Como los que Antonio Machado escribió en sus Soledades, galerías y otros poemas, los que se van soñando en la tarde. ‘¡Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas!’ Se pregunta el poeta en sus famosos versos adónde el camino irá, que es cuestión que todos sopesamos con llevadera incertidumbre o animados por la singularidad que entraña recorrerlo.
Víctor Colden pasó directamente al acto y emprendió uno que, según nos cuenta desde su texto y desde la aspiración que notamos en la lectura que debía cumplirse, llevaba tiempo como proyecto, como necesidad de pertenencia a la que adherirse, como hablaba su referente Robert Louis Stevenson y él se encarga de recordarnos: ‘Quienes pertenecen a la hermandad de los caminantes no viajan en busca de lo pintoresco, sino de ciertos humores alegres: de la esperanza y el espíritu con que la marcha comienza por la mañana, y la paz y la plenitud espiritual del descanso nocturno.’ Por ello, el escritor madrileño se dirigió a la comarca soriana de las Tierras Altas y durante seis días se echó a lo que dichos caminos le deparasen. Sobrecogimientos en su mayoría, muchos reconocidos en lo ya familiar, que gracias al aire invernizo y la predisposición literaria natural de su carácter, volvían como novedades, diciendo más o mejor que en el pasado.
Mañana me voy es el resultado en forma de diario de esas jornadas. No concibió el autor este libro hasta que el trayecto fue terminándose. Cuando la senda no necesitó más trasiego, supo que debía comenzar su escrito, germinándose en el transcurso de esas rutas en anotaciones diurnas y en los reflejos de lo vivido cuando la noche caía. Todo como una sensación de aguardar ante lo próximo, igual que una impaciencia de niño por su regalo.
Suele ocurrir que una vez nos hemos saciado de placer, se despierta en nosotros una inclinación por el olvido, cuando no un desprecio o hastío que nos parece inexplicable habiendo sido tan contrario lo sentido. Colden intenta evitar con estas páginas esa intemperie sensitiva. La única visión que tiene el permiso de devastar, pero en realidad asombra, es la de los páramos sorianos en su letargo invernal, volcando sobre las estepas sus últimas heladas, despertando en los chopos cercanos a los ríos su arrítmica coreografía al viento, conociendo en las diferentes etapas a quienes le asisten en el cobijo de hostales, recogiendo sus vidas como pliegos añadidos a su cordel. ‘¿Estaré en mi mejor momento? No exageremos. Soy tan sólo un pesimista convencido de que a veces todo sale bien’, nos dice mientras va recabando la delicadeza de los caminos.
Es cierto que, quien haya seguido las anteriores entregas de la obra de Víctor Colden, y quien no que se sienta aludido para iniciarse en ellas, podrá notar la diferencia en el tono y la forma, más cándidos, a veces al límite de lo naif. Pero esas vaguedades ocasionales son remediadas con el espíritu aventurero —y las sugerencias de otros títulos y autores que siempre acompañan a nuestro caminante y escritor— que, lejos de evitar adaptarse, decide recuperar por unos instantes emociones propias de lo recóndito, cuando uno se halla en su única presencia y delante nos recibe el fondo del alba, la fortuna de continuar la andadura y una búsqueda incesante que no deja de hablarnos tanto del silencio, como de la literatura o de lo que más se ajuste a describirnos sin demasiadas gotas de melancolía.