¿Faltan líderes?
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 10 de noviembre de 2008, 21:43h
Entre las contradicciones alzaprimadas del tiempo presente figura el incesante reclamo de líderes políticos y maîtres à penser. La afortunada vigencia de las colectividades democráticas en gran parte del planeta entraña el protagonismo de la comunidad sobre cualquier otro sujeto social. La igualdad tan ansiada a lo largo de los últimos siglos se ve plasmada no solamente en el Estado de Derecho sino también en las principales manifestaciones de los pueblos occidentales. Aún queda sin duda mucho camino por recorrer para consolidar y extender hasta la última expresión del cuerpo social la igualdad sancionada por leyes y constituciones; pero es lo cierto que su talante impregna por entero la convivencia de los Estados más desarrollados.
Sin embargo, son éstos, justamente, en los que más suenan hodierno las voces en pro de “figuras de proa” que, a la manera de Churchill, F. D. Roosewelt, Adenauer, De Gaulle e, incluso, de Kemal Atartuk, Mussolini o Stalin, señalen con firmeza la ruta de las naciones. Con mayor fuerza aún que en el siglo del Liberalismo, cuya eclosión diera lugar, con su peraltada valoración del individualismo, al surgimiento de personalidades estelares en el campo de la actividad pública y la cultura en todas sus expresiones, la centuria pasada asistió al despliegue de líderes en dichos terrenos en cantidad hasta entonces desconocida. El desastrado balance de la gestión de algunos de los más famosos de entre ellos provocó, especialmente, en la segunda posguerra mundial, un rechazo generalizado ante los goulag, holocaustos y quiméricas reposiciones de viejos imperios. Acabadas las secuelas del conflicto con la desaparición de la guerra fría, el hombre corriente y el ciudadano de a pie se erigieron por fin, sobre todo tras el mayo del 68, en los héroes y arquetipos de las sociedades postindustriales. Y una inmensa planicie de grisaciedad cubrió la andadura de los pueblos hasta los días en que, frente a envites considerados excepcionales, la opinión semeja desear apasionadamente el retorno de los personajes de las sagas que forjaron el Viejo Continente en su itinerario antiguo y moderno.
La carencia de elan y de esprit podría ser, empero, menos perjudicial que el hartazgo de padres de la patria, personalidades marmóreas y “hombres del destino”. El justo medio requerirá el estímulo de la capacidad admirativa en masas e individuos al mismo tiempo que la asunción plena de responsabilidades por su lado. La igualdad jurídica y social no es incompatible con el reconocimiento de la superioridad moral e intelectiva del haz de hombres y mujeres egregios que en toda generación taladran el porvenir y marcan la ruta del futuro. Al propio tiempo, la merecida valoración del líder –masculino o femenino- no habrá de dar vado a créditos sin caducidad ni a poderes ilimitados. Por suerte, los regímenes democráticos poseen los instrumentos necesarios para impedir la perpetuación de conductas desviadas y tareas agotadas, según prueban ejemplos reconfortantes de la reciente historia. Mucho más desprovistos se hallan, por desgracia, de procedimientos y mecanismos en orden a la creación de liderazgos enérgicos y eficaces, sin que en las sociedades actuales se atisben signos positivos para su florecimiento. Conforme estos últimos meses lo patentizan, los simples voluntarismos no bastan. Las biografías de personajes estelares constituyen un género literario de gran predicamento en un público de muy variada condición. A juzgar, sin embargo, por los indicios y pese a la imperiosidad de la llamada de la opinión a gobernantes y pensadores que guíen sus pasos por las sombras del presente, la continuidad de tan exitosa literatura no quizá no esté asegurada…