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LETRAS, CEROS Y UNOS

¿Menos pantallas, más vida?

viernes 19 de abril de 2024, 20:37h

Recibo un correo de una campaña escolar llamada “Menos pantallas, más vida” y vuelvo a pensar en la profunda contradicción en la que se encuentra el sistema educativo en nuestro lugar y tiempo.

La campaña pide llevar a cabo pequeños micro proyectos que “se desarrollan mediante material multimedia”, por lo que conllevan que se usen las mismas pantallas que, dicen, hay que eliminar “para promover el aprendizaje a través de la reflexión, la sugerencia, la interiorización, la investigación, el juego, (y) el desarrollo transversal de temas y competencias.”

El lenguaje educativo posmoderno es así: pomposo y vacuo, contradictorio, pero bien sonante. En esas construcciones de neolengua entra lo que quieras ya que todo es inconsistente y líquido. Ponga usted palabras y expresiones al azar y le saldrá algo presentable aunque igual de irreal que si lo hubiera hecho con la mejor intención. Nadie lee las programaciones a no ser para buscarles errores de bulto. Los documentos educativos de centro son tan generales que me da lástima del papel en el que se imprimen. La disidencia, en nuestros días, es educar con convicción ante lo que los niños y niñas puedan encontrarse en la vida real. Es que lean a Roald Dahl con sus cuentos llenos de mocos, pedos y niños que hacen pellas. Poco le queda a este autor para que lo cancelen décadas después de su fallecimiento.

He hablado más veces de la liquidez de estos tiempos, aunque el filósofo que debería estar de moda no es Bauman, sino el sociólogo francés Jean-Claude Passeron, que publicó por primera vez en 1967 una obra clave en el ámbito educativo teórico y casi desconocida en el práctico llamada “La mistificación pedagógica”. En esta obra, Passeron analiza críticamente la educación y cómo las instituciones educativas pueden perpetuar y reproducir las desigualdades sociales a través de la transmisión de ciertos conocimientos y valores que benefician a ciertos grupos en detrimento de otros. Es una lectura influyente en el campo de la sociología de la educación y ha generado debate sobre las prácticas escolares y su relación con la reproducción social. Su imagen más visual es la del profesorado que cierra la puerta de su aula y hace lo que le da la gana dentro, desde proferir soflamas partidistas a leer el periódico. Terrorífico, ¿no creen?

Estamos en unos tiempos en los que el bienestar emocional, la resiliencia y la individualización en la enseñanza chocan con la robotización de las tareas y la eliminación del criterio del profesorado en cuanto a dar prioridad a unos contenidos que ya ni se llaman así en vez de a otros. La atención a la diversidad está bien hecha si se ciñe a lo meramente individual, obviando que ese individuo pertenece a un grupo que vive en determinado lugar y en ciertas condiciones. Ahora todo tiene que ser evaluado por rúbrica y en Excel; es más, no sé qué hago aquí escribiendo cuando podría entrenar a una IA para hacer las labores que desde la inspección educativa van a supervisar de un profesor. Que rellene bien los papelotes y que sus evaluaciones sean cuantitativamente perfectas. La fórmula manda antes que la vista. El cuaderno de campo ahora sirve para hacer la lista de la compra, pero lo peor de todo es que callamos e incluso volvemos a entusiasmarnos con el nuevo paradigma tan contradictorio como confuso.

Volvamos a remontarnos a conceptos teóricos de los 60, cuando el filósofo de la ciencia Thomas Kuhn escribe su obra "La estructura de las revoluciones científicas".

Según Kuhn, la ciencia no avanza de manera continua y acumulativa, como se había creído anteriormente, sino que progresa a través de lo que él llama "revoluciones científicas". Estas revoluciones representan cambios fundamentales en la forma en que se entiende y se practica una ciencia particular. Surge un nuevo paradigma que choca con el anterior, hay un periodo de convivencia entre los dos y, posteriormente, se acepta como paradigma dominante al nuevo al ver que tiene resultados más satisfactorios que el antiguo.

Hoy en día todo esto salta también por los aires a causa de legislaciones educativas con fondo y forma de improvisación más que de consistencia. El cambio no es natural, sino que se legisla y se obliga a que el personal, convencido sinceramente o norcoreanamente, entre por el aro.

Leemos en pantallas, trabajamos con pantallas y utilizamos las pantallas de forma didáctica y recreativa ya desde los años cincuenta en el que las mismas se generalizaron en los hogares. Estamos ante un paradigma ya anticuado, aunque se piense todavía que es algo novedoso, en tiempos en los que la IA escribe canciones, libros, poemas, pinta cuadros e incluso ejecuta programación informática coherente. El futuro de las pantallas está asegurado por mucha “vida” que nos quiten, y es lógico que habrá quien le achaque todos los males de la humanidad. Esto ya sucedió cuando los escritores comenzaron a usar procesadores de texto o cuando internet llegó a los hogares de los estudiantes.

Algún político imaginativo utilizó la expresión “surfear las contradicciones” por lo inevitable que es encontrarse en una de ellas. Yo mismo en esta columna que habla de innovación y caspa me remonto a filosofía de los años sesenta, incapaz de encontrar argumentos más sólidos en este tiempo gaseoso. Ir contra el progreso está de moda y queda bien, pero es solo eso, algo vacuo y pomposo y, si me apuran, poco importante en tiempos en los que se sigue educando desde el neolenguaje educativo en paradigmas ya desfasados y, para encima, con la puerta del aula cerrada.

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