéciles que hablan de populismo de derecha. Es una de las formas estúpidas de cortos intelectuales, que además se creen que son grandes porque publican libros y notas muy pomposas, y son solo bestias, que nada entienden ni de política ni de economía”, concluyó.
Ahora bien, la esencia del relato de Milei, muy cercano a lo religioso, remite a una utopía, donde considera como primer punto las dificultades de realizar su proyecto libertario, que contempla en su tramo final la desintegración del Estado, asunto quizá menos contradictorio que disparatado; sobre todo porque él es quien está al frente de ese Estado. Pero Milei imagina una sociedad futura donde se plasmará el bien en su versión más pura, “con ayuda de las Fuerzas del cielo”, por supuesto.
En este caso el vehículo será a través del extravagante anarcocapitalismo, cuya premisa es que una economía independiente permita la cooperación de los privados en libertad de acción, mientras la política continúe ejerciendo una coerción inaceptable, llevada a cabo a través del Gobierno, cuya función puede aceptarse intrínsecamente inmoral y predatoria; aunque debe, por lo tanto, ser reemplazada por el intercambio complementario entre individuos, como ocurre con los mercados. En esta concepción, la economía idealizada por Milei somete a la política maligna, por una razón moral irrebatible: el mercado se asimila así al bien o termina definitivamente asociado a las fuerzas del mal.
Siguiendo con su hipotética y triunfalista narración de vaticinador, Milei repite su mágica palabra que le abrió las puertas del poder: “la casta” (maldita, repudiable rata inmunda) el más alto significante de la inmoralidad de los políticos refugiados en el Estado; conjuntamente con las élites vinculadas a él, como desconociendo que es un jefe político con investidura estatal. “La revolución -afirmó en otro tramo de la entrevista- consiste en demoler para siempre esa asociación ilícita de perversos mal nacidos y castigar a sus cómplices. Para efectivizarse ese propósito deberá caer el Estado y toda la clase dirigente que se beneficia de su proximidad” (¿?), dixit.
Sin embargo, hay actitudes presidenciales que benefician a “la casta”. Uno de ellos es condenarla verbalmente mientras se le hacen favores bajo cuerda. Sería injusto señalar que existe solo la casta política, porque también sobreviven la empresaria, la sindical y, sobre todo, la judicial, que es la única que gobierna sin un mandato fijado por la Constitución, salvo la edad máxima de los 75 años para ejercer la magistratura. Esa casta está en complicidad y trabaja para la política. Sería lo ideal, que los otros sectores de la vida pública se sometieran a una ratificación de sus liderazgos cada cierto tiempo. Una medida a la que nadie hace mención, ni el propio Presidente.
Como en una fábula de los mencionados escritores rusos se ha ido sucedido el tiempo en la castigada Argentina y el pasado oscurantista del kirchnerismo, que parece sepultado, sigue vivito y coleando poniendo piedras al camino; su jefa con una condena que pesa sobre ella, alza la cabeza de manera triunfal cada tanto porque sabe a ciencia cierta que quizá nunca se concrete su encarcelamiento. Lo nuevo por conocer o, mejor dicho, lo bueno prometido no se visualiza; Milei sin motosierra en mano, pero con renovados insultos sigue amenazando, aunque cada vez le falta más coherencia cuando se refiere a “la casta”; quizá porque hay parte de ella que le agrada a Milei o, también, porque la casta está demostrando que es más astuta que él.
En medio de estas obvias contradicciones -en una versión benévola, por supuesto-, se puede ver que en estas ideas libertarias predomina el candor; o, en un más documentado análisis, que se trata de un engaño colosal hacia la sociedad; en especial aquella que lo votó esperanzada en el cambio.
La clase dirigente y el Estado son fenómenos histórico-universales verificados en todas las sociedades del Planeta. La pervivencia del estrato gobernante y de la organización estatal es una regularidad ineludible que el Presidente parece ignorar, o desechar.
Ahora, es su total adhesión a Israel, que le hizo interrumpir su gira, parece querer encabezar ecuménicamente un apoyo idealizado. Sobre este delicado asunto ha tomado una posición combativa, con intenciones bien claras de liderazgo, que no se sabe hasta dónde puede llegar.
Por el momento resulta imposible conjeturar más sobre alguien que se sigue moviendo para cumplir con preceptos bíblicos, y acaba de confesar íntimamente a su rabino norteamericano que otra de sus misiones históricas es lograr a través de su persona una alianza entre judaísmo y catolicismo. Total la ciudadanía argentina puede esperar, considerando la infinita paciencia que la caracteriza.